domingo, 6 de diciembre de 2009
Taza de café
Una gran taza de café en un espectacular. Era de noche y al pasar confundí la espuma con alguna nube enrojecida alrededor de lo que podría ser un agujero negro abierto en el cielo de la ciudad sin previo aviso. Después me di cuenta de que estaba equivocada, pero me quedé un rato más mirando la gran taza que por una extraña combinación de contraste resaltaba en la bóveda oscura. Era, definitivamente, lo más parecido que había visto jamás a un agujero negro. Observo este paisaje urbano ecléctico e imprevisible en el que todos participamos más o menos conscientes de ello. Por supuesto lo es el publicista que sabe del impacto que tendrá su idea en la realidad urbana de su ciudad, no lo es, tal vez, el niño que tira el chicle al suelo, a pesar de que su acción permanecerá más que la idea del publicista.
martes, 17 de noviembre de 2009
Niños con coche en una tarde de verano
Era el verano en que corríamos con las ventanas abiertas y el mismo disco pasado de moda a todo volumen. Teníamos los codos rojos por el sol y en la cara una sonrisa de quien desconoce la vida, nos pasábamos el día dando vueltas y viendo a las turistas rubias andar las calles. Suponíamos que algo debiera pasarnos en ese transcurrir. Pero ese verano no pasó nada. Tal vez alguno de nosotros perdió la virginidad pero no se lo dijo a los demás. No fui yo. Lo pensé muchas veces, lo pensé sobre los cuerpos de todas las turistas, pero no fui yo. Tampoco murió nadie. Y nosotros tarde tras noche corríamos las calles escuchando la misma música. Daisy nunca quiso subirse al coche. Casi ninguna quería subirse al coche. Habíamos logrado esa prepotencia de la que tanto nos jactábamos solo que sobre el objetivo equivocado. A veces, cuando dormitaba con la chela entre mis manos, soñaba estar en un cortejo fúnebre, pero como ese verano no murió nadie, el muerto solo podía ser yo; y me dedicaba sin miedo a ver las calles repetirse sin cansancio con los ojos entrecerrados. Incluso tengo la sensación de haber muerto un poco después de ese verano.
Daisy si lees esto: todavía puedes subirte al coche.
Daisy si lees esto: todavía puedes subirte al coche.
viernes, 16 de octubre de 2009
sin certeza
Ayer volví a girar la vista hacia la ventana; esperaba, que como me sucedió muchos años atrás la vida me dijera algo, pero en esta ocasión solo habían vallas y cercas de madera conteniendo una gran oscuridad. Eran parecidas a una gran cárcel que debo explorar, o, si reflexiono demasiado; tal vez la que se encuentra contenida entre esas cercas soy yo y la salida está al saltar la valla… y yo estoy tan cansada, tan tan cansada.
viernes, 25 de septiembre de 2009
el orden lo rige todo
La vida diaria es ordinaria y a veces eso me abruma – le decía ayer mientras nuestro coche se desplazaba lentamente entre el tráfico de la tarde. Había salido del trabajo a las 6 de la tarde y ese acontecimiento había despertado en mi esperanzas de algo nuevo, a lo mejor de una tarde diferente. Pero ya eran las 8 y nada nuevo había pasado. La desilusión me hizo cambiar de humor. ¿Iba a ser así cada día? – a él le parece que nuestras vidas son dos milagros porque nos alimentamos de unos trabajos prescindibles, inestables e impredecibles. Mañana podríamos estar sin trabajo y el mundo seguiría como siempre, inclusive en nuestro pequeño mundo nadie notaría nuestra ausencia.
Dos personajes anodinos en un paisaje gris, el puzzle ya estaba hecho y nosotros todavía éramos demasiado jóvenes.
Tal vez tenga razón en cuanto a la fragilidad de nuestra existencia económica, es más, tiene razón, no lo dudo por un momento. Pero eso no debería determinar la vulgaridad de nuestra existencia. Al menos deberíamos tener derecho a ser extraordinarios dentro de la pobreza y nuestra irrisoria realidad.
Si solo pudiéramos ser lo suficiente valientes para ser lo que no somos. El otro día discutía esto ¿es más valiente el que se queda o el que lo deja todo? Según yo el que lo deja todo siempre es más valiente, eso solo se hace una o dos veces en la vida.
A veces quisiera no tener oídos para ignorar las noticias lejanas. Quedarme en la burbuja.
En fin, nada nuevo sucedió ayer. Y hoy ya son las 6.
Dos personajes anodinos en un paisaje gris, el puzzle ya estaba hecho y nosotros todavía éramos demasiado jóvenes.
Tal vez tenga razón en cuanto a la fragilidad de nuestra existencia económica, es más, tiene razón, no lo dudo por un momento. Pero eso no debería determinar la vulgaridad de nuestra existencia. Al menos deberíamos tener derecho a ser extraordinarios dentro de la pobreza y nuestra irrisoria realidad.
