lunes, 29 de septiembre de 2008
salado pero dulce
Quería comer salado pero terminé comiéndome dos plátanos y un bowl de cereales. Cuando llegué a casa estaba tan nerviosa que no paraba de dar vueltas por el salón y la cocina. En algún momento mi cerebro debió centrifugarse y me confundí. Dos plátanos y un bowl de cereales, a pesar de que quería comer salado. Si pudiera suspiraría con profundidad y lloraría sobre el hombro de mi madre: ya estoy harta! – le diría. ¿De qué estás harta tú, que haces lo que quieres? – me contestaría. De no tener todo lo que quiero. ¿Todo? Bueno, la felicidad. Y dejaría que me acariciara el pelo mientras lloro a moco tendido. Pero el hombro de mi madre está cruzando el Atlántico y yo hace tiempo que no consigo llorar. Escribir esto debe ser una especie de sucedáneo. A veces pienso que la felicidad consiste en sacarle provecho a cada momento, no me refiero al Carpe diem sino a algo más duradero que el placer momentáneo. Que el provecho que saquemos a esos momentos sea para nuestra pequeña eternidad. El problema es que yo a veces me atraganto con la realidad, sobretodo cuando está sola.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
5 mandamientos
Si volviera 10 años atrás cambiaría muchas cosas, no por rectificar, sino por probar. Es decir, cometería el mismo error que en una existencia primeriza: el de ensayar con la primera y única oportunidad.
No fumaría, eso por supuesto. Trataría de olvidar el dulce recuerdo del humo y fingiría no saber que el olor de un hogar es menos acogedor si no se fuma. Me ahorraría así, las paranoias de cánceres malditos y el prematuro tinte amarillo de mis dientes.
No mentiría jamás. La construcción de mi pequeño ser se haría conforme a la asertividad y por exclusión de todo lo demás. Trataría de convertir mis sueños en realidad, no de transformar mi realidad a esos sueños, por muy horrible que fuera.
Pero no dejaría de imaginar. De navegar por mundos neuronales diferentes, de considerarme una extraterrestre o de sentarme en cualquier calle a dejar caer mi pensamiento sobre las personas que pasan por delante.
Amaría todavía más. Usaría lo aprendido para eliminar cualquier control racional sobre el amor, dejaría todo lo mío en cada relación. Ahora ya sé, que el amor es un recurso renovable y que la resurrección solo se da cuando hemos aprendido de la muerte.
No fumaría, eso por supuesto. Trataría de olvidar el dulce recuerdo del humo y fingiría no saber que el olor de un hogar es menos acogedor si no se fuma. Me ahorraría así, las paranoias de cánceres malditos y el prematuro tinte amarillo de mis dientes.
No mentiría jamás. La construcción de mi pequeño ser se haría conforme a la asertividad y por exclusión de todo lo demás. Trataría de convertir mis sueños en realidad, no de transformar mi realidad a esos sueños, por muy horrible que fuera.
Pero no dejaría de imaginar. De navegar por mundos neuronales diferentes, de considerarme una extraterrestre o de sentarme en cualquier calle a dejar caer mi pensamiento sobre las personas que pasan por delante.
Amaría todavía más. Usaría lo aprendido para eliminar cualquier control racional sobre el amor, dejaría todo lo mío en cada relación. Ahora ya sé, que el amor es un recurso renovable y que la resurrección solo se da cuando hemos aprendido de la muerte.
martes, 26 de agosto de 2008
bolitas vibradoras
Después de todo lo que habían hecho esas simpáticas chicas por nosotros, resulta que la cosa iba a terminar así. ¿Quién lo iba a decir?
Una entra en un sex-shop esperando que las dependientas no se le acerquen ya sea por miedo a poner en riesgo su propia seguridad o por dar espacio a la intimidad de los compradores. Pero en ese sex-shop, el más atractivo y moderno de la ciudad, las dependientas, dos regordetas de unos 27 años y con una playera a juego del mismo sex-shop, se nos acercaron la mar de simpáticas para poner a nuestra disposición sus conocimientos acerca de los productos que vendían y, además ofrecían demostraciones de lo que quisiéramos. Esta última oferta me inquietó un poco ¿A qué se refería con demostraciones? No le quise preguntar por no parecer grosera o pervertida, una de dos.
