jueves, 8 de enero de 2009

De puntitas

¡Liliana, por el amor de Dios, pon los talones en el suelo!” Me decía a mi misma hoy en el gimnasio. Si hubiera estado mi madre y pudiera leer los pensamientos, nos habríamos mirado a los ojos y después nos hubiéramos descojonado de risa. ¿Cuántos años me había dicho ella y había tenido yo que oír, Liliana pon los pies rectos!? Por lo menos 7 años consecutivos. Y digo esa cifra porque me es imposible cuantificar cualquier hecho de la infancia, pero durante muchos años tuve que escuchar a mis padres diciéndome que no torciera el pie, que no lo metiera pa’ dentro, que me fijara en como caminaba, y un sinfín de expresiones más al respecto. No es que el día de hoy yo estuviera corrigiendo un defecto grave, simplemente es que si me paso la clase haciendo los ejercicios de puntitas, me canso más y me veo peor en el espejo. Pero el regaño íntimo que me hice me trasladó a mi infancia y a mis pies torcidos. Por culpa de una rebeldía física: mi pies se empeñan en poner las puntas hacia dentro, me pasé mi infancia con la cabeza gacha controlando mis pies o con la cabeza alta levantándome del suelo. De niña durante al menos 1 año tuve que dormir con un aparato en los pies; dos zapatos estilo Remy pegados a una barra de metal de unos 70 cms. Una vez ponías los pies en ese aparato ya no podías unir las piernas ni torcer los pies, estabas obligada a dormir boca arriba y con los pies abiertos o bien de lado y con un pie en el aire que se acabaría quedando sin sangre tarde o temprano. Esa parte de mi torcedura sí era un auténtico suplicio. Recuerdo haberme despertado desesperada en mitad de la noche gimiendo por un cambio de posición en la cama. Había partes que también dolían, por ejemplo, si corría, mi pie derecho se torcía tanto que el izquierdo acababa tropezándose y los dos terminaban cayéndose y en consecuencia, yo también. Así me hice muchas heridas en esos años. Durante un tiempo mis padres me obligaron a cambiarme los zapatos de pie; o sea, el pie derecho en el zapato izquierdo, y el pie izquierdo en el zapato derecho. Así mis pies seguirían una pauta más abierta… aunque bien hubieran podido convertirse en los primeros pies transvertidos de la historia. La cuestión es que en algún momento se arregló, después de mucho insistir conseguimos que mis pies entendieran que la dirección correcta era otra, y que aunque estuvieran enamorados el uno del otro, no debían mirarse en pro de un futuro mejor. Y ahora al menos solo camino de puntitas en el gimnasio, un mal menor.

sábado, 3 de enero de 2009

Necesito un consejo para explotar

Me gustaría ser una taza de cerámica y que un martillo me hiciera saltar en pedazos. O una botella de cristal que explota en el congelador. No un yogurt que revienta en el microondas, pero sí un bloque de concreto que detona y desaparece. Un montón de papeles que se lleva el viento de una bocanada. Un cubo de agua que cae al suelo. Estornudar. ¿Me explico?

viernes, 2 de enero de 2009

Oda al auto-boicot

No sé si seré la única, pero hay algo que amarga mi existencia desde que de muy pequeña lo sentí por primera vez: el auto-boicot. De niña, cuando sucedía algo que me contrariaba o me disgustaba a menudo sentía la necesidad de hacer un berrinche que fuera molesto para mis progenitores, pero sobretodo que fuera molesto para mi misma. Entonces hacía algo que me perjudicara. A saber; si teníamos que ir a comer a un lugar que me encantaba, yo me negaba y prefería quedarme sola en casa de mi abuela. Una vez hecho esto me pasaba la tarde imaginando que bien estarían comiendo mis padres aquello que tanto me gustaba a mi. A medida que fui creciendo empecé a identificar y separar ese sentimiento del resto. De adolescente me volvía a suceder, y entonces me castigaba, ya no solo no yendo donde quería, sino dejando que alguien más comprara lo que yo deseaba o perdiendo oportunidades únicas. Quería que el castigo fuera más fuerte, que fuera doloroso, y ese dolor lo encontraba rápidamente rechazando algo que sería inalcanzable por siempre más. Así dejé pasar varias ocasiones y oportunidades que no se repetirán. Algunas cosas que no hice hubieran hecho felices a gente que he perdido. Durante un tiempo ese sentimiento se escondió. Creo que fue después de la adolescencia, entre la multitud de sentimientos y descubrimientos nuevos, el auto-boicot dejó de estar tan presente. Al volver lo hizo con fuerza renovada e inesperada para mi. Es como si todo ese tiempo hubiera estado hibernando y reponiéndose para volver con la fuerza necesaria para atraparme de nuevo. El auto-boicot se manifiesta ahora en cosas mucho más importantes en mi vida, sobretodo en mis relaciones. Por ejemplo, pienso algo, decido que voy a ser amable, cojo el teléfono llamo, y entonces no sé porque, lo juro, hay algo que hace que mi cabeza cambie de opinión por si sola y de instrucciones que yo no apruebo: si quiero ir a ver esa persona, no iré a verla, si quiero acompañarla a la montaña el día de mañana, no sé si podré. Y así me castigo. Casi siempre sucede esto cuando hay un motivo, por lo general insuficiente, que me hace sentir mal, un pequeño rechazo puede generar en mi, no una furia hacia la otra persona, sino una furia autodestructiva. Como estos últimos días ha hecho méritos suficientes para dedicarles una oda amarga, hoy he decidido ponerlo por escrito, a ver si así se calma un ratito.