Si solo pudiéramos ser lo suficiente valientes para ser lo que no somos. El otro día discutía esto ¿es más valiente el que se queda o el que lo deja todo? Según yo el que lo deja todo siempre es más valiente, eso solo se hace una o dos veces en la vida.
A veces quisiera no tener oídos para ignorar las noticias lejanas. Quedarme en la burbuja.
En fin, nada nuevo sucedió ayer. Y hoy ya son las 6.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Montaña de basura
Me parece que llevo años sentada en la misma silla. La gente hace cosas, se vuelve famosa, cambia. Y yo, si me voy a quedar quieta, solo espero que me llegue la iluminación para ver la belleza de la conformidad, el aprendizaje en la paciencia. Ser algo así como la montaña de basura de Fraggle Rock.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Azul
Este domingo es como estar flotando boca arriba a mar abierto.
Estar flotando sin tener miedo de lo que hay abajo, sin tener azul.
Estar flotando sin tener miedo de lo que hay abajo, sin tener azul.
domingo, 9 de agosto de 2009
yo no soy bonita
Cuando cierras la puerta de la habitación de tu dormitorio y parece que el día te ha ido bien. Te has reído, te ha ido bien. Bien. Cierras la puerta de la habitación y tienes ganas de cortarte el cuello.
ANGELICA LIDDELL, Yo no soy bonita
Yo nunca me leí la biografía de María Antonieta, pero conozco una guillotina.
sábado, 8 de agosto de 2009
soy un cocodrilo
Me he destrozado el brazo como nunca. Si Antonino me viera ahora querría abofetearme, nunca lo ha hecho, pero lo veo en su cara cuando me dice: pareces un cocodrilo. Y tiene toda la razón, yo miro la silueta de mi brazo rasgada por la luz de la ventana y me sorprendo de tanta violencia, como si no fuera mía. No sé si a los cocodrilos les duele la piel, pero sino, entonces yo seré un cocodrilo enfermo. Y mientras dure el dolor me repetiré a mi misma no lo voy a volver a hacer, no lo voy a volver a hacer. Miraré el brazo de vez en cuando esperando que la inflamación haya disminuido, pero no se habrá ido para la noche y tendré que cubrir este acto monstruoso con algo largo e inapropiado para el clima. Mañana al despertar ya solo quedarán pequeñas cicatrices y alguna de esas superficies claras y llanas que han ido apareciendo últimamente, después de tanta erosión. Y al ducharme le pediré a mi cuerpo que se recupere prometiéndole que no lo volveré a hacer, que yo, aunque no lo parezca, lo quiero sin duda.
viernes, 24 de julio de 2009
principio del fin
Y todo se desvanece entre dos platos y un mantel, así debería empezar esta historia; los dos callados, mirando al vacío que hay entre dos platos sin saber a donde ir ni que hacer, habiendo agotado ya todas las posibilidades del uno para consolar al otro.
Al alzar la vista y mirarnos no habrá ya nada de esperanza. Pero quedarnos en este estado tampoco la tiene. Deberíamos derrumbarnos y llorar nuestra tristeza, pero el llanto se nos ha ido escurriendo en el pasar de los días tristes, en la batalla de boxeo que poco a poco los dos hemos ido perdiendo por cansancio. Ya no hay pasión para llorarnos. Somos como un matrimonio que ha perdido un hijo.
No me importa haberlo perdido todo. Pero al haberme perdido yo ¿Dónde me deja esto ahora? - se lamentaba ella, dondequiera que estuviera.
Al alzar la vista y mirarnos no habrá ya nada de esperanza. Pero quedarnos en este estado tampoco la tiene. Deberíamos derrumbarnos y llorar nuestra tristeza, pero el llanto se nos ha ido escurriendo en el pasar de los días tristes, en la batalla de boxeo que poco a poco los dos hemos ido perdiendo por cansancio. Ya no hay pasión para llorarnos. Somos como un matrimonio que ha perdido un hijo.
No me importa haberlo perdido todo. Pero al haberme perdido yo ¿Dónde me deja esto ahora? - se lamentaba ella, dondequiera que estuviera.
jueves, 16 de julio de 2009
mente microscópica
He matado algo tan insignificante que ni siquiera estoy segura de haberlo hecho. Era un diminuto punto que se movía y sin pensarlo lo he aplastado con la yema del dedo, con una infinitesimal parte de mi cuerpo. Y ha dejado de moverse. Entonces lo he contemplado, si se puede contemplar algo tan pequeño, mejor, lo he observado en la medida en que mis ojos pueden ver microscópicamente, y ya no se movía. Era tan reducido que he tenido dudas de mi ¿Será que realmente se movía o mi imaginación me estará jugando una mala alucinación? ¿Puede estar vivo algo tan pequeño? Puedo pensar en la “idea” de organismos microscópicos, pero no puedo ver organismos casi microscópicos y no extrañarme ante la idea de que estén vivos. La mente es compleja imaginando y simple descubriendo.