Fuimos contemplando cada una de las paredes del local. Yo no pude más que observar los demás compradores: una pareja de rubios jovencitos, bueno de mi edad, que discutían sobre los dildos de uno de los escaparates, me sorprendió la seriedad y sobriedad de su discusión. Parecía que estuvieran haciendo la compra de la semana: ¿calabacines o calabaza, mi amor? Tenían un aire afrancesado, semi-intelectual. No parecían turistas, pero sin duda tampoco eran mexicanos. Iban bastante abrigados para el tiempo que hacía, y eso les hacía parecer aún más extraños dentro de ese local. Como si estuvieran ahí de mentira, solo para darle un aire más cosmopolita al sex-shop. Ellos nunca se fijaron en nosotros.
Más de reojo y con menos confianza, observé a un señor un poco más mayor que deambulaba sólo por la tienda. Se paseó un rato por las películas y las revistas porno, sin prestar atención a los millones de penes y artilugios llamativos y sobresalientes, y luego se metió cual reptil en el “cine” de la sala contigua de donde salían suspiros y gemido en estéreo, eso sí, a todo volumen.
Me pregunto si habría alguien más en esa sala oscura de donde salían los alaridos, y ¿Ponían el volumen tan fuerte para tapar los otros gemidos, los de la gente que veía la película?
Después de la salida del señor nos quedamos solos con las amables dependientes que charlaban detrás del grueso mostrador.
Me desagradó el darme cuenta que entre los aparatos y aparatitos, los artilugios y gadgets, casi todo eran penes: penes para atrás, para adelante, para los dos lados simultáneos, grandes, más grandes, extra-grandes, gigantes y unos chiquititos que creo que eran para cubrir los dedos. ¿Era eso una expresión más de los masculinizado que está el mundo? O simplemente era la verdad: las mujeres tenemos un agujero y por muy feministas o lesbianas que seamos, en los agujeros largos y estrechos solo entran palos. Pero entonces ¿Por qué no estaba el lugar lleno de coños? Si las mujeres necesitamos penes, los hombres inevitablemente necesitan vaginas, es la ley de la naturaleza (para casi todos). Podrían haber vaginas grandes, chiquitas, ergonómicas, de diferentes texturas, más grandes con cintura, más pequeñas portátiles. Pero no había en la tienda ni una sola vagina. A mi parecer esto demuestra el alcance del mercado de la prostitución femenina: ¿Para qué usar una vagina de plástico cuando puedes pagar muy barato por una de verdad? A veces pienso que si las mujeres tuviéramos la misma facilidad para el sexo todas las guerras de género se acabarían.
Aunque mi pareja propuso que nos lleváramos un pene largo y grande, no lo hicimos. La verdad no me apetecía nada semejante bate de béisbol, al menos no por el momento. Tampoco compramos lencería, era demasiado cliché para que nos excitara realmente. ¿Alguien quisiera ver a su novia vestida de mecánica sexy? o peor aún ¿vestida con la bandera gringa? Después de descartar varias opciones nos decidimos por las bolas vibradoras. Es una bola grande que vibra activada por un mando a distancia inalámbrico. Me atraía sobremanera la idea de llevar la bolita dentro y que él pudiera activarla cuando quisiera sin importar donde estuviéramos.
Las amables dependientas nos enseñaron el mecanismo de la bola (básicamente funciona bajo el precepto más simple: on/off) y luego nos recomendaron un lubricante anti-bacterial para un mejor uso.
La verdad, como me agradaban aquellas dos regordetas. Tan predispuestas, tan amables y tomándose su trabajo tan en serio. En la mayoría de tiendas de la ciudad te encuentras a dependientes desagradables que no tienen ganas de vender y que intentan echarte a patadas de su establecimiento, en cambio ellas, en el sex-shop brindando un servicio excelente que trataba de hacerte sentir cómodo y eliminar así la vergüenza inherente de cualquier católico entrando a un establecimiento semejante.
