lunes, 9 de marzo de 2009
Postales de Barcelona
Desesperanzadados, todos hastiados. Me da más miedo una persona sin esperanzas encerrada en el metro que cualquier calle del DF. Un hombre pasa muy cerca de mi, huele a alcohol, lleva gafas de sol y un dedo vendado. Aquí todos están drogados – pienso. Freaks de ciudad. Decenas en dos días. Un tipo se sienta delante de mi, tiene tics en la cara, cierra los ojos insistentemente y hace muecas extrañas con la boca, lleva varias bolsas de plástico llenas de papeles. Saca una revista maltratada de una de ellas, parece que las recoge de la basura. Es una Interviú atrasada, la abre por la página de los desnudos y entonces sus muecas se empiezan a descontrolar, su cara es un cuadro futurista, lleno de líneas de movimiento y figuras feas. La noche anterior un chico se sentó a nuestro lado en la parada de autobús. Estaba tan pasoneado que si se levantaba tropezaba con quien estuviera delante. Así lo hizo un par de veces, luego pedía perdón y se volvía a sentar, se ponía el dedo índice delante de la nariz y dormitaba, Come stae Gigi? ¬le preguntó Alice, Sono, sono le respondió él. Nosotras nos fuimos y especulamos sobre donde dormiría Gigi esa noche. En la estación un hombre joven duerme en un banco metálico, no está sucio, desde aquí puedo ver sus inmaculados calcetines blancos, duerme tan profundamente que ronca. Detrás suyo unas estudiantes Erasmus hablan y ríen, colocan su pelo y ajustan sus ropas insistentemente, brillan. Un retardado mental me da un susto poniéndose delante de mi abruptamente ¿Qué hora es? Me pregunta. No tengo reloj, pero enseguida me doy cuenta de que no es eso lo que quiere. Se va. Y yo me quedo. Miro y me aterro de todo.
sábado, 28 de febrero de 2009
como humo

Tengo varias imágenes el día de hoy. Una de ellas es un enchufe de pared con un rastro de polvo anaranjado. El rastro de ese polvo tan característico de ladrillo triturado, se dividía en dos y se volvía a unir en un montoncito sobre una caja de línea telefónica sin conexión. No lo habían limpiado desde el día que lo instalaron. En la misma habitación, en la segunda repisa de un estante metálico, había una pequeña cubeta alargada de aluminio envejecido. Sobre ella, en uno de los lados alguien había puesto un adhesivo de demo que rezaba: eres una pulcra. Definitivamente no lo era. Más allá de las paredes de nuestro condominio los árboles de la plaza San Juan siguen asomando sus copas. Se mueven fervientemente, y pienso; ¿será que ahí arriba el aire es más fuerte? Mientras yo cargo la cubeta de la ropa sucia, voy camino a casa de Xènia, con tejanos sin cinturón y gafas de sol, arrastro los pies por el pasillo de nuestra vecindad. En mi cabeza suena Amadou & Mariam, los he dejado en casa en pausa. Me froto la cara con la mano e inmediatamente me acuerdo de Antonino, todavía no hace mucho que se ha ido. Me relajan las imágenes que llegan sin avisar y sin irlas a buscar.
miércoles, 11 de febrero de 2009
Tormenta eléctrica
Aquí estoy yo, vestida de plata y oro, engalanada hasta arriba, plantada delante de ti como una farola con sobrecarga que chispea y gime. Como una farola que hoy quisiera ser bengala de auxilio en el mar, así resaltaría en mitad del vacío oscuro y podrías y deberías verme. ¡Cómo me aprieta este vestido! Y de ti solo siento ese repudio incomprensible, igual que entonces con Kilian, las cosas cambian de la noche a la mañana, sin previo aviso. Después de eso, sé más. Después de ese profundo dolor si esta vez llego al Sí, no me desmayaré. Tal vez en el ahora, en el repudio incomprensible pueda irme. ¿Se diluirán los días en los años, en el tiempo?
No estoy realmente aquí
Estiró el brazo y su axila quedó a la altura de la cara. De seguida el olor dulzón de su sudor impregnado en la rebeca. Era agradable. Suspiró profundamente tranquilizándose y llenándose de ella misma. Pensó que a lo mejor ese gran suspiro lo podía haber desconcertado a él – si pensara en ella, en su presencia -. ¿Cuánto tiempo llevaba tumbada en la cama? El hermoso vestido se había arrugado y las medias se le clavaban en la barriga haciendo complicada la digestión de la rápida y silenciosa cena de esa noche. Apenas le había visto la cara mientras comían. Él se puso a espaldas de ella y aunque estaba juntos y muy cerca ella tuvo la sensación de estar comiendo sola. ¿Por qué lo habría hecho? Como siempre ella había fingido una feliz indiferencia, había observado la parrilla de la carne, los cocineros trabajando, la gente comiendo, el queso hirviendo en mitad de las llamas. Como si nada le estuviera sucediendo por dentro y fuera absoluta y totalmente feliz. Él estaba tirado en el sofá y desde su posición podía verle los pies; de vez en cuando se rozaban entre ellos y entrelazaba sus dedos, jugaba. Con su dedo imitó el movimiento de los pies rozándose los labios y los dientes. Podría levantarme, podría irme. Justo en el momento que pensaba eso, la cabeza de él apareció sonriente al otro lado de la pared, ella le respondió, como siempre que estaba mal, con una sonrisa, fingiendo que todo estaba perfectamente bien.