martes, 14 de julio de 2009
sabios momentáneos
Es en la muerte cuando uno más da. Quiero decir que es cuando alguien que amamos se nos muere cuando más concesiones le damos a esa persona. Si ocultabas el apellido de tu padre tras una inicial, será en el día de su entierro en que cambiarás eso y le darás aquella satisfacción que tanto anhelaba, se la darás a cambio de nada. Por eso digo que la muerte de los seres amados nos convierte en dadivosos por un corto período de tiempo. Damos a cambio de nada, concedemos cosas íntimas y secretas siempre en actos invisibles. Somos de verdad personas que pueden dar. Un extraño valor interior nos convierte en otros, en nuestros mejores yos, y nos hace sabios. El contacto cercano con la muerte también nos hace sabios, sabemos más de la vida, sabemos más de lo que jamás alcanzará a saber el que se ha ido y lo notamos, esa sensación de permanencia contemplando la partida nos llena de perspectiva, y entonces nos damos cuenta que dar solo puede ser un acto aislado, dar solo es dar cuando no se obtiene nada a cambio. Nos erigimos en actos desconocidos y damos, ese dar, es nuestro monumento póstumo a la persona amada.
jueves, 2 de julio de 2009
Llueve en el mar
-Siento que tal vez hemos sido condescendientes. No en todo, claro, pero sí en lo más importante. Por otra parte ¿cómo hacerlo? Me refiero, a ¿cómo conseguir ser y compartir sin ser condescendientes?
Él permaneció mirando al mar que lejos de ser un mar cristalino y transparente como en las fotografías de los folletos, era un mar negro y agitado, con una superficie estucada por las gotas de lluvia que lo salpicaban constantemente. En la piscina del hotel no había nadie, solo cuando una tumbona voló por la agitada ventisca, un empleado salió corriendo y lo cazó. Rápidamente volvió a las entrañas del hotel.
-Las entrañas del hotel –dijo él.
-¿Qué?
-No lo sé, de pronto pensé en eso.
-¿No me estás escuchando, verdad? Para variar…
-Sí, pero era muy abstracto lo que decías ¿Qué te puedo responder?
En ese momento llamaron a la puerta de la habitación. Los dos se giraron, miraron la puerta y luego se miraron entre ellos.
-Abre tú.
Él no respondió.
-Por favor.
Con visible pesadumbre se dirigió a la puerta y cuando tuvo el manubrio en la mano suspiró con fuerza antes de girarlo para abrir la puerta.
Un camarero completamente desnudo, flaco, casi sin pelo en el pecho y unas caderas que bien podrían haber sido de una niña de once años, entró cargando una bandeja y un tripié para sostenerla.
Bueno días – sonrió el camarero, mientras en una perfecta ejecución ponía la bandeja sobre el tripié y luego los platos sobre la mesa de la habitación.
Marion y Jeremías lo miraban con cara de poca familiaridad y cierta vergüenza, evitando todo el tiempo que la vista se desviara hacia alguna de las partes intimas del camarero.
-¿Necesitan alguna otra cosa?
-No, gracias.
-Muy bien. Les informo que debido a las circunstancias atmosféricas, que esperemos que pronto remitan, hemos organizado una tarde de juegos en la sala de conferencias.
Marion y Jeremías, no alcanzaron a responder.
-A partir de las 4. Por si gustan.
-Gracias.
-Gracias.
Segundos después de que el camarero hubiera cerrado la puerta los permanecían en la misma posición. Jeremías miraba los platos del desayuno perfectamente ordenados sobre la mesa de cristal y Marion miraba hacia la puerta cerrada.
-Todavía no puedo creerlo. ¿Seguro que no decía nada, verdad?
-Te lo juro, lo hubiera visto.
-¿Todavía no responden? – preguntó Marion con un aire de cierta esperanza.
-No, deben estar en algún balneario nudista relajándose.
El cuerpo de Marion volvió a desinflarse como si fuera una colchoneta barata. Se giró para mirar de nuevo por la ventana, fuera nada había cambiado. El viento seguía arrastrando el agua del mar y la lluvia seguía golpeando el agua marina. De una forma u otro todo estaba mojado y como todo estaba mojado, todo era incómodo.
-¿No quieres comer?
Marion se dirigió a la mesa. Jeremías le retiró la silla y se la acercó pretendiendo ser un atento caballero, luego le tendió su servilleta. Los platos parecían perfectamente normales, incluso tenían buen aspecto, parecían tan corrientes que eran sospechosos. Nada en ese hotel les podría resultar de fiar. Empezaron a comer.
-No me puedo creer que nos esté pasando esto. Es tremendamente surrealista ¿no crees? Quiero ver la cara que van a poner Jorge y Javier cuando les contemos esto.
-Sí, nunca había imaginado una situación así. ¿Crees que estamos mal?