martes, 30 de diciembre de 2008

Milagrito

Después de 4 paradas cardíacas, 19 operaciones en la cabeza, 7 paradas respiratorias y 7 meses en terapia intensiva, la llamaban Milagrito. Yo sólo tuve oportunidad de verla unos minutos, me tropecé con ella en la entrada de su casa. Yo entraba de huésped, ella barría de hotelera. O más bien, de hija de hotelera, porque ahí la que llevaba el negocio y la voz cantante era Yakelín, la matriarca de la familia. La enfermera de Caibaren que se había casado joven y como segunda hija había tenido a Milagrito. A la niña cuando era todavía muy pequeña, le tocó ser testigo accidental de un pleito entre un pescador y un local. Nunca pregunté porque se inició el pleito, pero el caso es que la niña estaba ahí, distraída y haciendo cosas de niñas cuando el proyectil del arpón se incrustó en su cabeza. Y luego sucedió todo eso: 4 paradas cardíacas, 19 operaciones, 7 paradas respiratorias y 7 meses en terapia intensiva. Le cambiaron el nombre, de Mairena pasó a Milagrito. Y sin saberlo le habían cambiado la vida. Tal vez ella jamás se dio cuenta o ni siquiera alcanzó a recordar a Mairena. A lo mejor ahora solo la ve en contadas ocasiones, como cuando posa para que le tomen fotos y entonces sin quererlo y sin saber como, invoca a Mairena que se aparece en su semblante serio. Pero por lo demás Milagrito no se acuerda de Mairena. Milagrito tenía 16 años, y a esa edad ya sabía que para ella en aquel pueblito no habría nadie. Su cara había quedado desfigurada por la multitud de operaciones y aunque se pusiera el pelo delante y casi siempre pudiera disimular las cicatrices, el volumen irregular la delataba. Milagrito sabía que sus mejores momentos eran los 5 primeros minutos de cualquier encuentro. Ese era el tiempo en que el interlocutor solía dudar de sus capacidades. Salía en ese momento una Milagrito tímida y sonriente, amable, acreedora de algún sencillo secreto. ¿Cómo podría conquistar ella a un hombre en esos 5 primeros minutos? Cuando yo la vi estaba barriendo silenciosa la entrada de la casa de renta en la que nos alojábamos. Llevaba una camiseta rosa chillón apretada que le amoldaba los pliegues de carne, el pelo suelto, unos pantalones negros y varias alhajas en las manos. Casi no nos dijo nada, nosotros tampoco, pero su madre nos detuvo unos pasos más tarde. Ella es mi hija. Nos volteamos corteses a verla. La saludamos, ella nos devolvió un cabezazo amable. ¿Qué les parece? Abuela tan joven… Y sí, precisamente estaba mirando la barriga de la chica cuando lo dijo. Para ese momento nosotros todavía no sabíamos nada de su historia, así que dejamos pasar el embarazo como un hecho cotidiano en la historia de los pueblos. Al día siguiente Yakelín nos contaría todo lo que yo he escrito y las dimensiones del embarazo serían diferentes. Entre la multitud de parches que las operaciones habían dejado en Milagrito había dos que convertían su embarazo en un riesgo: la epilepsia y la meningitis. ¿Cómo entonces había osado Milagrito embarazarse? La prisa que infunda el miedo. A su corta edad había pensado que ningún hombre iba a quererla jamás y había visto esto como una catástrofe ilimitada, entonces esperó ansiosa al primero que quisiera aceptarla y se ofreció a él por entero. No sé si Milagrito contaba con el embarazo o si él contaba con el embarazo, pero la cuestión era que ahí estaba. Yakelín creía que todo había sucedido porque el tipo, mayor que Milagrito y en sus plenas capacidades, quería aprovecharse del negocio familiar – la casa de renta – y embarazando a Milagrito se había unido de manera irreversible a esa familia. Independientemente de la resolución de la historia, después de la experiencia que le espera, Milagrito en sus escasas posibilidades tal vez descubra algo fundamental de la vida: no es necesario atarse para amar ni sufrir para ser amada.

lunes, 29 de diciembre de 2008

pausa


Cuando estoy triste pienso: ¿Estarás conmigo solo porque estás tan sólo como yo? He tenido la sensación de aburrirte, de hacerte insatisfecho, de dejarte ansioso por aquello que estabas buscando y sin embargo, en el momento de pausa me miras y me dices te quiero. Ya sé que en realidad lo hacías más antes. Ahora yo también he aprendido a hacerlo. ¡He aprendido tantas malas costumbres! Se me dan bien. Y es que yo en realidad creo que los gatos tienen 5 patas y que 3 más 3 son 7. Pero mientras resuelvo mis enigmas podemos darnos una pausa.

sábado, 27 de diciembre de 2008

soy adicta a los 3 primeros meses


A veces pienso que soy adicta a los primeros 3 meses. Después de esa barrera temporal todo se desvanece. Lo que parecía ser un futuro prometedor se suele convertir en un presente ilusorio y poco atractivo, las virtudes que tanto me hacían vibrar se vuelven escandalosos detalles idiosincrásicos que me erizan los nervios. Y siempre es así. Pocas veces mi amor supera esa barrera. Debo ser una especie de amante a corto plazo. Últimamente la madurez me ha traído un poco más de persistencia y tolerancia, así que puedo alargar mis relaciones unos 2 meses más con la elegancia de quien está de vacaciones y no puede regresar a su trabajo porque ha perdido el vuelo. Suena horrible, lo sé. Pero no solo para ellos, para mi también. Tal vez más. Ellos no se cansan de tropezar siempre con la misma piedra. En cambio yo parezco ejemplificar en mi misma el dicho “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.” Porque no creáis que en cada nueva relación no pienso que realmente ese amor es verdadero, y casi siempre lo es, pero también pienso que es duradero, y aunque lo crea como la más fanática beata, resulta no serlo. Así que imaginaros que frustrante ha de ser estar en mi situación. Es como si estuviera continuamente viendo espejismos de oasis en un desierto. Corro hacia ellos, estoy a punto de tocarlos y pum! se desvanecen. Paso un pequeño (para que vamos a engañarnos) período de duelo y como el hombre vive de esperanza, al poco tiempo ahí estoy de nuevo: enamorada del amor.

sábado, 20 de diciembre de 2008

deseos


Yo recuerdo haber sido la niña que le gritaba Cabrón a su abuelo en el vídeo familiar. Tengo recuerdos de haber sido la niña que después de caerse 5 escalones llegaba al suelo y rechazaba la ayuda diciendo ya está, ya está. Recuerdo también abrirme la rodilla con el alquitrán en grano al huir de la pescadería con el canasto de mi madre en un acto heroico ¡Y ahora me siento tan lejos de todos esos recuerdos! Busco esa niña día tras día. A veces pienso que tal vez con espartanismo y ascetismo lo pueda conseguir, entonces dejo de fumar 15 días, no bebo y salgo poco. Atisbo algo de lucidez en esa sobriedad, pero siempre llega un momento en que acabo abandonándome de nuevo. No soporto estar en un único estado de consciencia. Me aburre. Pienso luego, que nunca podré tocar a esa niña de nuevo. Que nunca alcanzaré mis metas porque soy una perezosa, una alma sin voluntad. Y me odio con vehemencia. ¿Debe una luchar por algo que no le es natural? ¿No deberían ser nuestras metas iguales a nuestros deseos? Tenía mucha razón, quien hace un tiempo, me dijo que lo verdaderamente difícil es saber lo que deseamos realmente. Porque haceros la pregunta: ¿Qué es lo que deseáis? Sinceramente, es complicado responder a esta pregunta sin pasar por la barrera de “lo que escogisteis desear” y prometisteis conseguir, y que de no hacerlo, será alta traición al propio ego. Así que muchas veces más nos vale responder una mentira y seguir fingiendo que realmente deseamos lo que escogimos, hacer creer que somos firmes en nuestros propósitos para que nos tomen en serio y que estamos dotados de cierta clarividencia mental que nos conducirá irremisiblemente a la meta. Imaginaros ahora la meta. ¿De qué valdrá si no es realmente lo que deseamos? Me pregunto si nos conformaremos en haber logrado lo que aparentamos y si eso nos dejará tranquilos por el resto de nuestra existencia.