viernes, 6 de febrero de 2009
Sin entierro
Lloré amargamente la defunción de mi padre. Ni siquiera lo llegamos a enterrar y en realidad, si es que existe alguna, él era otro. Pero yo lloré amargamente esa muerte. Durante más de 5 días, durante 8 horas de una noche de frío. Me desperté para ponerme un suéter y después moría mi padre en sueños. No era yo quien lo mataba, era otro, ahora su cara me es irreconocible, pero en sueños era alguien. Yo intuía que él era el asesino, intuía como se intuyen las cosas en los sueños, con esa certeza muda que una sabe con una veracidad concebida sin pecado, como la Virgen María concibió a Jesús, tal vez ella también solo le soñara. El asesino, cuya cara insisto en recordar pero no triunfo, llevaba varias diademas de su hija en la cabeza, yo le tomaba un par de ellas y me las ponía en mi cabello y entonces le decía: unas son hijas, otros son padres. Era una amenaza, los dos lo sabíamos. Y luego volvía al llanto. A la pena profunda sobre el cadáver sangriento, a la tragedia griega de mi inconsciente.
jueves, 5 de febrero de 2009
El declive - cap. 1
Abrió los ojos y por primera vez en mucho tiempo sintió que algo había cambiado drásticamente. Este sentimiento le pasó fugazmente por la cabeza y fue eliminado en seguida porque venía acompañado de una sensación oscura que la ponía nerviosa.
Las estrellas fluorescentes en el techo de su habitación de niña permanecían allí como si el tiempo no hubiera pasado y la capa de ozono siguiera tan limpia y reluciente como 15 años atrás. Entre la Osa Menor y la Osa Mayor, estaba la constelación que ella y su hermana habían dibujado y posteriormente bautizado como Cele una combinación de sus nombres: Cecilia y Leticia. Como todo en casa de sus padres la habitación estaba impoluta y perfectamente ordenada, se adivinaban espacios vacíos en las estanterías, seguramente recuerdos que se habían ido en una de las múltiples visitas que las niñas habían realizado al hogar paterno. Ella misma recordaba haberse llevado una concha de mar que había guardado desde pequeña. Era una concha de mar con una extraña forma, impropia de los moluscos o los corales, pero bella en su deformación. Cecilia la había atesorado desde niña y en una visita, antes de marcharse a L.A. se la había llevado, como si la concha fuera a mejorar en algo su existencia, o al menos hacer compañía a su deformación interior. Más tarde la había olvidado o perdido en uno de sus múltiples traslados. Supuso que había cumplido su papel.
Después de disfrutar un rato del tacto de las sábanas y la quietud de la habitación se levantó. No se calzó, en casa de sus padres el suelo estaba tan limpio que podía ahorrárselo, aunque supiera que en el preciso instante que entrara a la cocina para comer algo su madre le dejaría ir un: “Cecilia, que mala costumbre de no calzarte, vas a coger frío”.
Su madre estaba tomándose un café frente al televisor de la cocina, hacía años que se lo habían prescrito, pero ella seguía sus propias reglas.
Cecilia abrió la nevera con la intención de prepararse un desayuno y al hacerlo descubrió que tendría que poner mucho de su parte para poder sobrevivir con sus padres de nuevo. Todo lo que había en los estantes de la nevera estaba lleno de calorías o carbohidratos, grasas saturadas y millones de ingredientes artificiales que contribuían al aumento de peso que ella no podía permitirse. Menos, ahora que debía empezar de nuevo en esa ciudad, y ya no era una niña. En realidad tenía 35 años, pero bajo su punto de vista, había muchas oportunidades esperándola. Era en esta ciudad donde había dejado a sus antiguos amigos, a los que no había llamado ni una sola vez desde que se fue y a los que despreciaba con la indiferencia en el correo electrónico. También la cadena de televisión que le dio fama y dinero en sus primeros años como actriz estaba aquí. Decir “primeros” era una mentira, porque habían sido únicos aunque Cecilia tratara de clasificar a los años que siguieron como años de estudios de actuación y participación en pequeños papeles como entrenamiento en su carrera, la verdad era que después de esos años de joven ídolo de adolescentes, Cecilia no había logrado nada. Nada más allá de acostarse con productores y esnifar toda la cocaína del mundo. Cualquiera pensaría que es lo que corresponde a una joven actriz que aspira a continuar su carrera, y así habría sido, si en medio de todo esto no hubiera surgido la enfermedad. La enfermedad fue un parte aguas en su carrera y en su vida, después de ella no hubo más que ruina y un declive imparable que todavía no había llegado a su fin.
En su habitación nueva, que en realidad era la que la había visto crecer, Cecilia empezó a deshacer las maletas. Colgó sus vestidos escotados en el armario de color rosa con acabados florares blancos donde antes había estado su uniforme escolar. Sujetadores de todos lo colores, con y sin tiras, todos con espuma que le moldeaban los pechos y los hacían parecer redondos y perfectos. Bragas, medias, los zapatos ordenados junto al armario. Luego salieron las pastillas, los 3 paquetes de pastillas que debían acompañarla a todas partes. Después de mucho tiempo se había concienciado que debía tomarlas. Sin ellas su frágil estado mental no podía regularse y eso le había ocasionado embarazosos disgustos y evidencias públicas. Afortunadamente la gente que los había presenciado ahora quedaba atrás.
Tenía la oportunidad de empezar de nuevo y esas pastillas eran sus mejores amigas y aunque las odiara, porque creía que podían hacerle aumentar de peso, sabía que sin ellas no sería capaz de nada.
Cecilia se puso a llorar, sin dejar de deshacer las maletas se fue al baño a buscar papel higiénico y continuó su tarea. Era algo que le sucedía con frecuencia, estaba en el acto más estúpido cuando de repente las lágrimas la invadían y se ponía a llorar sin poder evitarlo. No encontraba conexión alguna entre las lágrimas que surgían espontáneas como si fueran las dueñas de su persona y lo que sucedía en el mismo momento. Había empezado a sucederle antes de que le prescribieran la enfermedad.