-¿Qué quieres decir? – le preguntó Jeremías, intuyendo que esa pregunta era como un caramelo con centro líquido y el líquido no era otra cosa que la ponzoña venenosa que venía atormentando a Marion desde esa mañana.
-Pues que no debería ser tan grave.
-Es grave, porque jamás pedimos venir a un hotel nudista.
-Sí, en eso tienes razón. Pero, una vez aquí, en estas circunstancias, no debería ser tan grave. ¿Por qué nos resulta tan espeluznante todo esto?
-Porque no estamos acostumbrados.
-¿Seguro? Yo te veo desnudo un 40% de nuestro día, yo me veo desnuda al espejo cada día, incluso me gusta mirarme, ver si me ha salido algún grano nuevo, si la barriga está más plana. Me gusta investigar mi cuerpo desnudo.
-Pero son nuestros cuerpos. Es nuestra intimidad. No las de cualquiera.
-Sí, pero solo son cuerpos desnudos, y para nosotros son como amenazas de bombas nucleares.
-Estás exagerando.
-Yo no puedo salir al pasillo y ver todo esos cuerpos desnudos entorno a mi. Me provoca angustia.
-Puede que sea porque nosotros vamos vestidos.
-Puede.
Marion en bikini estaba recostada en el sofá, leía un libro, Jeremías tumbado en la cama tenía la vista fija en la televisión. La tormenta había cedido a una llovizna tranquila y detrás de sus miradas, en la ventana se podía ver un arco-iris formado en la lejanía. Cuando el sonido de la televisión lo permitía se dejaban oír las voces y los gritos de júbilo de los huéspedes que participaban en la tarde de juegos del hotel. Así pasaron un rato, hasta que por fin, el arco-iris y los gritos les obligaron a volver a la vida.
-Vamos a dar un paseo.
-¿Con la lluvia?
-Casi no llueve, además hace calor, será agradable.
Marion dudó unos instantes.
-¿Cómo podremos evitar la sala de juegos?
-Debemos bajar hasta el estacionamiento y salir por ahí.
-Está bien.
Marion dejó el libro y tomó un pareo que tenía cerca, Jeremías apagó la televisión, bajó de la cama y estiró los brazos haciendo sonoros bufidos.
Las puertas del ascensor se abrieron y los dos salieron silenciosamente al estacionamiento, a penas un par de coches familiares cargados con bicicletas y las ruedas llenas de arena, dormían ajenos a cualquier actividad humana. Sin hacer ruido se dirigieron a la salida donde los despidió el vigilante, que también desnudo, sentaba sus posaderas y su barrera en un estrecho taburete, sudada copiosamente y dormitaba ante un pequeño televisor.
No habían calculado que salir por el estacionamiento implicaría tener que entrar a la playa por otro lugar, así que se vieron obligados a traspasar un par de manglares terrestres y a mantener el equilibrio para bajar una duna que desembocaba en la arena de la playa.
La leve lluvia les mojaba el cuerpo y los mantenía como si hubieran salido de la ducha. Solo de vez en cuando tenían que pasarse la mano por lo ojos para despejar el exceso de agua de los párpados. El pelo se les humedecía lentamente y la arena seguía siendo fina como harina, solo que ahora estaba completamente fresca.
-Qué agradable. – dijo Marion, con una inusitada felicidad.
-¿Te gusta?
-Sí.
-Me alegra.
Marion se giró y le sonrió. Jeremías apartó los pelos mojados de la cara de Marion y se los escondió detrás de la oreja.
-¿Qué deberíamos hacer?
-Tengo la sensación de que ellos están ahí para demostrarnos a nosotros cuantas cosas escondemos.
-Puede ser. ¿Quieres regresar desnuda al hotel?
-No por favor.
Los dos rieron.
-Pero tal vez lo importante no sea lo que queremos.
-Lo que quieres.
Él permaneció mirando al mar que lejos de ser un mar cristalino y transparente como en las fotografías de los folletos, era un mar negro y agitado, con una superficie estucada por las gotas de lluvia que lo salpicaban constantemente. En la piscina del hotel no había nadie, solo cuando una tumbona voló por la agitada ventisca, un empleado salió corriendo y lo cazó. Rápidamente volvió a las entrañas del hotel.
-Las entrañas del hotel –dijo él.
-¿Qué?
-No lo sé, de pronto pensé en eso.
-¿No me estás escuchando, verdad? Para variar…
-Sí, pero era muy abstracto lo que decías ¿Qué te puedo responder?
En ese momento llamaron a la puerta de la habitación. Los dos se giraron, miraron la puerta y luego se miraron entre ellos.
-Abre tú.
Él no respondió.
-Por favor.
Con visible pesadumbre se dirigió a la puerta y cuando tuvo el manubrio en la mano suspiró con fuerza antes de girarlo para abrir la puerta.