Pero claro, no tenían factura… cuando una de las regordetas le dijo a mi pareja que su factura tendría que esperar unos 15 días, él se quedó callado y después de mirar intensamente a la pobre regordeta, con acento sospechoso y acusador le dijo: ¿Por qué? A lo que ella, sin mucha seguridad, todo hay que decirlo, le respondió que tenían unos problemas en el sistema. El sistema, ese ente misterioso propio del Matrix. Se enfureció. Le apuntó amablemente el teléfono en el ticket de compra para que llamara antes de ir a buscar su factura, pero, desgraciadamente ella no sabía que su amabilidad esta vez no iba a ser suficiente, necesitaba ahora un poco de picardía para manejar la situación. Lo que pasa es que ustedes no quieren pagar impuestos. ¿Ustedes? La regordeta se hubiera librado de tal discusión si simplemente le hubiera dicho: “sí, el propietario es un asco” o “yo es que solo vendo…” , incluso si hubiera dicho alguna de estas dos cosas, yo hubiera salido en su defensa. Pero como trató de ponerse el escudo de su compañía, la cosa se complicó bastante enzarzándose en una discusión donde él siempre la miraba directo a los ojos acusadoramente y sin decir nada dejaba que ella se enredara en una serie de respuestas cada vez más incoherentes y que siempre terminaban dando con aquella ambigua palabra: el sistema.
Dispuesta a convertir ese patético espectáculo en una lección también para mi, no intervine. En realidad tenía toda la razón de enfadarse con los vendedores que no pagan impuestos, al fin y al cabo él si los paga y tiene que repartirlos con el resto de la población, incluidos, los que no pagan. Por eso aunque me sobrecoge cualquier acto de violencia, dejé que manifestara su enojo y me dediqué a ver con el corazón encogido como aquella regordeta iba haciéndose chiquita detrás del mostrador.
Mientras observaba esto la bola que tenía en la mano, y que había sacado para observar mejor, vibró. Me sorprendí. Yo tenía el mando a distancia en la bolsa donde acababa de dejar el envoltorio de la misma bola ¿Cómo había vibrado aquello? Iba a decírselo a él, pero entonces volvió a vibrar, pegué un brinquito con el susto. Levanté la mirada de la bola y recorrí mi alrededor con la vista. Al principio me pasó inadvertida, pero en un segundo recorrido la vi. Claramente, la otra dependienta regordeta me miraba desde un punto más alejado y un poco escondido por uno de los expositores de la tienda: tenía un mando a distancia igual que el nuestro en la mano y me sonreía abiertamente. Me quedé atónita y ella volvió a accionar el mando haciendo vibrar la bola que volvió a asustarme. No sabía qué hacer. No sabía si tomarme aquello como un juego divertido, una broma muy cínica, sobretodo teniendo en cuenta la discusión entre mi pareja y su compañera regordeta. No sabía si de alguna manera era aquello una insinuación o si ella era una psicópata y después de eso tenía previsto atacarme con uno de esos enormes penes que seguro habrían servido para knockear a alguien de un solo golpe. Instintivamente, me lo tomé como una mezcla de las primeras dos cosas: una broma algo extraña y una insinuación amable de su parte. Le sonreí. Volvió a accionar la bola, esta vez ya no me asusté y ella la apretó durante largo rato para que yo pudiera observarla y toquetearla un ratito.
Finalmente oí un no tienen ustedes madre, por supuesto que no voy a volver a por la factura. Era hora de irse. Me giré para seguirlo y me despedí de la otra dependienta como si nada hubiera sucedido entre ella y yo, yo era la buena de la pareja, y no es que lo pretendiera, pero es que él se empeñaba en hacerme quedar así cada vez que discute con alguien del sector servicios.