Un día se presentó a un casting para una comedia barata. Recién duchada, se había maquillado intentando tapar las ojeras y su aspecto desmejorado. Había salido de fiesta y aún tenía aliento a alcohol. Mientras esperaba en la sala contigua, ingería uno tras otro chicles de menta. Estaba nerviosa. Ese nerviosismo día tras día, noche tras noche no la dejaba en paz. No era capaz de descansar y mucho menos de concentrarse. Tenía en las manos las breves líneas que deberían ser pronunciadas tras la puerta en su casting. Movía los pies e ingería chicles de menta. El resto de aspirantes parecían tranquilas y seguras de sí mismas. Cecilia leía las frases y las repetía en voz baja. Pero a la mitad, aunque las pronunciara adecuadamente siempre creía equivocarse y miraba el papel. Era incapaz de concentrarse. Entró como siempre aparentando frescura y simpatía, dedicó una sonrisa juvenil a cada uno de los presentes y se colocó delante de las cámaras como si durmiera con ellas cada día. Recuperó un poco la seguridad y por un momento se dijo que podía hacerlo. Empezó sus frases y a mitad, las lágrimas. Imparables, fuera de control. Primero no se dio cuenta, pero después la voz se le empezó a quebrar, tenía las mejillas mojadas y mocos en la nariz. Esa fue la primera vez. Aún no sabía que tan mal iban las cosas.
Las estrellas fluorescentes en el techo de su habitación de niña permanecían allí como si el tiempo no hubiera pasado y la capa de ozono siguiera tan limpia y reluciente como 15 años atrás. Entre la Osa Menor y la Osa Mayor, estaba la constelación que ella y su hermana habían dibujado y posteriormente bautizado como Cele una combinación de sus nombres: Cecilia y Leticia. Como todo en casa de sus padres la habitación estaba impoluta y perfectamente ordenada, se adivinaban espacios vacíos en las estanterías, seguramente recuerdos que se habían ido en una de las múltiples visitas que las niñas habían realizado al hogar paterno. Ella misma recordaba haberse llevado una concha de mar que había guardado desde pequeña. Era una concha de mar con una extraña forma, impropia de los moluscos o los corales, pero bella en su deformación. Cecilia la había atesorado desde niña y en una visita, antes de marcharse a L.A. se la había llevado, como si la concha fuera a mejorar en algo su existencia, o al menos hacer compañía a su deformación interior. Más tarde la había olvidado o perdido en uno de sus múltiples traslados. Supuso que había cumplido su papel.
Después de disfrutar un rato del tacto de las sábanas y la quietud de la habitación se levantó. No se calzó, en casa de sus padres el suelo estaba tan limpio que podía ahorrárselo, aunque supiera que en el preciso instante que entrara a la cocina para comer algo su madre le dejaría ir un: “Cecilia, que mala costumbre de no calzarte, vas a coger frío”.
Su madre estaba tomándose un café frente al televisor de la cocina, hacía años que se lo habían prescrito, pero ella seguía sus propias reglas.
Cecilia abrió la nevera con la intención de prepararse un desayuno y al hacerlo descubrió que tendría que poner mucho de su parte para poder sobrevivir con sus padres de nuevo. Todo lo que había en los estantes de la nevera estaba lleno de calorías o carbohidratos, grasas saturadas y millones de ingredientes artificiales que contribuían al aumento de peso que ella no podía permitirse. Menos, ahora que debía empezar de nuevo en esa ciudad, y ya no era una niña. En realidad tenía 35 años, pero bajo su punto de vista, había muchas oportunidades esperándola. Era en esta ciudad donde había dejado a sus antiguos amigos, a los que no había llamado ni una sola vez desde que se fue y a los que despreciaba con la indiferencia en el correo electrónico. También la cadena de televisión que le dio fama y dinero en sus primeros años como actriz estaba aquí. Decir “primeros” era una mentira, porque habían sido únicos aunque Cecilia tratara de clasificar a los años que siguieron como años de estudios de actuación y participación en pequeños papeles como entrenamiento en su carrera, la verdad era que después de esos años de joven ídolo de adolescentes, Cecilia no había logrado nada. Nada más allá de acostarse con productores y esnifar toda la cocaína del mundo. Cualquiera pensaría que es lo que corresponde a una joven actriz que aspira a continuar su carrera, y así habría sido, si en medio de todo esto no hubiera surgido la enfermedad. La enfermedad fue un parte aguas en su carrera y en su vida, después de ella no hubo más que ruina y un declive imparable que todavía no había llegado a su fin.
En su habitación nueva, que en realidad era la que la había visto crecer, Cecilia empezó a deshacer las maletas. Colgó sus vestidos escotados en el armario de color rosa con acabados florares blancos donde antes había estado su uniforme escolar. Sujetadores de todos lo colores, con y sin tiras, todos con espuma que le moldeaban los pechos y los hacían parecer redondos y perfectos. Bragas, medias, los zapatos ordenados junto al armario. Luego salieron las pastillas, los 3 paquetes de pastillas que debían acompañarla a todas partes. Después de mucho tiempo se había concienciado que debía tomarlas. Sin ellas su frágil estado mental no podía regularse y eso le había ocasionado embarazosos disgustos y evidencias públicas. Afortunadamente la gente que los había presenciado ahora quedaba atrás.
Tenía la oportunidad de empezar de nuevo y esas pastillas eran sus mejores amigas y aunque las odiara, porque creía que podían hacerle aumentar de peso, sabía que sin ellas no sería capaz de nada.