Un camarero completamente desnudo, flaco, casi sin pelo en el pecho y unas caderas que bien podrían haber sido de una niña de once años, entró cargando una bandeja y un tripié para sostenerla.
Bueno días – sonrió el camarero, mientras en una perfecta ejecución ponía la bandeja sobre el tripié y luego los platos sobre la mesa de la habitación.
Marion y Jeremías lo miraban con cara de poca familiaridad y cierta vergüenza, evitando todo el tiempo que la vista se desviara hacia alguna de las partes intimas del camarero.
-¿Necesitan alguna otra cosa?
-No, gracias.
-Muy bien. Les informo que debido a las circunstancias atmosféricas, que esperemos que pronto remitan, hemos organizado una tarde de juegos en la sala de conferencias.
Marion y Jeremías, no alcanzaron a responder.
-A partir de las 4. Por si gustan.
-Gracias.
-Gracias.
Segundos después de que el camarero hubiera cerrado la puerta los permanecían en la misma posición. Jeremías miraba los platos del desayuno perfectamente ordenados sobre la mesa de cristal y Marion miraba hacia la puerta cerrada.
-Todavía no puedo creerlo. ¿Seguro que no decía nada, verdad?
-Te lo juro, lo hubiera visto.
-¿Todavía no responden? – preguntó Marion con un aire de cierta esperanza.
-No, deben estar en algún balneario nudista relajándose.
El cuerpo de Marion volvió a desinflarse como si fuera una colchoneta barata. Se giró para mirar de nuevo por la ventana, fuera nada había cambiado. El viento seguía arrastrando el agua del mar y la lluvia seguía golpeando el agua marina. De una forma u otro todo estaba mojado y como todo estaba mojado, todo era incómodo.
-¿No quieres comer?
Marion se dirigió a la mesa. Jeremías le retiró la silla y se la acercó pretendiendo ser un atento caballero, luego le tendió su servilleta. Los platos parecían perfectamente normales, incluso tenían buen aspecto, parecían tan corrientes que eran sospechosos. Nada en ese hotel les podría resultar de fiar. Empezaron a comer.
-No me puedo creer que nos esté pasando esto. Es tremendamente surrealista ¿no crees? Quiero ver la cara que van a poner Jorge y Javier cuando les contemos esto.
-Sí, nunca había imaginado una situación así. ¿Crees que estamos mal?
-¿Qué quieres decir? – le preguntó Jeremías, intuyendo que esa pregunta era como un caramelo con centro líquido y el líquido no era otra cosa que la ponzoña venenosa que venía atormentando a Marion desde esa mañana.
-Pues que no debería ser tan grave.
-Es grave, porque jamás pedimos venir a un hotel nudista.
-Sí, en eso tienes razón. Pero, una vez aquí, en estas circunstancias, no debería ser tan grave. ¿Por qué nos resulta tan espeluznante todo esto?
-Porque no estamos acostumbrados.
-¿Seguro? Yo te veo desnudo un 40% de nuestro día, yo me veo desnuda al espejo cada día, incluso me gusta mirarme, ver si me ha salido algún grano nuevo, si la barriga está más plana. Me gusta investigar mi cuerpo desnudo.
-Pero son nuestros cuerpos. Es nuestra intimidad. No las de cualquiera.
-Sí, pero solo son cuerpos desnudos, y para nosotros son como amenazas de bombas nucleares.
-Estás exagerando.
-Yo no puedo salir al pasillo y ver todo esos cuerpos desnudos entorno a mi. Me provoca angustia.
-Puede que sea porque nosotros vamos vestidos.
-Puede.
Marion en bikini estaba recostada en el sofá, leía un libro, Jeremías tumbado en la cama tenía la vista fija en la televisión. La tormenta había cedido a una llovizna tranquila y detrás de sus miradas, en la ventana se podía ver un arco-iris formado en la lejanía. Cuando el sonido de la televisión lo permitía se dejaban oír las voces y los gritos de júbilo de los huéspedes que participaban en la tarde de juegos del hotel. Así pasaron un rato, hasta que por fin, el arco-iris y los gritos les obligaron a volver a la vida.
-Vamos a dar un paseo.
-¿Con la lluvia?
-Casi no llueve, además hace calor, será agradable.
Marion dudó unos instantes.
-¿Cómo podremos evitar la sala de juegos?
-Debemos bajar hasta el estacionamiento y salir por ahí.
-Está bien.
Marion dejó el libro y tomó un pareo que tenía cerca, Jeremías apagó la televisión, bajó de la cama y estiró los brazos haciendo sonoros bufidos.
Las puertas del ascensor se abrieron y los dos salieron silenciosamente al estacionamiento, a penas un par de coches familiares cargados con bicicletas y las ruedas llenas de arena, dormían ajenos a cualquier actividad humana. Sin hacer ruido se dirigieron a la salida donde los despidió el vigilante, que también desnudo, sentaba sus posaderas y su barrera en un estrecho taburete, sudada copiosamente y dormitaba ante un pequeño televisor.