viernes, 21 de noviembre de 2008

el lobo estepario


Eres como un Lobo Estepario. Solo te juntas para procrear. – Casi no podemos mirarnos a los ojos, pero estoy segura que él me está clavando la mirada tanto como yo a él. De vez en cuando, las luces de Navidad de la vecina me permiten ver con más claridad, entonces trato de buscar algo en su rostro, algo que me haga comprender que es lo que él busca exactamente. ¿Ah sí? Sí, no te creo cuando dices que si tuvieras hijos nunca los dejarías al otro. Estoy seguro de que tú los abandonarías con más facilidad. Ciertamente no se anda con rodeos. Siempre le digo que es un kamikaze, y él lo reconoce. Trato de pensar en lo que me dice, de no buscar que es lo que quiere decir cuando me dice eso, que es lo que pretende él, qué efecto dramático busca en mí o aún peor, cómo se aprovecharía él de esa hipotética situación si jamás se convirtiera en realidad. Pienso, me concentro. Puede ser. Hay dos escenarios opuestos: y en los dos soy esclava. Inmediatamente se me resbalan dos lágrimas, no por lo que él me ha dicho, sino por lo que yo acabo de decir. En una profunda parte de mí sé que tengo toda la razón y me aterra. En mi mundo futuro la única forma de salir de la esclavitud es no tener hijos. No haberlos tenido nunca. Sé Este último pensamiento una Lili futura lo formulará en algún momento, y me odio por los pecados que aún no he cometido. Por eso lloro más y entonces él puede ver el sendero mojado que brilla con los colores de las luces de Navidad de la vecina. Le dejo el tiempo justo para que pueda verlo con claridad y luego le doy la espalda. Me abraza por detrás, ¿Estás llorando? - Sí. Perdón, no quería ofenderte ¿Me perdonas? – No me has ofendido. Y aunque sé que sí, que sí querías provocar en mi este llanto, que te lo concedo como un parte más de nuestra realidad trágica que tanto nos gusta, no me has ofendido. No eres tú, soy yo. Y aunque tal vez en realidad si quisieras ofenderme – yo no creo conocerte de siempre, pero te intuyo – no me ofendes. Me haces admirar el profundo pozo de petróleo que brilla en ti y que esconde esa basta inteligencia que no sé todavía hacia donde va.

domingo, 16 de noviembre de 2008

siesta de sábado

Estoy tumbada en su cama. Miro el techo escarapelado, la pared quemada por el lugar por donde aparece el cable y cuelga la bombilla desnuda. Los trozos de yeso penden tranquilamente sobre nuestras cabezas. “Algún día se nos caerán encima mientras dormimos” pienso. Y me acuerdo de que seguimos en la cama, dormimos. Me he despertado a mitad de siesta sin ser consciente. Me doy cuenta de que esta pequeña vigilia no durará mucho. El letargo de hoy nos tiene atrapados. Sigo observando. Dos toallas que cuelgan de la ventana, una de cada lado. A veces las usa de cortinas, cuando no quiere que entre el sol o que algún vecino nos vea. Ahora da igual, están colgando y puedo ver sus contornos deshilachados por el uso. Todo aquí está tremendamente usado.
La música sigue sonando. No sé que es. Música clásica. No molesta. Cerca de su nuca, al otro lado, la luz roja del contestador automático parpadea. Así está desde ayer. “No han dejado mensaje, colgaron” – pero la luz roja sigue parpadeando como si allí hubiera algún mensaje guardado, esperando. Desconfío y esa lucecita roja me lo recuerda. Infinidad de libros y películas nos rodean. Apenas hay espacio para meter los pies entre ellos y la cama. A pesar del uso y el desorden la cama es cómoda, muy cómoda. Tan cómoda que me permite dormir más de 12 horas sin sentirme culpable. Él sigue tumbado. Durmiendo. Dice que yo no podría observarlo mientras duerme. “¿Tú crees?” le contesto con tono desafiante. “Sí, tengo el sueño demasiado ligero. “ Pero se equivoca, como cuando me dice que no soy tan fuerte como me gustaría. Soy tan fuerte, que a veces me gustaría ser débil.

sábado, 25 de octubre de 2008

llueven mangos

Una pide mangos y le llueven mangos – me dice Alice por mail. Tal vez tenga toda la razón, pedimos cosas a manos llenas pensando que el destino es incorruptible y que nunca obtendremos lo que pedimos. Esa suposición de imposibilidad nos hace libres del miedo, no creemos que nos den lo que anhelamos, pero tampoco las consecuencias que esos deseos podrían traer. Y resulta que un día te levantas por la mañana y los mangos que habías encargado tres años atrás están bellísima y perfectamente empacados en la puerta de tu casa con una nota de entrega: Para Liliana. Los mangos.
Zas. Los mangos, caray. ¿Y ahora que hago yo con los mangos? Es un chiste del destino. ¿Qué pasará con los anhelos de la semana pasada? - me pregunto.
Resulta un hecho muy curioso de todo esto: descubrimos que hay sentimientos verdaderos dentro de nosotros. Ajá. ¿O no hemos pensado todos, después de cierto tiempo, que nuestros sentimientos hacia alguien habían sido una mera ilusión, un espejismo? Pues resulta que dentro de todos esos sentimientos que pasamos a la maleta de viaje, hay algunos que fueron ciertos, tan ciertos que cuesta creer que los podamos dominar. Parecen entes autónomos con derecho a existir. Y aunque pongamos muchas oposiciones, miedos, experiencia y lógica sobre ellos, estos florecen sin reparos, alimentados por esos mangos que creímos que nunca iban a aparecer. Tres años después esos sentimientos vuelven a aparecer como lo hicieron la primera vez, y entonces no me queda más que admitirlos y aceptarlos, comerse los mangos a manos llenas, como quería. ¿Qué resultará de todo esto? No lo puedo responder. No puedo saber. Tal vez esté en este instante pidiendo cosas que lleguen en unos años para cambiar mi vida de nuevo.