Cecilia se puso a llorar, sin dejar de deshacer las maletas se fue al baño a buscar papel higiénico y continuó su tarea. Era algo que le sucedía con frecuencia, estaba en el acto más estúpido cuando de repente las lágrimas la invadían y se ponía a llorar sin poder evitarlo. No encontraba conexión alguna entre las lágrimas que surgían espontáneas como si fueran las dueñas de su persona y lo que sucedía en el mismo momento. Había empezado a sucederle antes de que le prescribieran la enfermedad.
Un día se presentó a un casting para una comedia barata. Recién duchada, se había maquillado intentando tapar las ojeras y su aspecto desmejorado. Había salido de fiesta y aún tenía aliento a alcohol. Mientras esperaba en la sala contigua, ingería uno tras otro chicles de menta. Estaba nerviosa. Ese nerviosismo día tras día, noche tras noche no la dejaba en paz. No era capaz de descansar y mucho menos de concentrarse. Tenía en las manos las breves líneas que deberían ser pronunciadas tras la puerta en su casting. Movía los pies e ingería chicles de menta. El resto de aspirantes parecían tranquilas y seguras de sí mismas. Cecilia leía las frases y las repetía en voz baja. Pero a la mitad, aunque las pronunciara adecuadamente siempre creía equivocarse y miraba el papel. Era incapaz de concentrarse. Entró como siempre aparentando frescura y simpatía, dedicó una sonrisa juvenil a cada uno de los presentes y se colocó delante de las cámaras como si durmiera con ellas cada día. Recuperó un poco la seguridad y por un momento se dijo que podía hacerlo. Empezó sus frases y a mitad, las lágrimas. Imparables, fuera de control. Primero no se dio cuenta, pero después la voz se le empezó a quebrar, tenía las mejillas mojadas y mocos en la nariz. Esa fue la primera vez. Aún no sabía que tan mal iban las cosas.
martes, 27 de enero de 2009
dulce de leche
Hoy me sentía triste cuado miraba el bote gigante de dulce de leche. Las excavaciones de las cucharas habían dejado arañazos a lo largo del interior del bote y si no hubiera sido porque dentro era muy oscuro hubiera visto las entrañas de azúcar. Entonces recordé del día en que le pregunté a Manuel como sentía la presión del tiempo. Me había dicho que él se sentía en el interior de un tanque sin oberturas que iba llenándose de agua y que en algún momento llegaría a ahogarle. Me acuerdo que pensé que tristeza. Estábamos sentados en el balcón del hotel, era muy noche, apenas se veía el mar, yo bebía mezcal y me fumaba un cigarrillo, él solo estaba. Siempre debí saberle a vicio. Estoy casi segura de que él no conocerá esta sobriedad que a ratos me pone tan triste. Creo que tenía razón al pensar que el cigarro era una manera de evitar la vida, si una se la fumaba, siempre podía evitar que la vida se la fumara a una.
viernes, 23 de enero de 2009
Esta noche cocina el inconsciente
Ya de noche, en la cocina, coinciden mi padre y mi madre. Ella, aunque está cansada, aunque no quiere, aunque no tiene la obligación y nadie la presiona, le pregunta a mi padre si quiere un frankfurt para cenar. Mi padre le responde que sí. De mala gana se pone a calentar la salchicha, mi padre, ciego él pero no de la vista, le pide a mi madre que se lo ponga en el pan. De peor gana mi madre saca una barra de pan del cajón y cuando va a abrirla por la mitad, mi padre le pide que se lo haga al estilo Alemán, es decir, que le haga un agujero central a la barra de pan e inserte la salchicha en medio. Entonces, harta, mi madre se gira, agarra la salchicha con las manos y literalmente la hunde en el pan como si con ese trozo de carne pudiera excavar en el pan hasta llegar al centro de la tierra. Mi padre, atónito, se queda mirándola y acto seguido explota en un ataque de risa. Minutos después, tras decir unos cuantos tacos e imprecaciones, mi madre, vencida por la risa de mi padre, también acaba destornillándose de la escena.
miércoles, 21 de enero de 2009
Esas disertaciones estériles que tanto me gustan
Ya no me asusta la nueva redondez de mi cara. Quien le hubiera dicho a la Liliana adolescente que eso iba a suceder algún día. Nunca me hubiera creído, en ese momento ante semejante comentario hubiera girado la cara, desviado la mirada del espejo y detenido por un solo instante sus ejercicios de mandíbula reductores de papada para dedicarme una mirada incrédula y desdeñosa como el adolescente que cree que ya descubrió todos los secretos de la vida. No somos nada, cada día creemos que por fin hemos llegado al momento de lucidez exacto que nos servirá de timón para el resto de nuestras acciones, pero cada día tiene un ayer y un mañana, y por eso siempre resulta que estamos en el mismo punto. Con los años algo avanzamos y solo el tiempo sigue siendo el maestro que todo nos lo enseña. Me pregunto porque no serán nuestros dioses personificaciones de esa inexorable máquina que todo lo hace y deshace. Tal vez las representaciones de la madre naturaleza con sus estaciones se acercan vagamente a él. Me pregunto también, si realmente existieran los vampiros, si no serían ellos los verdaderos sabios de la humanidad. Porque está claro que nosotros por lo pronto de sabios no tenemos nada.
martes, 13 de enero de 2009
¿Dónde pongo la bomba?