Me detuve unos segundos para despedirme de la otra dependienta. Su mirada parecía un poco más libidinosa que antes, y a decir verdad no me molestó, la osadía de esa chica la hacía muy atractiva a pesar de sus quilitos de más. A modo de despedida ella alzó la mano en la que tenía el mando a distancia y la movió mientras con la boca simulaba un “adiós” mudo.
Salimos de la tienda y ya en la calle, me puse a reír de puro nerviosismo y cuando él me miró le dije: ay que ver que grosero eres.
Una entra en un sex-shop esperando que las dependientas no se le acerquen ya sea por miedo a poner en riesgo su propia seguridad o por dar espacio a la intimidad de los compradores. Pero en ese sex-shop, el más atractivo y moderno de la ciudad, las dependientas, dos regordetas de unos 27 años y con una playera a juego del mismo sex-shop, se nos acercaron la mar de simpáticas para poner a nuestra disposición sus conocimientos acerca de los productos que vendían y, además ofrecían demostraciones de lo que quisiéramos. Esta última oferta me inquietó un poco ¿A qué se refería con demostraciones? No le quise preguntar por no parecer grosera o pervertida, una de dos.
Fuimos contemplando cada una de las paredes del local. Yo no pude más que observar los demás compradores: una pareja de rubios jovencitos, bueno de mi edad, que discutían sobre los dildos de uno de los escaparates, me sorprendió la seriedad y sobriedad de su discusión. Parecía que estuvieran haciendo la compra de la semana: ¿calabacines o calabaza, mi amor? Tenían un aire afrancesado, semi-intelectual. No parecían turistas, pero sin duda tampoco eran mexicanos. Iban bastante abrigados para el tiempo que hacía, y eso les hacía parecer aún más extraños dentro de ese local. Como si estuvieran ahí de mentira, solo para darle un aire más cosmopolita al sex-shop. Ellos nunca se fijaron en nosotros.
Más de reojo y con menos confianza, observé a un señor un poco más mayor que deambulaba sólo por la tienda. Se paseó un rato por las películas y las revistas porno, sin prestar atención a los millones de penes y artilugios llamativos y sobresalientes, y luego se metió cual reptil en el “cine” de la sala contigua de donde salían suspiros y gemido en estéreo, eso sí, a todo volumen.
Me pregunto si habría alguien más en esa sala oscura de donde salían los alaridos, y ¿Ponían el volumen tan fuerte para tapar los otros gemidos, los de la gente que veía la película?
Después de la salida del señor nos quedamos solos con las amables dependientes que charlaban detrás del grueso mostrador.
Me desagradó el darme cuenta que entre los aparatos y aparatitos, los artilugios y gadgets, casi todo eran penes: penes para atrás, para adelante, para los dos lados simultáneos, grandes, más grandes, extra-grandes, gigantes y unos chiquititos que creo que eran para cubrir los dedos. ¿Era eso una expresión más de los masculinizado que está el mundo? O simplemente era la verdad: las mujeres tenemos un agujero y por muy feministas o lesbianas que seamos, en los agujeros largos y estrechos solo entran palos. Pero entonces ¿Por qué no estaba el lugar lleno de coños? Si las mujeres necesitamos penes, los hombres inevitablemente necesitan vaginas, es la ley de la naturaleza (para casi todos). Podrían haber vaginas grandes, chiquitas, ergonómicas, de diferentes texturas, más grandes con cintura, más pequeñas portátiles. Pero no había en la tienda ni una sola vagina. A mi parecer esto demuestra el alcance del mercado de la prostitución femenina: ¿Para qué usar una vagina de plástico cuando puedes pagar muy barato por una de verdad? A veces pienso que si las mujeres tuviéramos la misma facilidad para el sexo todas las guerras de género se acabarían.