lunes, 20 de octubre de 2008

la fuerza centrífuga

El sábado por la mañana me desperté como muchas otras veces serpenteando. Tratando de buscar con mis nalgas un hueco en la cintura del otro. Una vez empiezo, y siempre que tengo ganas no puedo evitar empezar, no sé parar. Y así me encuentro en un espiral del que una no puede salir tan fácilmente. Estaba yo el sábado por la mañana, tumbada en la cama, con los ojos cerrados pero ya casi despierta, pensando en que debería parar lo que estoy empezando. Pero no puedo hacerlo, me cuesta resistirme, aunque me doy cuenta que la persona al otro lado no reacciona, lo cual, en estas circunstancias equivale a una rotunda negativa a mi propuesta de que seamos dos lagartijas. Es como si dejarme extinguir no fuera suficiente para detenerme. Podría sentirme mal por ello - pienso. Podría sentirme despreciada por hacer lo que estoy haciendo, prácticamente a solas. Pero ninguno de esos sentimientos me viene al corazón. Simplemente deseo, y eso, lo inunda todo. El deseo es egoísta. Me concentro en el placer que produce estar en contacto con una piel desnuda amable. Pero él se aparta. Definitivamente, no quiere. No quiere que encuentre el hueco donde acurrucarme a mi y a mis nalgas. No trato de pensar porque, ya sé porque, y no tiene nada que ver conmigo. Me gustaría poder pasar por encima de esos porques y pisotearlos hasta hacerlos añicos invisibles. Pero parece que no voy a poder. Cada héroe lleva su condena. La fuerza visible no es más que la victoria de los demonios internos de cada uno. Y él tiene derecho a tenerlos tanto como yo o cualquier otra persona. Así que para detenerme me verbalizo: por favor, levántate o no voy a poder dejar de serpentear. Y en el gesto de hacerlo, se cae al suelo. La persecución lo había llevado hacia el extremo de la cama y finalmente, había caído. Impagablemente ridículo – pienso. No él, sino la persecución a la que lo he sometido. Me tiraste de la cama – dice. De tu cama… - le contesto. Y ahora que le veo bien la cara puedo darme cuenta de que está sufriendo, y me siento mal. Me molesta convertirme en una presencia incómoda. Recojo mis cosas rápidamente mientras él se ducha – a mi no me ofrece ducharme – detalle, que aunque no hubiera aceptado, no se me escapa -. Sale tan rápidamente de la ducha que yo apenas me estoy poniendo los zapatos. El hombrecillo lucha contra el tiempo o contra el tiempo que aún le queda conmigo. En la puerta de su casa me despedí diciendo que iba a desayunar algo. No esperaba que me acompañara, ni debió haberlo hecho. La culpa mueve las manecillas del reloj del Conejo de Alicia. Entramos en el restaurante vacío y frío, nos dieron un expresso que no era expresso, y unos huevos a la cazuela que no eran a la cazuela, en sintonía con nuestra mañana que tampoco era mañana. Nos sentamos a comer incómodos, ahora yo también, uno al lado del otro, esperando que la comida nos llenara la boca para no tener que hablar. Y lo hizo durante un rato, aunque no lo suficiente para regalarnos un final feliz. Gracias por los cigarros que has dejado en mi casa - . Menudo comentario. ¿Ese es el resumen de la noche? ¿Gracias por los cigarros? - le contesté. No, bueno, también me lo he pasado muy bien. Me reí. No hace falta que lo digas así, pero tampoco que lo digas de la otra manera. Es que no tengo tanta paciencia. No sonó muy amable. Al cabo de unos minutos cogió la mitad de su bocadillo para llevar y se levantó con la excusa de que tenía mucho trabajo. Me dio un beso bastante largo, seguramente pensando que sería el último que me daría. Pero a las 9 de la noche de ese mismo día, rindiendo un homenaje al destino, ya me había llamado.

lunes, 29 de septiembre de 2008

salado pero dulce

Quería comer salado pero terminé comiéndome dos plátanos y un bowl de cereales. Cuando llegué a casa estaba tan nerviosa que no paraba de dar vueltas por el salón y la cocina. En algún momento mi cerebro debió centrifugarse y me confundí. Dos plátanos y un bowl de cereales, a pesar de que quería comer salado. Si pudiera suspiraría con profundidad y lloraría sobre el hombro de mi madre: ya estoy harta! – le diría. ¿De qué estás harta tú, que haces lo que quieres? – me contestaría. De no tener todo lo que quiero. ¿Todo? Bueno, la felicidad. Y dejaría que me acariciara el pelo mientras lloro a moco tendido. Pero el hombro de mi madre está cruzando el Atlántico y yo hace tiempo que no consigo llorar. Escribir esto debe ser una especie de sucedáneo. A veces pienso que la felicidad consiste en sacarle provecho a cada momento, no me refiero al Carpe diem sino a algo más duradero que el placer momentáneo. Que el provecho que saquemos a esos momentos sea para nuestra pequeña eternidad. El problema es que yo a veces me atraganto con la realidad, sobretodo cuando está sola.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

5 mandamientos

Si volviera 10 años atrás cambiaría muchas cosas, no por rectificar, sino por probar. Es decir, cometería el mismo error que en una existencia primeriza: el de ensayar con la primera y única oportunidad.
No fumaría, eso por supuesto. Trataría de olvidar el dulce recuerdo del humo y fingiría no saber que el olor de un hogar es menos acogedor si no se fuma. Me ahorraría así, las paranoias de cánceres malditos y el prematuro tinte amarillo de mis dientes.
No mentiría jamás. La construcción de mi pequeño ser se haría conforme a la asertividad y por exclusión de todo lo demás. Trataría de convertir mis sueños en realidad, no de transformar mi realidad a esos sueños, por muy horrible que fuera.
Pero no dejaría de imaginar. De navegar por mundos neuronales diferentes, de considerarme una extraterrestre o de sentarme en cualquier calle a dejar caer mi pensamiento sobre las personas que pasan por delante.
Amaría todavía más. Usaría lo aprendido para eliminar cualquier control racional sobre el amor, dejaría todo lo mío en cada relación. Ahora ya sé, que el amor es un recurso renovable y que la resurrección solo se da cuando hemos aprendido de la muerte.