Si no estoy tirando bombas no estoy haciendo nada. Esa es la sensación que tengo cuando me asaltan las dudas sobre el fin del mundo y descubro la veta de una cadena de engaños seculares de los que no era consciente hasta ese momento. Debería estar bombardeando a todos esos señores infames y a las televisiones y bah!... nunca se iba a acabar esta cadena. Entonces solo tengo ganas de tomar una mochila con lo imprescindible e irme a andar mundo, vivir el presente, retratar el ahora, el conflicto, el llanto y la injusticia. Y en esta última frase estoy exponiendo mis deseos más profundos. También se necesitará gente de la normal cuando todo esto suceda – Me dice Rafa. Y entonces me siento como en una película de ciencia ficción tipo Encuentros en la tercera fase. Soy de las normales ¿Pero qué voy a hacer con este deseo de no serlo? Es esta una enfermedad también de nuestra generación y yo aún no encuentro una medicina, una jeringa directa al ego que elimine esas ansias terribles y vergonzosas y que me convierten en una hipster en potencia, una más de las representantes del trash cultural y el consumo inconsciente de nuestra época. Para colmo tengo un blog. Soy lo peor.
jueves, 8 de enero de 2009
De puntitas
“¡Liliana, por el amor de Dios, pon los talones en el suelo!” Me decía a mi misma hoy en el gimnasio. Si hubiera estado mi madre y pudiera leer los pensamientos, nos habríamos mirado a los ojos y después nos hubiéramos descojonado de risa. ¿Cuántos años me había dicho ella y había tenido yo que oír, Liliana pon los pies rectos!? Por lo menos 7 años consecutivos. Y digo esa cifra porque me es imposible cuantificar cualquier hecho de la infancia, pero durante muchos años tuve que escuchar a mis padres diciéndome que no torciera el pie, que no lo metiera pa’ dentro, que me fijara en como caminaba, y un sinfín de expresiones más al respecto. No es que el día de hoy yo estuviera corrigiendo un defecto grave, simplemente es que si me paso la clase haciendo los ejercicios de puntitas, me canso más y me veo peor en el espejo. Pero el regaño íntimo que me hice me trasladó a mi infancia y a mis pies torcidos. Por culpa de una rebeldía física: mi pies se empeñan en poner las puntas hacia dentro, me pasé mi infancia con la cabeza gacha controlando mis pies o con la cabeza alta levantándome del suelo. De niña durante al menos 1 año tuve que dormir con un aparato en los pies; dos zapatos estilo Remy pegados a una barra de metal de unos 70 cms. Una vez ponías los pies en ese aparato ya no podías unir las piernas ni torcer los pies, estabas obligada a dormir boca arriba y con los pies abiertos o bien de lado y con un pie en el aire que se acabaría quedando sin sangre tarde o temprano. Esa parte de mi torcedura sí era un auténtico suplicio. Recuerdo haberme despertado desesperada en mitad de la noche gimiendo por un cambio de posición en la cama. Había partes que también dolían, por ejemplo, si corría, mi pie derecho se torcía tanto que el izquierdo acababa tropezándose y los dos terminaban cayéndose y en consecuencia, yo también. Así me hice muchas heridas en esos años. Durante un tiempo mis padres me obligaron a cambiarme los zapatos de pie; o sea, el pie derecho en el zapato izquierdo, y el pie izquierdo en el zapato derecho. Así mis pies seguirían una pauta más abierta… aunque bien hubieran podido convertirse en los primeros pies transvertidos de la historia. La cuestión es que en algún momento se arregló, después de mucho insistir conseguimos que mis pies entendieran que la dirección correcta era otra, y que aunque estuvieran enamorados el uno del otro, no debían mirarse en pro de un futuro mejor. Y ahora al menos solo camino de puntitas en el gimnasio, un mal menor.
sábado, 3 de enero de 2009
Necesito un consejo para explotar
Me gustaría ser una taza de cerámica y que un martillo me hiciera saltar en pedazos. O una botella de cristal que explota en el congelador. No un yogurt que revienta en el microondas, pero sí un bloque de concreto que detona y desaparece. Un montón de papeles que se lleva el viento de una bocanada. Un cubo de agua que cae al suelo. Estornudar. ¿Me explico?
viernes, 2 de enero de 2009
Oda al auto-boicot
No sé si seré la única, pero hay algo que amarga mi existencia desde que de muy pequeña lo sentí por primera vez: el auto-boicot. De niña, cuando sucedía algo que me contrariaba o me disgustaba a menudo sentía la necesidad de hacer un berrinche que fuera molesto para mis progenitores, pero sobretodo que fuera molesto para mi misma. Entonces hacía algo que me perjudicara. A saber; si teníamos que ir a comer a un lugar que me encantaba, yo me negaba y prefería quedarme sola en casa de mi abuela. Una vez hecho esto me pasaba la tarde imaginando que bien estarían comiendo mis padres aquello que tanto me gustaba a mi. A medida que fui creciendo empecé a identificar y separar ese sentimiento del resto. De adolescente me volvía a suceder, y entonces me castigaba, ya no solo no yendo donde quería, sino dejando que alguien más comprara lo que yo deseaba o perdiendo oportunidades únicas. Quería que el castigo fuera más fuerte, que fuera doloroso, y ese dolor lo encontraba rápidamente rechazando algo que sería inalcanzable por siempre más. Así dejé pasar varias ocasiones y oportunidades que no se repetirán. Algunas cosas que no hice hubieran hecho felices a gente que he perdido. Durante un tiempo ese sentimiento se escondió. Creo que fue después de la adolescencia, entre la multitud de sentimientos y descubrimientos nuevos, el auto-boicot dejó de estar tan presente. Al volver lo hizo con fuerza renovada e inesperada para mi. Es como si todo ese tiempo hubiera estado hibernando y reponiéndose para volver con la fuerza necesaria para atraparme de nuevo. El auto-boicot se manifiesta ahora en cosas mucho más importantes en mi vida, sobretodo en mis relaciones. Por ejemplo, pienso algo, decido que voy a ser amable, cojo el teléfono llamo, y entonces no sé porque, lo juro, hay algo que hace que mi cabeza cambie de opinión por si sola y de instrucciones que yo no apruebo: si quiero ir a ver esa persona, no iré a verla, si quiero acompañarla a la montaña el día de mañana, no sé si podré. Y así me castigo. Casi siempre sucede esto cuando hay un motivo, por lo general insuficiente, que me hace sentir mal, un pequeño rechazo puede generar en mi, no una furia hacia la otra persona, sino una furia autodestructiva. Como estos últimos días ha hecho méritos suficientes para dedicarles una oda amarga, hoy he decidido ponerlo por escrito, a ver si así se calma un ratito.