Aunque mi pareja propuso que nos lleváramos un pene largo y grande, no lo hicimos. La verdad no me apetecía nada semejante bate de béisbol, al menos no por el momento. Tampoco compramos lencería, era demasiado cliché para que nos excitara realmente. ¿Alguien quisiera ver a su novia vestida de mecánica sexy? o peor aún ¿vestida con la bandera gringa? Después de descartar varias opciones nos decidimos por las bolas vibradoras. Es una bola grande que vibra activada por un mando a distancia inalámbrico. Me atraía sobremanera la idea de llevar la bolita dentro y que él pudiera activarla cuando quisiera sin importar donde estuviéramos.
Las amables dependientas nos enseñaron el mecanismo de la bola (básicamente funciona bajo el precepto más simple: on/off) y luego nos recomendaron un lubricante anti-bacterial para un mejor uso.
La verdad, como me agradaban aquellas dos regordetas. Tan predispuestas, tan amables y tomándose su trabajo tan en serio. En la mayoría de tiendas de la ciudad te encuentras a dependientes desagradables que no tienen ganas de vender y que intentan echarte a patadas de su establecimiento, en cambio ellas, en el sex-shop brindando un servicio excelente que trataba de hacerte sentir cómodo y eliminar así la vergüenza inherente de cualquier católico entrando a un establecimiento semejante.
Pero claro, no tenían factura… cuando una de las regordetas le dijo a mi pareja que su factura tendría que esperar unos 15 días, él se quedó callado y después de mirar intensamente a la pobre regordeta, con acento sospechoso y acusador le dijo: ¿Por qué? A lo que ella, sin mucha seguridad, todo hay que decirlo, le respondió que tenían unos problemas en el sistema. El sistema, ese ente misterioso propio del Matrix. Se enfureció. Le apuntó amablemente el teléfono en el ticket de compra para que llamara antes de ir a buscar su factura, pero, desgraciadamente ella no sabía que su amabilidad esta vez no iba a ser suficiente, necesitaba ahora un poco de picardía para manejar la situación. Lo que pasa es que ustedes no quieren pagar impuestos. ¿Ustedes? La regordeta se hubiera librado de tal discusión si simplemente le hubiera dicho: “sí, el propietario es un asco” o “yo es que solo vendo…” , incluso si hubiera dicho alguna de estas dos cosas, yo hubiera salido en su defensa. Pero como trató de ponerse el escudo de su compañía, la cosa se complicó bastante enzarzándose en una discusión donde él siempre la miraba directo a los ojos acusadoramente y sin decir nada dejaba que ella se enredara en una serie de respuestas cada vez más incoherentes y que siempre terminaban dando con aquella ambigua palabra: el sistema.
Dispuesta a convertir ese patético espectáculo en una lección también para mi, no intervine. En realidad tenía toda la razón de enfadarse con los vendedores que no pagan impuestos, al fin y al cabo él si los paga y tiene que repartirlos con el resto de la población, incluidos, los que no pagan. Por eso aunque me sobrecoge cualquier acto de violencia, dejé que manifestara su enojo y me dediqué a ver con el corazón encogido como aquella regordeta iba haciéndose chiquita detrás del mostrador.
Mientras observaba esto la bola que tenía en la mano, y que había sacado para observar mejor, vibró. Me sorprendí. Yo tenía el mando a distancia en la bolsa donde acababa de dejar el envoltorio de la misma bola ¿Cómo había vibrado aquello? Iba a decírselo a él, pero entonces volvió a vibrar, pegué un brinquito con el susto. Levanté la mirada de la bola y recorrí mi alrededor con la vista. Al principio me pasó inadvertida, pero en un segundo recorrido la vi. Claramente, la otra dependienta regordeta me miraba desde un punto más alejado y un poco escondido por uno de los expositores de la tienda: tenía un mando a distancia igual que el nuestro en la mano y me sonreía abiertamente. Me quedé atónita y ella volvió a accionar el mando haciendo vibrar la bola que volvió a asustarme. No sabía qué hacer. No sabía si tomarme aquello como un juego divertido, una broma muy cínica, sobretodo teniendo en cuenta la discusión entre mi pareja y su compañera regordeta. No sabía si de alguna manera era aquello una insinuación o si ella era una psicópata y después de eso tenía previsto atacarme con uno de esos enormes penes que seguro habrían servido para knockear a alguien de un solo golpe. Instintivamente, me lo tomé como una mezcla de las primeras dos cosas: una broma algo extraña y una insinuación amable de su parte. Le sonreí. Volvió a accionar la bola, esta vez ya no me asusté y ella la apretó durante largo rato para que yo pudiera observarla y toquetearla un ratito.