No habían calculado que salir por el estacionamiento implicaría tener que entrar a la playa por otro lugar, así que se vieron obligados a traspasar un par de manglares terrestres y a mantener el equilibrio para bajar una duna que desembocaba en la arena de la playa.
La leve lluvia les mojaba el cuerpo y los mantenía como si hubieran salido de la ducha. Solo de vez en cuando tenían que pasarse la mano por lo ojos para despejar el exceso de agua de los párpados. El pelo se les humedecía lentamente y la arena seguía siendo fina como harina, solo que ahora estaba completamente fresca.
-Qué agradable. – dijo Marion, con una inusitada felicidad.
-¿Te gusta?
-Sí.
-Me alegra.
Marion se giró y le sonrió. Jeremías apartó los pelos mojados de la cara de Marion y se los escondió detrás de la oreja.
-¿Qué deberíamos hacer?
-Tengo la sensación de que ellos están ahí para demostrarnos a nosotros cuantas cosas escondemos.
-Puede ser. ¿Quieres regresar desnuda al hotel?
-No por favor.
Los dos rieron.
-Pero tal vez lo importante no sea lo que queremos.
-Lo que quieres.
jueves, 18 de junio de 2009
Ahora
No sé si me habían preparado para esto. Toda la vida alejándome de los otros cuerpos, de las presencias persistentes en mi limitada esfera de existencia y ahora: esto. Me había entrenado y había logrado separarme lo suficiente de todos los demás como para sentir por fin que estaba sola y que podía sola. Me había convertido en la mejor amiga de mi soledad, en la mejor analista de mis pensamientos, en mi mundo personal y secreto tenía todo lo que necesitaba. Y ahora han pasado tantos días que no recuerdo cuando empezó a ser una costumbre despertarme con tu cara a mi lado, sobre mi espalda o bajo mi hombro. A veces me olvido de que estás ahí y cuando me despierto y te descubro tengo una sensación de sorpresa, pero no como esa que me sacude constantemente, la sorpresa histérica de mi personalidad revolucionada, sino una sorpresa tranquila y agradable. Estás ahí, justo donde quiero que estés. Y no te mueves, no te vas, no me dejas, y yo, yo no te odio, no deseo otra cosa, no me angustia tu presencia. A lo mejor estoy aprendiendo, a lo mejor tú me estás enseñando. A veces cuando estás triste y sombrío, cuando no me puedo acercar, solo te miro y pienso, pienso en que me veo a mi misma llorando escondida en el fregadero de la azotea aquella tarde de domingo. Llorando por mis cosas, por cosas que no quiero contar y que tú ya sabes. Otras veces tengo pensamientos brillantes, por ejemplo, el domingo que limpiamos la casa de tu madre, me acuerdo que yo estaba sentada en el departamento frente al armario blanco y frotaba sus puertas con el líquido mágico y el trapo. Tú estabas fuera tendiendo la ropa, sorteando los obstáculos que habíamos sacado para poder limpiar la casa. Y entonces me di cuenta, llevábamos más de una hora sin decirnos nada. Pensé que tú podrías haber sido mi perfecto amigo de la infancia, mi compañero de juegos. Y que probablemente en esa existencia paralela también me habría acabado enamorando de ti. Fue un pensamiento valioso, revelador. Pero no te lo dije, he descubierto que también puede haber secretos de este tipo entre los dos.
viernes, 12 de junio de 2009
Una reflexión con muchos interrogantes
Estaba pensando que tal vez pudiera ir a comprarme un objeto extravagante y después dejarme morir en una esquina cualquiera. ¿Qué estupidez, verdad? ¿Por qué será que a veces nuestra mente genera estos pensamientos tan aparentemente ilógicos y aislados? ¿Sacaría algo en limpio si me dispusiera a analizarlos? ¿Algo como una respuesta, una característica, una espejo donde pudiera reflejarse el yo que siempre me es vetado ver? Pensemos: Un objeto extravagante… extravagante porque no debería pertenecer a mi realidad cercana y cotidiana, esa que ejecuto bajo las normas de aparente normalidad. En mi pensamiento ese objeto extravagante son dos en realidad; me veo con un vestido de alta costura, uno de esos maravillosos que cuestan más de lo que yo podré jamás reunir, me siento en el suelo y lo ensucio, lo ensucio porque es extravagante, carece de sentido para mí. En la mano llevo un termo Starbucks. Últimamente he estado pensando en comprarme uno, produzco demasiado residuo plástico con mis botellas de agua, considero que debo tomar la responsabilidad de comprarme un termo y llenarlo de agua cada día. ¿Habré pensado en los de Starbucks? Probablemente, siempre que entro en esa tienda me dan ganas de comprar más cosas que un café. Entonces ¿por qué será para mi esto un objeto extravagante?¿Son las cosas “extravagantes” extraordinarias? ¿Serán las cosas extraordinarias aspiracionales? Puede ser, si no lo tengo es extra-ordinario para mi reducido mundo, si no lo tengo lo quiero. ¿Es esto algo inevitable? Una vez que consigo esos dos objetos extra-vagantes me dejo morir en una esquina. ¿Por qué? Pienso aquí dos cosas; o bien he hecho el esfuerzo extraordinario de conseguir esas dos cosas extravagantes y con ello he llegado al fin último de mi existencia, por lo cual, ahora ya no queda más que morir; o bien, poseer esas dos cosas extravagantes y extraordinarias me han sacado de mi realidad y por lo tanto debo morir en una esquina impersonal al no tener una realidad donde existir. En cualquiera de los dos casos, los objetos extraordinarios y extravagantes suponen la muerte. ¿Dónde me lleva todo esto? ¿Dónde está el espejo en el que pueda por fin observar el yo? ¿Soy yo esa misma que se deja morir en una esquina? ¿Es esa imagen el espejo? Una mujer para la que abandonar su realidad es una forma de suicidio. Eso es lo que dice el espejo. ¿Estamos de acuerdo?