martes, 30 de diciembre de 2008
Milagrito
Después de 4 paradas cardíacas, 19 operaciones en la cabeza, 7 paradas respiratorias y 7 meses en terapia intensiva, la llamaban Milagrito. Yo sólo tuve oportunidad de verla unos minutos, me tropecé con ella en la entrada de su casa. Yo entraba de huésped, ella barría de hotelera. O más bien, de hija de hotelera, porque ahí la que llevaba el negocio y la voz cantante era Yakelín, la matriarca de la familia. La enfermera de Caibaren que se había casado joven y como segunda hija había tenido a Milagrito. A la niña cuando era todavía muy pequeña, le tocó ser testigo accidental de un pleito entre un pescador y un local. Nunca pregunté porque se inició el pleito, pero el caso es que la niña estaba ahí, distraída y haciendo cosas de niñas cuando el proyectil del arpón se incrustó en su cabeza. Y luego sucedió todo eso: 4 paradas cardíacas, 19 operaciones, 7 paradas respiratorias y 7 meses en terapia intensiva. Le cambiaron el nombre, de Mairena pasó a Milagrito. Y sin saberlo le habían cambiado la vida. Tal vez ella jamás se dio cuenta o ni siquiera alcanzó a recordar a Mairena. A lo mejor ahora solo la ve en contadas ocasiones, como cuando posa para que le tomen fotos y entonces sin quererlo y sin saber como, invoca a Mairena que se aparece en su semblante serio. Pero por lo demás Milagrito no se acuerda de Mairena. Milagrito tenía 16 años, y a esa edad ya sabía que para ella en aquel pueblito no habría nadie. Su cara había quedado desfigurada por la multitud de operaciones y aunque se pusiera el pelo delante y casi siempre pudiera disimular las cicatrices, el volumen irregular la delataba. Milagrito sabía que sus mejores momentos eran los 5 primeros minutos de cualquier encuentro. Ese era el tiempo en que el interlocutor solía dudar de sus capacidades. Salía en ese momento una Milagrito tímida y sonriente, amable, acreedora de algún sencillo secreto. ¿Cómo podría conquistar ella a un hombre en esos 5 primeros minutos? Cuando yo la vi estaba barriendo silenciosa la entrada de la casa de renta en la que nos alojábamos. Llevaba una camiseta rosa chillón apretada que le amoldaba los pliegues de carne, el pelo suelto, unos pantalones negros y varias alhajas en las manos. Casi no nos dijo nada, nosotros tampoco, pero su madre nos detuvo unos pasos más tarde. Ella es mi hija. Nos volteamos corteses a verla. La saludamos, ella nos devolvió un cabezazo amable. ¿Qué les parece? Abuela tan joven… Y sí, precisamente estaba mirando la barriga de la chica cuando lo dijo. Para ese momento nosotros todavía no sabíamos nada de su historia, así que dejamos pasar el embarazo como un hecho cotidiano en la historia de los pueblos. Al día siguiente Yakelín nos contaría todo lo que yo he escrito y las dimensiones del embarazo serían diferentes. Entre la multitud de parches que las operaciones habían dejado en Milagrito había dos que convertían su embarazo en un riesgo: la epilepsia y la meningitis. ¿Cómo entonces había osado Milagrito embarazarse? La prisa que infunda el miedo. A su corta edad había pensado que ningún hombre iba a quererla jamás y había visto esto como una catástrofe ilimitada, entonces esperó ansiosa al primero que quisiera aceptarla y se ofreció a él por entero. No sé si Milagrito contaba con el embarazo o si él contaba con el embarazo, pero la cuestión era que ahí estaba. Yakelín creía que todo había sucedido porque el tipo, mayor que Milagrito y en sus plenas capacidades, quería aprovecharse del negocio familiar – la casa de renta – y embarazando a Milagrito se había unido de manera irreversible a esa familia. Independientemente de la resolución de la historia, después de la experiencia que le espera, Milagrito en sus escasas posibilidades tal vez descubra algo fundamental de la vida: no es necesario atarse para amar ni sufrir para ser amada.
lunes, 29 de diciembre de 2008
pausa
Cuando estoy triste pienso: ¿Estarás conmigo solo porque estás tan sólo como yo? He tenido la sensación de aburrirte, de hacerte insatisfecho, de dejarte ansioso por aquello que estabas buscando y sin embargo, en el momento de pausa me miras y me dices te quiero. Ya sé que en realidad lo hacías más antes. Ahora yo también he aprendido a hacerlo. ¡He aprendido tantas malas costumbres! Se me dan bien. Y es que yo en realidad creo que los gatos tienen 5 patas y que 3 más 3 son 7. Pero mientras resuelvo mis enigmas podemos darnos una pausa.