Finalmente oí un no tienen ustedes madre, por supuesto que no voy a volver a por la factura. Era hora de irse. Me giré para seguirlo y me despedí de la otra dependienta como si nada hubiera sucedido entre ella y yo, yo era la buena de la pareja, y no es que lo pretendiera, pero es que él se empeñaba en hacerme quedar así cada vez que discute con alguien del sector servicios.
Me detuve unos segundos para despedirme de la otra dependienta. Su mirada parecía un poco más libidinosa que antes, y a decir verdad no me molestó, la osadía de esa chica la hacía muy atractiva a pesar de sus quilitos de más. A modo de despedida ella alzó la mano en la que tenía el mando a distancia y la movió mientras con la boca simulaba un “adiós” mudo.
Salimos de la tienda y ya en la calle, me puse a reír de puro nerviosismo y cuando él me miró le dije: ay que ver que grosero eres.
lunes, 11 de agosto de 2008
!Qué confuso es esto del amor!
Estoy confundida. Me confundo en esto del amor. A ratos me siento como en una ópera pop interminable y a ratos como en una canción de Chavela Vargas, desgarrada. Y es que todo tenía pinta de ser muy fácil, pero al menos para mí, no lo es. Pienso en el motivo real de nuestra existencia: la procreación, y me digo a mi misma, que no puede ser que la evolución de la razón humana haya entorpecido tanto este motor primigenio. Hemos venido a este mundo a unirnos con otros y procrear, sencillamente, lo llevamos tan dentro de nosotros que incluso en las peores circunstancias el ser humano sigue procreando hasta rebasar los límites de la salud mundial. Pero claro, el amor es otra cosa. Eso dicen, pero también hay parejas de primates y de aves que se unen para toda la vida, y que al morir el “cónyuge”, mueren ellos también. A estos normalmente no se les considera cuando hablamos de amor. Otra teoría dice que el amor es un invento relativamente moderno, que hasta la Edad Media, no se hablaba de éste como tal. Pero entonces yo me pregunto: ¿Quién lo fue a inventar? Suena raro que de pronto alguien diera con la “teoría amatoria” o que simplemente por sublimar la belleza humana en las canciones se haya creado el amor y que ahora este amor se haya convertido en el motor del mundo, como una especie de disfraz para el otro motor, el original y primigenio que es la procreación. Sea cierto o no, yo también soy un invento moderno y soy fruto de muchas generaciones que ya contaban entre ellas con este intruso. ¿No podía haber inventado también un manual el que se lo fue a inventar? Supongo que no se imaginaba cuanto nos iba a complicar la vida su invento. Hemos pasado por el amor de los trovadores, por el de los renacentistas y los románticos, para nosotros este amor ya no es cualquier cosa, sino algo tan importante que dirige y convulsiona nuestras vidas. Ahora nos enamoramos y rompemos, somos co-dependientes y obsesivos, encontramos cada 3 años el amor de nuestra vida. Y pero aún; buscamos irremediablemente nuestra media naranja (ese si que fue un mal invento). Así que hay varias almas perdidas por este mundo que vagan en mitad de tanto amor, como yo. Cada vez que empezamos una relación no podemos evitar preguntarnos cosas a futuro, valorar al otro, examinar detenidamente sus cualidades y compararlas con las de quienes nos rodean. No podemos dejar de preguntarnos si estamos enamorados, si es todo una ilusión pasajera o si nos estamos comprometiendo demasiado pronto. Y nos confundimos. Nos confundimos tanto todo el tiempo, que lo arruinamos todo una y otra vez. Pero no acaba ahí la cosa, lo peor de todo es que incluso cuando estamos seguros por completo que sí, que estamos enamorados y ansiamos esa persona amada, no sabemos cómo comportarnos. Dudamos, tememos, no nos damos o nos damos sin límites, y acabamos confundiendo a la otra persona. Podríamos decir, que estamos incapacitados para esto del amor. Que no para amar y esa es la gran tragedia.