martes, 26 de agosto de 2008

bolitas vibradoras

Después de todo lo que habían hecho esas simpáticas chicas por nosotros, resulta que la cosa iba a terminar así. ¿Quién lo iba a decir?
Una entra en un sex-shop esperando que las dependientas no se le acerquen ya sea por miedo a poner en riesgo su propia seguridad o por dar espacio a la intimidad de los compradores. Pero en ese sex-shop, el más atractivo y moderno de la ciudad, las dependientas, dos regordetas de unos 27 años y con una playera a juego del mismo sex-shop, se nos acercaron la mar de simpáticas para poner a nuestra disposición sus conocimientos acerca de los productos que vendían y, además ofrecían demostraciones de lo que quisiéramos. Esta última oferta me inquietó un poco ¿A qué se refería con demostraciones? No le quise preguntar por no parecer grosera o pervertida, una de dos.
Fuimos contemplando cada una de las paredes del local. Yo no pude más que observar los demás compradores: una pareja de rubios jovencitos, bueno de mi edad, que discutían sobre los dildos de uno de los escaparates, me sorprendió la seriedad y sobriedad de su discusión. Parecía que estuvieran haciendo la compra de la semana: ¿calabacines o calabaza, mi amor? Tenían un aire afrancesado, semi-intelectual. No parecían turistas, pero sin duda tampoco eran mexicanos. Iban bastante abrigados para el tiempo que hacía, y eso les hacía parecer aún más extraños dentro de ese local. Como si estuvieran ahí de mentira, solo para darle un aire más cosmopolita al sex-shop. Ellos nunca se fijaron en nosotros.
Más de reojo y con menos confianza, observé a un señor un poco más mayor que deambulaba sólo por la tienda. Se paseó un rato por las películas y las revistas porno, sin prestar atención a los millones de penes y artilugios llamativos y sobresalientes, y luego se metió cual reptil en el “cine” de la sala contigua de donde salían suspiros y gemido en estéreo, eso sí, a todo volumen.
Me pregunto si habría alguien más en esa sala oscura de donde salían los alaridos, y ¿Ponían el volumen tan fuerte para tapar los otros gemidos, los de la gente que veía la película?
Después de la salida del señor nos quedamos solos con las amables dependientes que charlaban detrás del grueso mostrador.
Me desagradó el darme cuenta que entre los aparatos y aparatitos, los artilugios y gadgets, casi todo eran penes: penes para atrás, para adelante, para los dos lados simultáneos, grandes, más grandes, extra-grandes, gigantes y unos chiquititos que creo que eran para cubrir los dedos. ¿Era eso una expresión más de los masculinizado que está el mundo? O simplemente era la verdad: las mujeres tenemos un agujero y por muy feministas o lesbianas que seamos, en los agujeros largos y estrechos solo entran palos. Pero entonces ¿Por qué no estaba el lugar lleno de coños? Si las mujeres necesitamos penes, los hombres inevitablemente necesitan vaginas, es la ley de la naturaleza (para casi todos). Podrían haber vaginas grandes, chiquitas, ergonómicas, de diferentes texturas, más grandes con cintura, más pequeñas portátiles. Pero no había en la tienda ni una sola vagina. A mi parecer esto demuestra el alcance del mercado de la prostitución femenina: ¿Para qué usar una vagina de plástico cuando puedes pagar muy barato por una de verdad? A veces pienso que si las mujeres tuviéramos la misma facilidad para el sexo todas las guerras de género se acabarían.
Aunque mi pareja propuso que nos lleváramos un pene largo y grande, no lo hicimos. La verdad no me apetecía nada semejante bate de béisbol, al menos no por el momento. Tampoco compramos lencería, era demasiado cliché para que nos excitara realmente. ¿Alguien quisiera ver a su novia vestida de mecánica sexy? o peor aún ¿vestida con la bandera gringa? Después de descartar varias opciones nos decidimos por las bolas vibradoras. Es una bola grande que vibra activada por un mando a distancia inalámbrico. Me atraía sobremanera la idea de llevar la bolita dentro y que él pudiera activarla cuando quisiera sin importar donde estuviéramos.
Las amables dependientas nos enseñaron el mecanismo de la bola (básicamente funciona bajo el precepto más simple: on/off) y luego nos recomendaron un lubricante anti-bacterial para un mejor uso.
La verdad, como me agradaban aquellas dos regordetas. Tan predispuestas, tan amables y tomándose su trabajo tan en serio. En la mayoría de tiendas de la ciudad te encuentras a dependientes desagradables que no tienen ganas de vender y que intentan echarte a patadas de su establecimiento, en cambio ellas, en el sex-shop brindando un servicio excelente que trataba de hacerte sentir cómodo y eliminar así la vergüenza inherente de cualquier católico entrando a un establecimiento semejante.
Pero claro, no tenían factura… cuando una de las regordetas le dijo a mi pareja que su factura tendría que esperar unos 15 días, él se quedó callado y después de mirar intensamente a la pobre regordeta, con acento sospechoso y acusador le dijo: ¿Por qué? A lo que ella, sin mucha seguridad, todo hay que decirlo, le respondió que tenían unos problemas en el sistema. El sistema, ese ente misterioso propio del Matrix. Se enfureció. Le apuntó amablemente el teléfono en el ticket de compra para que llamara antes de ir a buscar su factura, pero, desgraciadamente ella no sabía que su amabilidad esta vez no iba a ser suficiente, necesitaba ahora un poco de picardía para manejar la situación. Lo que pasa es que ustedes no quieren pagar impuestos. ¿Ustedes? La regordeta se hubiera librado de tal discusión si simplemente le hubiera dicho: “sí, el propietario es un asco” o “yo es que solo vendo…” , incluso si hubiera dicho alguna de estas dos cosas, yo hubiera salido en su defensa. Pero como trató de ponerse el escudo de su compañía, la cosa se complicó bastante enzarzándose en una discusión donde él siempre la miraba directo a los ojos acusadoramente y sin decir nada dejaba que ella se enredara en una serie de respuestas cada vez más incoherentes y que siempre terminaban dando con aquella ambigua palabra: el sistema.
Dispuesta a convertir ese patético espectáculo en una lección también para mi, no intervine. En realidad tenía toda la razón de enfadarse con los vendedores que no pagan impuestos, al fin y al cabo él si los paga y tiene que repartirlos con el resto de la población, incluidos, los que no pagan. Por eso aunque me sobrecoge cualquier acto de violencia, dejé que manifestara su enojo y me dediqué a ver con el corazón encogido como aquella regordeta iba haciéndose chiquita detrás del mostrador.
Mientras observaba esto la bola que tenía en la mano, y que había sacado para observar mejor, vibró. Me sorprendí. Yo tenía el mando a distancia en la bolsa donde acababa de dejar el envoltorio de la misma bola ¿Cómo había vibrado aquello? Iba a decírselo a él, pero entonces volvió a vibrar, pegué un brinquito con el susto. Levanté la mirada de la bola y recorrí mi alrededor con la vista. Al principio me pasó inadvertida, pero en un segundo recorrido la vi. Claramente, la otra dependienta regordeta me miraba desde un punto más alejado y un poco escondido por uno de los expositores de la tienda: tenía un mando a distancia igual que el nuestro en la mano y me sonreía abiertamente. Me quedé atónita y ella volvió a accionar el mando haciendo vibrar la bola que volvió a asustarme. No sabía qué hacer. No sabía si tomarme aquello como un juego divertido, una broma muy cínica, sobretodo teniendo en cuenta la discusión entre mi pareja y su compañera regordeta. No sabía si de alguna manera era aquello una insinuación o si ella era una psicópata y después de eso tenía previsto atacarme con uno de esos enormes penes que seguro habrían servido para knockear a alguien de un solo golpe. Instintivamente, me lo tomé como una mezcla de las primeras dos cosas: una broma algo extraña y una insinuación amable de su parte. Le sonreí. Volvió a accionar la bola, esta vez ya no me asusté y ella la apretó durante largo rato para que yo pudiera observarla y toquetearla un ratito.
Finalmente oí un no tienen ustedes madre, por supuesto que no voy a volver a por la factura. Era hora de irse. Me giré para seguirlo y me despedí de la otra dependienta como si nada hubiera sucedido entre ella y yo, yo era la buena de la pareja, y no es que lo pretendiera, pero es que él se empeñaba en hacerme quedar así cada vez que discute con alguien del sector servicios.
Me detuve unos segundos para despedirme de la otra dependienta. Su mirada parecía un poco más libidinosa que antes, y a decir verdad no me molestó, la osadía de esa chica la hacía muy atractiva a pesar de sus quilitos de más. A modo de despedida ella alzó la mano en la que tenía el mando a distancia y la movió mientras con la boca simulaba un “adiós” mudo.
Salimos de la tienda y ya en la calle, me puse a reír de puro nerviosismo y cuando él me miró le dije: ay que ver que grosero eres.

lunes, 11 de agosto de 2008

!Qué confuso es esto del amor!