sábado, 27 de diciembre de 2008
soy adicta a los 3 primeros meses
A veces pienso que soy adicta a los primeros 3 meses. Después de esa barrera temporal todo se desvanece. Lo que parecía ser un futuro prometedor se suele convertir en un presente ilusorio y poco atractivo, las virtudes que tanto me hacían vibrar se vuelven escandalosos detalles idiosincrásicos que me erizan los nervios. Y siempre es así. Pocas veces mi amor supera esa barrera. Debo ser una especie de amante a corto plazo. Últimamente la madurez me ha traído un poco más de persistencia y tolerancia, así que puedo alargar mis relaciones unos 2 meses más con la elegancia de quien está de vacaciones y no puede regresar a su trabajo porque ha perdido el vuelo. Suena horrible, lo sé. Pero no solo para ellos, para mi también. Tal vez más. Ellos no se cansan de tropezar siempre con la misma piedra. En cambio yo parezco ejemplificar en mi misma el dicho “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.” Porque no creáis que en cada nueva relación no pienso que realmente ese amor es verdadero, y casi siempre lo es, pero también pienso que es duradero, y aunque lo crea como la más fanática beata, resulta no serlo. Así que imaginaros que frustrante ha de ser estar en mi situación. Es como si estuviera continuamente viendo espejismos de oasis en un desierto. Corro hacia ellos, estoy a punto de tocarlos y pum! se desvanecen. Paso un pequeño (para que vamos a engañarnos) período de duelo y como el hombre vive de esperanza, al poco tiempo ahí estoy de nuevo: enamorada del amor.
sábado, 20 de diciembre de 2008
deseos
Yo recuerdo haber sido la niña que le gritaba Cabrón a su abuelo en el vídeo familiar. Tengo recuerdos de haber sido la niña que después de caerse 5 escalones llegaba al suelo y rechazaba la ayuda diciendo ya está, ya está. Recuerdo también abrirme la rodilla con el alquitrán en grano al huir de la pescadería con el canasto de mi madre en un acto heroico ¡Y ahora me siento tan lejos de todos esos recuerdos! Busco esa niña día tras día. A veces pienso que tal vez con espartanismo y ascetismo lo pueda conseguir, entonces dejo de fumar 15 días, no bebo y salgo poco. Atisbo algo de lucidez en esa sobriedad, pero siempre llega un momento en que acabo abandonándome de nuevo. No soporto estar en un único estado de consciencia. Me aburre. Pienso luego, que nunca podré tocar a esa niña de nuevo. Que nunca alcanzaré mis metas porque soy una perezosa, una alma sin voluntad. Y me odio con vehemencia. ¿Debe una luchar por algo que no le es natural? ¿No deberían ser nuestras metas iguales a nuestros deseos? Tenía mucha razón, quien hace un tiempo, me dijo que lo verdaderamente difícil es saber lo que deseamos realmente. Porque haceros la pregunta: ¿Qué es lo que deseáis? Sinceramente, es complicado responder a esta pregunta sin pasar por la barrera de “lo que escogisteis desear” y prometisteis conseguir, y que de no hacerlo, será alta traición al propio ego. Así que muchas veces más nos vale responder una mentira y seguir fingiendo que realmente deseamos lo que escogimos, hacer creer que somos firmes en nuestros propósitos para que nos tomen en serio y que estamos dotados de cierta clarividencia mental que nos conducirá irremisiblemente a la meta. Imaginaros ahora la meta. ¿De qué valdrá si no es realmente lo que deseamos? Me pregunto si nos conformaremos en haber logrado lo que aparentamos y si eso nos dejará tranquilos por el resto de nuestra existencia.
viernes, 21 de noviembre de 2008
el lobo estepario

Eres como un Lobo Estepario. Solo te juntas para procrear. – Casi no podemos mirarnos a los ojos, pero estoy segura que él me está clavando la mirada tanto como yo a él. De vez en cuando, las luces de Navidad de la vecina me permiten ver con más claridad, entonces trato de buscar algo en su rostro, algo que me haga comprender que es lo que él busca exactamente. ¿Ah sí? Sí, no te creo cuando dices que si tuvieras hijos nunca los dejarías al otro. Estoy seguro de que tú los abandonarías con más facilidad. Ciertamente no se anda con rodeos. Siempre le digo que es un kamikaze, y él lo reconoce. Trato de pensar en lo que me dice, de no buscar que es lo que quiere decir cuando me dice eso, que es lo que pretende él, qué efecto dramático busca en mí o aún peor, cómo se aprovecharía él de esa hipotética situación si jamás se convirtiera en realidad. Pienso, me concentro. Puede ser. Hay dos escenarios opuestos: y en los dos soy esclava. Inmediatamente se me resbalan dos lágrimas, no por lo que él me ha dicho, sino por lo que yo acabo de decir. En una profunda parte de mí sé que tengo toda la razón y me aterra. En mi mundo futuro la única forma de salir de la esclavitud es no tener hijos. No haberlos tenido nunca. Sé Este último pensamiento una Lili futura lo formulará en algún momento, y me odio por los pecados que aún no he cometido. Por eso lloro más y entonces él puede ver el sendero mojado que brilla con los colores de las luces de Navidad de la vecina. Le dejo el tiempo justo para que pueda verlo con claridad y luego le doy la espalda. Me abraza por detrás, ¿Estás llorando? - Sí. Perdón, no quería ofenderte ¿Me perdonas? – No me has ofendido. Y aunque sé que sí, que sí querías provocar en mi este llanto, que te lo concedo como un parte más de nuestra realidad trágica que tanto nos gusta, no me has ofendido. No eres tú, soy yo. Y aunque tal vez en realidad si quisieras ofenderme – yo no creo conocerte de siempre, pero te intuyo – no me ofendes. Me haces admirar el profundo pozo de petróleo que brilla en ti y que esconde esa basta inteligencia que no sé todavía hacia donde va.
domingo, 16 de noviembre de 2008
siesta de sábado
Estoy tumbada en su cama. Miro el techo escarapelado, la pared quemada por el lugar por donde aparece el cable y cuelga la bombilla desnuda. Los trozos de yeso penden tranquilamente sobre nuestras cabezas. “Algún día se nos caerán encima mientras dormimos” pienso. Y me acuerdo de que seguimos en la cama, dormimos. Me he despertado a mitad de siesta sin ser consciente. Me doy cuenta de que esta pequeña vigilia no durará mucho. El letargo de hoy nos tiene atrapados. Sigo observando. Dos toallas que cuelgan de la ventana, una de cada lado. A veces las usa de cortinas, cuando no quiere que entre el sol o que algún vecino nos vea. Ahora da igual, están colgando y puedo ver sus contornos deshilachados por el uso. Todo aquí está tremendamente usado.