lunes, 4 de agosto de 2008
nada como la primera vez
Al separarme de su boca lo primero que dije fue: casi me ahogo. Era mi primer beso y ese comentario era tan verdadero como inocente. Él me había encajado en su boca a mitad de conversación, y a pesar que yo había seguido con entusiasmo, no había sabido como hacerlo y creí que era como estar debajo del agua, mientras estás ahí no puedes respirar y dependes del aire acumulado en tus pulmones. Por eso casi me ahogo de verdad y a él no lo conocía. Fue esa tarde en la piscina del pueblo cuando lo vi por primera vez. Venía con una pandilla de chicos mayores que nosotras mirábamos en secreto, atraídas por su edad, por su actitud de hombres de mundo que debían saberlo todo. Yo llevaba mi controvertido bañador estilo años 50. Con rayas azules y blancas en la parte de arriba y azul en la parte de abajo terminando en pantalón. Ciertamente tenía 14 años y la elección del bañador no fue muy acogida entre mis compañeras, pero como yo misma nunca lo fui no esperaba otra cosa. Así que ese bañador merecía ser más mío que nada más. Estirada sobre la toalla boca abajo, esperaba secarme con los pálidos rayos de sol de la tarde que ya estaba por despedirse. Por supuesto que lo vi. Era extraordinariamente guapo. Rubio de media melena, alto, delgado y desgarbado. Todas lo comentaron. Yo preferí no hacerlo, me hubiera sentido ridícula ¿Para qué exponer mis emociones si jamás podría aspirar a plasmarlas?
Aquella noche estábamos decididas a ir a la fiesta del pueblo. A decir verdad no había nada más que hacer en ese pueblo y estar decididas a eso solo significaba cumplir un paso más en la escalera que te lleva a ser un miembro de la reducida comunidad donde vivíamos. Para nosotras era un acto de madurez, de libertad. Pero en realidad no sabíamos que nada tenía que ver con eso, sino todo lo contrario, significaba sumergirse de lleno en el camino que ya estaba dispuesto para muchas de nosotras. Así que con esa ansias adolescentes nos pusimos nuestros mejores tejanos y salimos a buscar la noche, esa que según explicaban todos los cuentos, traía consigo los misterios del carácter de la humanidad. Y podía ser cierto, para mí, lo fue. Pasamos horas sentadas en los bancos cerca del escenario donde el grupo cantaba canciones clásicas acompañadas de algún éxito del verano. En realidad no recuerdo qué hacíamos o de qué hablábamos, pero las horas se iban con una rapidez que nunca he vuelto a experimentar. A la salida del baño, ahí estaba él. Acompañado de los demás chicos mayores formaban un cordón alrededor de la barra del bar. Iba a pasar tratando de no cruzarme con ellos o de no ser vista, pero él ya me había visto, ya me estaba mirando y se acercaba a mi con una decisión que me hacía temblar las piernas y el pensamiento. Para disimular o por el nerviosismo caminé unos metros más hacia mi destino, el banco de chicas de catorce años en una esquina de la plaza de 50m cuadrados, pero era evidente que si yo caminaba y él caminaba íbamos a encontrarnos inevitablemente en algún punto del corto camino que nos separaba. No recuerdo exactamente cuáles fueron sus primeras palabras, recuerdo que entre ellas me ofreció un trago de la cerveza que él llevaba en la mano. “No me gusta la cerveza” respondí. Tampoco recuerdo cómo ni cuando me preguntó por un lugar un poco más aislado. En una plaza tan pequeña como aquella, no había ninguna intimidad y cualquier gesto o alabanza era inmediatamente captado por el resto de los concurrentes, algo parecido a estar viviendo en una comuna hippie pero católica. Supongo que se asustó de esa exhibición o tal vez simplemente quería ir tan rápido como parecía. Lo que me sigue llamando la atención fue mi propia osadía; “sí, aquí atrás si saltamos esa pequeña valla hay un lugar escondido”. ¿Qué tal? Eso respondí, a mis tiernos catorce sin saber más del sexo o del amor que lo que enseñan en los libros o en las películas me dí con tremenda facilidad. Así que fuimos al pequeño patio trasero de la guardería que albergaba La Casa del Pueblo, el edificio que preside aún hoy día uno de los flancos de la pequeña plaza. Imagino ahora, que no entonces, lo que pensarían mis compañeras. Solo hasta después pude darme cuenta que tan mal valoradas son las acciones en solitario por parte de una chica de catorce años que se va al patrio trasero de una guardería, cerrada y a oscuras y acompañada del guapo del lugar.