Estoy confundida. Me confundo en esto del amor. A ratos me siento como en una ópera pop interminable y a ratos como en una canción de Chavela Vargas, desgarrada. Y es que todo tenía pinta de ser muy fácil, pero al menos para mí, no lo es. Pienso en el motivo real de nuestra existencia: la procreación, y me digo a mi misma, que no puede ser que la evolución de la razón humana haya entorpecido tanto este motor primigenio. Hemos venido a este mundo a unirnos con otros y procrear, sencillamente, lo llevamos tan dentro de nosotros que incluso en las peores circunstancias el ser humano sigue procreando hasta rebasar los límites de la salud mundial. Pero claro, el amor es otra cosa. Eso dicen, pero también hay parejas de primates y de aves que se unen para toda la vida, y que al morir el “cónyuge”, mueren ellos también. A estos normalmente no se les considera cuando hablamos de amor. Otra teoría dice que el amor es un invento relativamente moderno, que hasta la Edad Media, no se hablaba de éste como tal. Pero entonces yo me pregunto: ¿Quién lo fue a inventar? Suena raro que de pronto alguien diera con la “teoría amatoria” o que simplemente por sublimar la belleza humana en las canciones se haya creado el amor y que ahora este amor se haya convertido en el motor del mundo, como una especie de disfraz para el otro motor, el original y primigenio que es la procreación. Sea cierto o no, yo también soy un invento moderno y soy fruto de muchas generaciones que ya contaban entre ellas con este intruso. ¿No podía haber inventado también un manual el que se lo fue a inventar? Supongo que no se imaginaba cuanto nos iba a complicar la vida su invento. Hemos pasado por el amor de los trovadores, por el de los renacentistas y los románticos, para nosotros este amor ya no es cualquier cosa, sino algo tan importante que dirige y convulsiona nuestras vidas. Ahora nos enamoramos y rompemos, somos co-dependientes y obsesivos, encontramos cada 3 años el amor de nuestra vida. Y pero aún; buscamos irremediablemente nuestra media naranja (ese si que fue un mal invento). Así que hay varias almas perdidas por este mundo que vagan en mitad de tanto amor, como yo. Cada vez que empezamos una relación no podemos evitar preguntarnos cosas a futuro, valorar al otro, examinar detenidamente sus cualidades y compararlas con las de quienes nos rodean. No podemos dejar de preguntarnos si estamos enamorados, si es todo una ilusión pasajera o si nos estamos comprometiendo demasiado pronto. Y nos confundimos. Nos confundimos tanto todo el tiempo, que lo arruinamos todo una y otra vez. Pero no acaba ahí la cosa, lo peor de todo es que incluso cuando estamos seguros por completo que sí, que estamos enamorados y ansiamos esa persona amada, no sabemos cómo comportarnos. Dudamos, tememos, no nos damos o nos damos sin límites, y acabamos confundiendo a la otra persona. Podríamos decir, que estamos incapacitados para esto del amor. Que no para amar y esa es la gran tragedia.

lunes, 4 de agosto de 2008

nada como la primera vez

Al separarme de su boca lo primero que dije fue: casi me ahogo. Era mi primer beso y ese comentario era tan verdadero como inocente. Él me había encajado en su boca a mitad de conversación, y a pesar que yo había seguido con entusiasmo, no había sabido como hacerlo y creí que era como estar debajo del agua, mientras estás ahí no puedes respirar y dependes del aire acumulado en tus pulmones. Por eso casi me ahogo de verdad y a él no lo conocía. Fue esa tarde en la piscina del pueblo cuando lo vi por primera vez. Venía con una pandilla de chicos mayores que nosotras mirábamos en secreto, atraídas por su edad, por su actitud de hombres de mundo que debían saberlo todo. Yo llevaba mi controvertido bañador estilo años 50. Con rayas azules y blancas en la parte de arriba y azul en la parte de abajo terminando en pantalón. Ciertamente tenía 14 años y la elección del bañador no fue muy acogida entre mis compañeras, pero como yo misma nunca lo fui no esperaba otra cosa. Así que ese bañador merecía ser más mío que nada más. Estirada sobre la toalla boca abajo, esperaba secarme con los pálidos rayos de sol de la tarde que ya estaba por despedirse. Por supuesto que lo vi. Era extraordinariamente guapo. Rubio de media melena, alto, delgado y desgarbado. Todas lo comentaron. Yo preferí no hacerlo, me hubiera sentido ridícula ¿Para qué exponer mis emociones si jamás podría aspirar a plasmarlas?
Aquella noche estábamos decididas a ir a la fiesta del pueblo. A decir verdad no había nada más que hacer en ese pueblo y estar decididas a eso solo significaba cumplir un paso más en la escalera que te lleva a ser un miembro de la reducida comunidad donde vivíamos. Para nosotras era un acto de madurez, de libertad. Pero en realidad no sabíamos que nada tenía que ver con eso, sino todo lo contrario, significaba sumergirse de lleno en el camino que ya estaba dispuesto para muchas de nosotras. Así que con esa ansias adolescentes nos pusimos nuestros mejores tejanos y salimos a buscar la noche, esa que según explicaban todos los cuentos, traía consigo los misterios del carácter de la humanidad. Y podía ser cierto, para mí, lo fue. Pasamos horas sentadas en los bancos cerca del escenario donde el grupo cantaba canciones clásicas acompañadas de algún éxito del verano. En realidad no recuerdo qué hacíamos o de qué hablábamos, pero las horas se iban con una rapidez que nunca he vuelto a experimentar. A la salida del baño, ahí estaba él. Acompañado de los demás chicos mayores formaban un cordón alrededor de la barra del bar. Iba a pasar tratando de no cruzarme con ellos o de no ser vista, pero él ya me había visto, ya me estaba mirando y se acercaba a mi con una decisión que me hacía temblar las piernas y el pensamiento. Para disimular o por el nerviosismo caminé unos metros más hacia mi destino, el banco de chicas de catorce años en una esquina de la plaza de 50m cuadrados, pero era evidente que si yo caminaba y él caminaba íbamos a encontrarnos inevitablemente en algún punto del corto camino que nos separaba. No recuerdo exactamente cuáles fueron sus primeras palabras, recuerdo que entre ellas me ofreció un trago de la cerveza que él llevaba en la mano. “No me gusta la cerveza” respondí. Tampoco recuerdo cómo ni cuando me preguntó por un lugar un poco más aislado. En una plaza tan pequeña como aquella, no había ninguna intimidad y cualquier gesto o alabanza era inmediatamente captado por el resto de los concurrentes, algo parecido a estar viviendo en una comuna hippie pero católica. Supongo que se asustó de esa exhibición o tal vez simplemente quería ir tan rápido como parecía. Lo que me sigue llamando la atención fue mi propia osadía; “sí, aquí atrás si saltamos esa pequeña valla hay un lugar escondido”. ¿Qué tal? Eso respondí, a mis tiernos catorce sin saber más del sexo o del amor que lo que enseñan en los libros o en las películas me dí con tremenda facilidad. Así que fuimos al pequeño patio trasero de la guardería que albergaba La Casa del Pueblo, el edificio que preside aún hoy día uno de los flancos de la pequeña plaza. Imagino ahora, que no entonces, lo que pensarían mis compañeras. Solo hasta después pude darme cuenta que tan mal valoradas son las acciones en solitario por parte de una chica de catorce años que se va al patrio trasero de una guardería, cerrada y a oscuras y acompañada del guapo del lugar.
En ese pequeño e íntimo rincón, Pep, que así se llamaba, tomaba fácilmente las riendas de la situación. O eso creía yo, porque me hacía preguntas que nunca antes un chico me había hecho y a las que respondí cuando eran comprometedoras con mentiras, la más destacada y estúpida de todas las respuestas se dio en esta conversación: “¿has tenido novios? Sí claro – respondo yo creyendo que la cosa no iba a traer cola. ¿cuántos? - ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Me estaba preparando para una noche de sexo salvaje e iniciático, una especie de ritual orgiástico? ¿Por qué me hacía esa pregunta? ¿Quería saber si tenía experiencia? ¿En qué? ¿Para qué? Varios, como unos 5. Sí lo sé, fue una tremenda estupidez responder eso, pero creí que podía pensar que los novios a mi edad eran algo fútil y poco trascendental a nivel mental, emocional y físico. Así que en realidad responder dos o cinco no tenía relevancia. Se rió de mí, lo cual me enfureció, me hizo sentir ridícula, estaba dispuesta a irme, encaminaba nuestra conversación hacia un fin previsible, cuando de repente ocurrió, chas! El beso. Y casi me ahogo, de verdad. Fue una de las cosas más emocionantes que viví en mi vida por ser el primero, como supongo que a todos nos ocurre, ni el gusto a cerveza en su boca o la sorpresa o el ímpetu consiguen arruinar un momento así, y ya no vuelve jamás. La adrenalina recorriendo las venas a alta velocidad hasta hacer estallar los capilares, la respiración desacompasada por unas contracciones cardíacas anormales. Fue un momento tan intenso que se parece a las mejores drogas; al recordarlas una puede experimentar de nuevo por unos segundos la sensación que producen.
No fue el único, fue el primero. Aprendí a no ahogarme, a abrir bien la boca sabiendo que iba a recibirlo, luego aprendí a jugar con las lenguas, a hacer turnos de maniobras, a jugar con los labios, a usar los dientes. Fue una noche larga. Llegué tarde a mi casa y mientras bajaba por la única calle del pueblo, no me importaba pensar que mi padre estaría despierto, como siempre amenazaba, si llegábamos tarde, no me importaban los comentarios envidiosos de mis amigas que resulta que esa noche se habían convertido en unas puritanas católicas mientras yo me besaba en la parte trasera de una guardería cerrada y oscura.