miércoles, 10 de junio de 2009
No hay perros para todos
Cuando Nani me dijo que él había sido criado entre la televisión y el perro, me reí. Me reí varias veces después y lo seguí pensando. Así eran las familias que yo había conocido. Mis tíos no aparecían hasta que yo y mi prima nos estábamos pegando con las sartenes (una vez la dejé inconsciente un par de minutos). Hubo una temporada en que mis padres solo volteaban a verme cuando les llegaba una citación en la escuela para hablar de mi “autismo”. Y les costaba entenderlo. Una vez, yo y la misma prima, nos perdimos en el bosque durante horas, al anochecer nos dimos cuenta que era hora de regresar, para ese momento nuestros padres ya habían emprendido una búsqueda popular para encontrar a la niñas. Ese día aprendimos que había un espacio de libertad en el descuido de nuestros padres, podíamos ser dueñas de ese espacio si no traspasábamos los límites del reino de nuestros padres. Creo que a mi prima le quedó mucho más claro que a mi a juzgar por la paliza que le dio su padre. Pero a excepción de esta ocasión y un par de raras ocasiones más, el resto de nuestra infancia transcurrió en nuestro espacio de libertad lleno de hierros oxidados de las construcciones abandonadas, peleas a pedradas en los patios traseros o comida experimental a espaldas de nuestros adultos. Entonces me di cuenta que nosotras también habíamos sido criadas entre el perro y la televisión, a excepción que nosotras aún no teníamos perro y la televisión no nos interesaba lo suficiente.
lunes, 1 de junio de 2009
La Fábrica

Han tenido que pasar muchos años para que me diera cuenta de esto: las sirenas del pueblo regían nuestras vidas. Nuestros hábitos y horarios estaban configurados por una fábrica. La Fábrica, así llamábamos a ese monstruo humeante y ruidoso del que todo provenía. Ahí pasaban nuestros padres la mayor parte de su tiempo, mientras las niñas y los niños crecíamos alrededor de sus muros y al compás de su sirena. La Fábrica encerraba un misterio que era la vida de nuestro padres. Otra vida les aguardaba allí dentro y nosotros no sabíamos nada de ésta más allá de las batas verdes de nuestras madres y los pantalones de tergal azul oscuro de nuestros padres. La Fábrica nos dejaba el cansancio de los domingos y la pelusa acumulada en los rincones del piso. Nuestras tardes se convertían a veces en aire cargado de azufre o de productos químico con nombres impronunciables. Ahora nada de esto existe, los muros abandonados de esa fábrica son un recuerdo de tiempos mejores, la reminiscencia de una actividad que ha ido poco a poco dejando al pueblo con su soledad medieval llena de espectros que de vez en vez caminan sus calles.
lunes, 18 de mayo de 2009
de noche
Amo pero no me suicido. Soy abnegada pero no una esclava. Tengo un agujero negro pero no soy un pozo sin fondo. Dice Xènia que mientras siga teniendo esta idea sobre el amor seguiré fracasando. Yo oigo ambulancias. Hay ambulancias por todas partes. También coches de policía. Hoy me salvo yo y muere otra.