La música sigue sonando. No sé que es. Música clásica. No molesta. Cerca de su nuca, al otro lado, la luz roja del contestador automático parpadea. Así está desde ayer. “No han dejado mensaje, colgaron” – pero la luz roja sigue parpadeando como si allí hubiera algún mensaje guardado, esperando. Desconfío y esa lucecita roja me lo recuerda. Infinidad de libros y películas nos rodean. Apenas hay espacio para meter los pies entre ellos y la cama. A pesar del uso y el desorden la cama es cómoda, muy cómoda. Tan cómoda que me permite dormir más de 12 horas sin sentirme culpable. Él sigue tumbado. Durmiendo. Dice que yo no podría observarlo mientras duerme. “¿Tú crees?” le contesto con tono desafiante. “Sí, tengo el sueño demasiado ligero. “ Pero se equivoca, como cuando me dice que no soy tan fuerte como me gustaría. Soy tan fuerte, que a veces me gustaría ser débil.
La música sigue sonando. No sé que es. Música clásica. No molesta. Cerca de su nuca, al otro lado, la luz roja del contestador automático parpadea. Así está desde ayer. “No han dejado mensaje, colgaron” – pero la luz roja sigue parpadeando como si allí hubiera algún mensaje guardado, esperando. Desconfío y esa lucecita roja me lo recuerda. Infinidad de libros y películas nos rodean. Apenas hay espacio para meter los pies entre ellos y la cama. A pesar del uso y el desorden la cama es cómoda, muy cómoda. Tan cómoda que me permite dormir más de 12 horas sin sentirme culpable. Él sigue tumbado. Durmiendo. Dice que yo no podría observarlo mientras duerme. “¿Tú crees?” le contesto con tono desafiante. “Sí, tengo el sueño demasiado ligero. “ Pero se equivoca, como cuando me dice que no soy tan fuerte como me gustaría. Soy tan fuerte, que a veces me gustaría ser débil.
sábado, 25 de octubre de 2008
llueven mangos
Una pide mangos y le llueven mangos – me dice Alice por mail. Tal vez tenga toda la razón, pedimos cosas a manos llenas pensando que el destino es incorruptible y que nunca obtendremos lo que pedimos. Esa suposición de imposibilidad nos hace libres del miedo, no creemos que nos den lo que anhelamos, pero tampoco las consecuencias que esos deseos podrían traer. Y resulta que un día te levantas por la mañana y los mangos que habías encargado tres años atrás están bellísima y perfectamente empacados en la puerta de tu casa con una nota de entrega: Para Liliana. Los mangos.
Zas. Los mangos, caray. ¿Y ahora que hago yo con los mangos? Es un chiste del destino. ¿Qué pasará con los anhelos de la semana pasada? - me pregunto.
Resulta un hecho muy curioso de todo esto: descubrimos que hay sentimientos verdaderos dentro de nosotros. Ajá. ¿O no hemos pensado todos, después de cierto tiempo, que nuestros sentimientos hacia alguien habían sido una mera ilusión, un espejismo? Pues resulta que dentro de todos esos sentimientos que pasamos a la maleta de viaje, hay algunos que fueron ciertos, tan ciertos que cuesta creer que los podamos dominar. Parecen entes autónomos con derecho a existir. Y aunque pongamos muchas oposiciones, miedos, experiencia y lógica sobre ellos, estos florecen sin reparos, alimentados por esos mangos que creímos que nunca iban a aparecer. Tres años después esos sentimientos vuelven a aparecer como lo hicieron la primera vez, y entonces no me queda más que admitirlos y aceptarlos, comerse los mangos a manos llenas, como quería. ¿Qué resultará de todo esto? No lo puedo responder. No puedo saber. Tal vez esté en este instante pidiendo cosas que lleguen en unos años para cambiar mi vida de nuevo.
Zas. Los mangos, caray. ¿Y ahora que hago yo con los mangos? Es un chiste del destino. ¿Qué pasará con los anhelos de la semana pasada? - me pregunto.
Resulta un hecho muy curioso de todo esto: descubrimos que hay sentimientos verdaderos dentro de nosotros. Ajá. ¿O no hemos pensado todos, después de cierto tiempo, que nuestros sentimientos hacia alguien habían sido una mera ilusión, un espejismo? Pues resulta que dentro de todos esos sentimientos que pasamos a la maleta de viaje, hay algunos que fueron ciertos, tan ciertos que cuesta creer que los podamos dominar. Parecen entes autónomos con derecho a existir. Y aunque pongamos muchas oposiciones, miedos, experiencia y lógica sobre ellos, estos florecen sin reparos, alimentados por esos mangos que creímos que nunca iban a aparecer. Tres años después esos sentimientos vuelven a aparecer como lo hicieron la primera vez, y entonces no me queda más que admitirlos y aceptarlos, comerse los mangos a manos llenas, como quería. ¿Qué resultará de todo esto? No lo puedo responder. No puedo saber. Tal vez esté en este instante pidiendo cosas que lleguen en unos años para cambiar mi vida de nuevo.
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