jueves, 31 de julio de 2008

todos los taxis se me pasan

Estábamos entre los coches aparcados y los coches que iban y venían. Esperando un taxi, junto a un semáforo que cambiaba sucesivamente del rojo al verde y viceversa. Tal vez por ser un lugar tan breve lo escogí para explicarle la condena. Pareciera una cosa terrible para él, pero como decirle que tan inconsolable era para mí también. Una no escoge llevar consigo una carga tan pesada y con tanta autonomía. No pensar en ella no supone no padecerla, porque siempre aparece de nuevo para confundirlo todo y convertir la realidad en el vapor de una carretera caliente. Y entonces, cómo arde el pavimento…
Mi condena es la de estar siempre inconforme con lo tengo. La de estar siempre buscando algo, que imagino como ideal, pero que por ser tal no existe. A veces creo que es un complejo de superioridad, es como si el presente no fuera nunca suficiente para mi. Como si yo mereciera algo más, que paradójicamente no encuentro y que me arrastra a la deriva de la duda y la inconformidad y me pierde. Como soy alguien tan aparentemente racional, trato de buscar la explicación lógica a todo esto y siempre llego a la misma conclusión, con la que para variar, tampoco estoy conforme. La conclusión es: disfruta del presente, deja de juzgarlo y evaluarlo como si las cosas se pudieran poner en una balanza. Y es que yo hago listas. Y cuando empiezo una lista sobre alguien, sé de antemano que todo está perdido. Podríamos pensar que cada lista es distinta, pero en realidad no es así, las listas revelan que las personas con las que nos relacionamos tienen mucho en común, sobretodo en la parte de “buena” de la lista. Casi todos cumplen con los requisitos (oh dios que trivial soy!) “buenos” de la lista, son todos simpáticos, amables, casi todos son buenas personas (desgraciadamente algunas cosas las descubro tarde), inteligencia no falta y otra serie de características, que no por no nombrar son menos importantes, como por ejemplo: el sentido del humor. La cosa varia más en la parte “mala” de la lista. Hay ahí una serie de características aterradoras que siempre hacen pensar que cualquier cosa que esté en la parte “buena” ya no vale la pena. A veces me he encontrado que la parte “buena” de la lista refleja alguien casi perfecto y que la parte “mala” seria simplemente, como la vida misma, soportable. ¿Entonces, qué me lleva de nuevo a esta inconformidad? Seguramente un eficaz remedio para mi complejo de superioridad seria ver mi propia lista, cosa que yo estoy impedida para hacer, ya que la vida no nos otorga tanta clarividencia. Ejercicio que si a algún conocido se le ocurre elaborar, por favor, abstenerse de colgarlo en el blog, clemencia.
Una vez hice esta pregunta: ¿Te hubieras quedado con alguna de las anteriores? Y para mi sorpresa la respuesta fue sí. Y todo se derrumbó. Yo siempre había creído que esto de cambiar de pareja era parte de una evolución natural hacia una mejor relación y alguien más “ideal”. Consideraba que cada nueva pareja era un paso hacia delante en mi vida, en mi búsqueda de algo “mejor”. Pero estoy casi segura que estoy muy equivocada, en realidad, la cuestión evolutiva no tiene nada que ver. Es más bien una cuestión de conformidad con la realidad. De apreciar, de querer las cosas buenas del otro y hacer ver que las malas no existen, y si molestan mucho, encontrar la manera de soportarlas, como encuentra uno la manera de no dormirse en la oficina después de la comida. Pero yo estoy condenada, ¿o no?