lunes, 11 de mayo de 2009
la "intensita"
Hay un adjetivo en México muy cruel: ser la o el “intensito”. Digo cruel porque es una manera letal para descalificar a aquellos que somos exageradamente sensibles y así lo expresamos. Algunos podrían llamarnos histéricos o histéricas. Exacerbadas o exacerbados. Al fin y al cabo solo son formas simples de expresar precisamente esa hipersensibilidad y over-expresividad. Pero “intensita” (voy ya a abandonar lo políticamente correcto y dejar el género masculino de banda, porque al fin y al cabo hablo de mis cosas y lo mío termina en –a) es un adjetivo descalificativo sin espacio para la comprensión. Es como una manada de hombres viendo un anuncio de compresas y pensado “ah, que aburrimiento, siempre igual”, Oh, sí queridos, eso es cada 25 días, lo sabéis bien. La “intensita” es esa que habla y da importancia a algo cuando debería dejarlo pasar y callarse, es esa que no se ríe con un chiste machista (además de que casi todos son malos ¿cuándo lo entenderéis?), la “intensita” es esa que en una reunión de “amigos” no se calla cuando está en contra y quiere seguir ahondando en el problema cuando los demás ya han pasado un tupido velo ante el incómodo comentario. La “intensita” es la que subraya el subtexto de los “solo un comentario” y entonces hace un problema, la “intensita” es la que no está dispuesta a aceptar los celos de su novio como algo “normal” a lo que hay que resignarse. Y sí, la “intensita” también es aquella que cuando le tocan aunque sea el do menor salta como una hipérbole viviente sin poderse contener, tal vez ese sea el único y verdadero defecto de las “intensitas”. Perdonen las molestias que esto les pueda ocasionar, pero soy una intensa.
domingo, 3 de mayo de 2009
Una mujer bajo la influenza
Puedo escribir muchas cosas bonitas sobre este episodio de mi vida, qué paradoja. Y eso, que la epidemia ha conseguido ponerme verdaderamente nerviosa, sobretodo el primer día de escándalo. Estábamos en casa y mi novio se puso enfermo: vomitó, tenía fiebre, diarrea. Los primeros días del estallido buscabas en Internet cual era el cuadro sintomático de la gripe porcina y una correlación interminable de síntomas aparecían en la lista. Desde fiebre a escalofríos pasando por vómitos y diarrea. Y nosotros en casa con el termómetro bajo el brazo y esperando que la cosa se pusiera peor. Una amiga me llamó por teléfono. ¿Has visto lo que está pasando? – Sí Le conté como se sentía mi novio. ¿Llevas una mascarilla puesta, me imagino? –No. Si está contagiado ya es tarde para eso ¿no crees? – No, por supuesto que no. Los virus no son tan predecibles ¡ponte una mascarilla! Colgué el teléfono y el termómetro marcaba fiebre. ¿Será que de verdad tendré eso? ("eso" era para nosotros en ese entonces, antes de ser la gripe, la porcina, la influenza) – No lo sé. Mireya dice que debería llevar mascarilla si tu te encuentras mal –dije tímidamente. Él se levantó y tomo una de las mascarillas, me la entregó: Tiene razón, póntela. En ese momento, las 11:00 de la noche, llamaron mis padres, estaban alarmados, en España las noticias eran terribles, para ellos, la Ciudad de México era un hervidero de virus del que se debía huir inmediatamente. Y yo con la mascarilla puesta al otro lado del teléfono: ¿Tú te sientes bien, verdad? – Por supuesto, mamá. ¿Y no has estado cerca de nadie que tenga síntomas? –me preguntó mi padre. Miré a mi novio. No, nadie. Aquí está todo bien. Colgué el teléfono, estaba exhausta de tanto pensar en lo mismo, de mirar Internet cada veinte minutos para ver si algo nuevo y determinante (¿Determinante de qué? – pienso ahora) aparecía. Me sentía ridícula e inconforme con la situación; estaba usando una mascarilla dentro de mi casa para protegerme de mi novio. Aislada. Finalmente ese día él tomó la decisión de irse a dormir a su casa. Yo me quedé en la mía, sentada en la cama, tratando de leer, de vez en cuando volteaba la vista al móvil que estaba en el suelo. Una oleada de temerosa adrenalina me subía por el esófago. Que todo esto no sea más que otra gran mentira – rogué para mi. Esa noche fue un martirio. Después y sin ningún síntoma, la cuarentena no ha sido nada más que un receso de clausura pero con pecado concedido.
viernes, 24 de abril de 2009
Freeze
Recuerdo haberme congelado en el presente. En el silencio tibio de la oficina he mirado mis uñas de pintura desconchada durante varios minutos. ¿Quieres salir a pasear un rato? - Me he preguntado a mi misma como me pregunto las cosas cuando quiero cuidarme, cuando sé que estoy tan rota que necesito darme cariño de forma incondicional. Es algo que he aprendido a hacer en los últimos años, este comportamiento va unido a la única verdad absoluta a la que he conseguido llegar: que yo soy yo y nunca seré otra, que nunca saldré de este cuerpo y que por lo tanto, renunciar no es más que condenarme a una lenta y larga tortura. Esta verdad es tan absoluta que jamás he conseguido rodearla y siempre acaba funcionando para ponerme en marcha; pero la frustración, ahí está, se manifiesta en unas latentes ganas de llorar que se condensan en mi cabeza hasta formar una nube de tormenta que luego me aprieta al levantar o al sentarme, en el cambio de presión, me duele. Y ahí se queda. Solo yo sé porque. Es mi secreto.
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