Siempre viajo con tu semen
embadurnado en mi cuerpo. Me lo llevo casi sin darme cuenta, es tan normal que
si me pudieras preñar por el ombligo ya hubiéramos tenido una camada de bebés.
Muy pocas veces me acuerdo de que lo llevo encima, y cuando lo hago, a parte de
sentirme ocultamente desnuda entre la multitud, los recuerdos suben flotando a
la superficie de la mente para darle a los ojos esa expresión que ya conoces
bien y has aprendido a temer en la reverberancia de nuestras voces en la habitación.
Es en tu miedo cabalgando en el que entonces me gustaría huir lejos muy lejos
al país de siempre jamás llevándome tu semen conmigo: sería el recuerdo sucio
de nuestros días más limpios.
Cabalgaría imaginando que
estoy Donde Jinetes Furiosos Gimen de Querer y me buscan para penetrarme como
en el paraíso: sin consciencia.