miércoles, 23 de julio de 2008

EPISODIO 1: Las chicas de nuestra generación

Las chicas de nuestra generación no aguantamos nada. Esta es la frase que define el problema de nuestra no-relación con el género masculino. Hay tantas cosas que contar sobre esto que no sé ni por donde empezar. Ay… ¡me abrumo! Podríamos empezar por ejemplo por el intento que hacen los hombres, también de nuestra generación, por equipararse a la supuesta igualdad de géneros. No le quito mérito al esfuerzo que ellos hacen por entender y dar también, con esa igualdad. El problema es que a veces van tan mal encaminados que yo diría que necesitan una clase optativa de “orientación de género” en los institutos. Voy a poner como ejemplo dos frases que dejan claro a lo que me estoy refiriendo. La primera es de un chico joven, de familia con muchos recursos, entre ellos el de proporcionarle una educación en los mejores lugares nacionales y del extranjero, y que espero no tenga la dirección de mi blog y que si la tiene, espero entienda que esto en un episodio antropológico y no personal. Estábamos hablando de la cada vez mayor presencia de mujeres en el ámbito del cine y la publicidad, de crews con mujeres a la cabeza. Dicho chico, mencionó lo positivo que le parecía ese dato, y como broma, no dudo que bien intencionada, pero muy poco reflexionada dijo: “Claro, ahora el único problema es que hay millones de fotos de crew.” Y con un falsete más femenino añade: “¿En cuál estoy mejor? Aquí no he quedado bien…” Coronada la frase, por si aún hacia falta coronarla; con una risa por la tremenda gracia que le producía su propio comentario. Mi reflexión sobre esta primera frase es: ¿cómo puede uno valorar como positivo el dato de que las mujeres cada vez estén más presentes en un crew profesional, si sigue pensando en ellas como personas dedicadas o preocupadas exclusivamente por su belleza, o para ser sinceros, preocupadas por su presencia exterior como forma de atraer al hombre? Yo diría que más bien nuestro chico hizo un comentario “políticamente correcto” sobre el dato y luego le salió su verdadero yo troglodita. O, mi otra explicación es que claro, los hombres solo se hacen la foto de crew obligados, ellos si no fuera porque se necesita para efectos prácticos y de prensa, ni se la harían. No aprovechan esa oportunidad para mirar a su ego o su presencia, ellos no hacen eso, vaya, cualquiera diría que en realidad se pasan el día completo haciéndolo: qué grande es mi coche, como me la puse anoche, qué grande es mi polla, ah no… que eso no lo dicen abiertamente. En cambio las mujeres aprovechamos cualquier oportunidad como espejo, y ahora con las cámaras digitales y nuestra entrada al mundo profesional del cine, los fotógrafos de foto fija van vuelto locos.
Otra frase, referente al mismo esfuerzo por entender y ayudar a la igualdad de género, la dijo alguien que sí tiene mi blog y que espero que se ría de todo este sarcasmo con algunas verdades. La frase en cuestión es: “¿Dijimos qué iba a ser sincero, no?” Claro, la sinceridad es algo fundamental en una relación. Sobretodo considerando que la exposición de esa sinceridad consistía en un paso adelante en la igualdad de género. Me explico,: el sujeto en sus anteriores relaciones, no había sido sincero porque creía que al decirle a la mujer ciertas cosas, ella se iba a ofender por naturaleza de género, ahora, siendo realmente sincero, iba a considerar a la mujer por un igual y a decirle las cosas con sinceridad. Un aplauso para esta proposición tan digna. La cuestión es; ¿Desde cuándo la cualidad de sinceridad ha sido usada como justificante de lo que se dice? Es decir, si me haces un comentario sincero como: “me gusta tu amiga porque tiene las tetas más grandes que tú” , es probable que yo me enfade por el comentario y que la respuesta: “Dijimos que iba a ser sincero” No sea una excusa para el comentario en sí. ¿Estamos de acuerdo? Entonces nos podremos dar cuenta del mal uso de la propuesta de sinceridad en pro de la igualdad de género. No es sinceridad por igualdad, en realidad es sinceridad como excusa para defenderme ante eventuales respuestas conflictivas a causa de mis comentarios machistas o de otro tipo…
Seguro que muchas personas piensan que este tipo de cosas son una nimiedad, y que, en efecto, las chicas de mi generación, no aguantamos nada, o lo que es peor, y que alguna vez me han llegado a decir: entonces tú lo que quieres es no es hombre (¿qué troglodita unió machismo a hombre¿). Pero este tipo de estructuras de pensamiento, diferencian a una relación de otra, y yo no tengo porque someterme al machismo inherente de nadie, aunque se lo haya inculcado su padre!

martes, 15 de julio de 2008

CHANCLAS ROJAS

Recuerdo muchas cosas de mi infancia. Algunas tienen historia, otras son simples recuerdos específicos. Tan simples como un gesto, o varios, un sonido o un panorama sonoro. Por ejemplo, recuerdo mis zapatillas rojas de estar por casa. Una especie de chanclas acolchonadas por arriba, pero de plástico por la suela. Se sujetaban a mis dedos por una única banda ancha. Al principio, me costó trabajo dominarlas, se me escapaban. Tal vez por eso después se convirtieron en mis favoritas, porque sentía que entre yo y ellas habíamos construido un vínculo, un comportamiento que, ya dominado, nos convertía en un equipo indestructible, algo así como los zapatitos de Dorothy en el Mago de Oz. Así que nuestro vínculo indestructible se empezó a plasmar en un gesto y un sonido. Caminaba por mi casa repiqueteando las chanclas en el suelo de baldosas: clas, clas, clas. Todo el día: clas, clas, clas clas. Variaba la tonadilla de vez en cuando, hacia mis propios arabescos sonoros o mis peculiares danzas exóticas. Zapateaba con las chanclas de estar por casa. Al poco tiempo mis padres empezaron a odiarlas. No los culpo, si yo no hubiera estado fascinada y no hubiera sido la poseedora del absoluto control de ese comportamiento, también las habría odiado. Pero a pesar de sus continuas quejas, yo no podía dejar de hacerlo:

“!Liliana! ¡Por el amor de Dios, deja de hacer eso!” Gritaba mi madre desde la cocina.
“¿El qué?” Le respondía yo. Y es que siempre he sido muy respondona.
Hay un vídeo de mi infancia donde salgo con las chanclas. Mi control sobre el zapateo con esas chanclas y el exhaustivo uso que de ellas hacía, me llevaron a convertirlas en parte de mi lenguaje con los demás. En ese vídeo aparezco yo en casa de mis abuelos, llevo las chanclas, toda la familia está reunida en la cocina. Están pendientes de mi abuelo y de mí. Mi abuelo me regaña, no consigo recordar lo que me dice. Mi padre me mira, espera una respuesta a los reclamos de mi abuelo; y yo, que los miro a los dos, intentando comprender el porque de la gravedad, me giro y espetó unos repiqueteos tremendos mientras salgo de la cocina dándoles la espalda. Incombustible.

domingo, 13 de julio de 2008

EL GATO PINTADO

Cada vez que tengo la oportunidad de llevarme a alguien a casa pasa lo mismo: tu cuadro. Pienso en tu cuadro colgado sobre la cabecera de la cama y todo se detiene. Ya no puedo. No puedo llevarme a nadie conmigo y me voy.
Podría quitar tu cuadro de ahí pero me resisto a hacerlo. Es el recuerdo más palpable que me queda de nuestra relación y quitarlo sería negarme algo importante. No es que quiera frenar el futuro y usarlo como escudo protector ante los próximos hombres que me encuentre. Es más bien, la sensación que mientras no pueda ver a ese cuadro sin nostalgia, no habré superado nuestra pérdida. Y mientras no la supere nadie merece estar conmigo y llevarse parte de este naufragio. Por eso sigue ahí. He quitado todos los demás; todos los que hiciste antes de conocerme y que inundaban mi casa con tu presencia, sobretodo con esa parte de presencia tuya que yo odiaba tanto. En cambio, ese merece estar donde está, aplastándome la cabeza cada noche, llevándose cada día una de mis primeras miradas al exterior. Tal y como tú hacías. Debo olvidarte, pero no a fuerza de esconder tus recuerdos, sino de superarte. El desastre que hemos sido ha hecho una profunda herida en mi corazón que aún parece lejos de sanarse, pero que de todas maneras, tendrá que sanar. Es por eso que me limito a dejar salir las cosas de mi cabeza y de mi cuerpo sin huir del dolor que eso supone. Porque dejarte salir de mí, me sigue provocando un dolor insoportable.