En ese pequeño e íntimo rincón, Pep, que así se llamaba, tomaba fácilmente las riendas de la situación. O eso creía yo, porque me hacía preguntas que nunca antes un chico me había hecho y a las que respondí cuando eran comprometedoras con mentiras, la más destacada y estúpida de todas las respuestas se dio en esta conversación: “¿has tenido novios? Sí claro – respondo yo creyendo que la cosa no iba a traer cola. ¿cuántos? - ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Me estaba preparando para una noche de sexo salvaje e iniciático, una especie de ritual orgiástico? ¿Por qué me hacía esa pregunta? ¿Quería saber si tenía experiencia? ¿En qué? ¿Para qué? Varios, como unos 5. Sí lo sé, fue una tremenda estupidez responder eso, pero creí que podía pensar que los novios a mi edad eran algo fútil y poco trascendental a nivel mental, emocional y físico. Así que en realidad responder dos o cinco no tenía relevancia. Se rió de mí, lo cual me enfureció, me hizo sentir ridícula, estaba dispuesta a irme, encaminaba nuestra conversación hacia un fin previsible, cuando de repente ocurrió, chas! El beso. Y casi me ahogo, de verdad. Fue una de las cosas más emocionantes que viví en mi vida por ser el primero, como supongo que a todos nos ocurre, ni el gusto a cerveza en su boca o la sorpresa o el ímpetu consiguen arruinar un momento así, y ya no vuelve jamás. La adrenalina recorriendo las venas a alta velocidad hasta hacer estallar los capilares, la respiración desacompasada por unas contracciones cardíacas anormales. Fue un momento tan intenso que se parece a las mejores drogas; al recordarlas una puede experimentar de nuevo por unos segundos la sensación que producen.
No fue el único, fue el primero. Aprendí a no ahogarme, a abrir bien la boca sabiendo que iba a recibirlo, luego aprendí a jugar con las lenguas, a hacer turnos de maniobras, a jugar con los labios, a usar los dientes. Fue una noche larga. Llegué tarde a mi casa y mientras bajaba por la única calle del pueblo, no me importaba pensar que mi padre estaría despierto, como siempre amenazaba, si llegábamos tarde, no me importaban los comentarios envidiosos de mis amigas que resulta que esa noche se habían convertido en unas puritanas católicas mientras yo me besaba en la parte trasera de una guardería cerrada y oscura.
Aquella noche estábamos decididas a ir a la fiesta del pueblo. A decir verdad no había nada más que hacer en ese pueblo y estar decididas a eso solo significaba cumplir un paso más en la escalera que te lleva a ser un miembro de la reducida comunidad donde vivíamos. Para nosotras era un acto de madurez, de libertad. Pero en realidad no sabíamos que nada tenía que ver con eso, sino todo lo contrario, significaba sumergirse de lleno en el camino que ya estaba dispuesto para muchas de nosotras. Así que con esa ansias adolescentes nos pusimos nuestros mejores tejanos y salimos a buscar la noche, esa que según explicaban todos los cuentos, traía consigo los misterios del carácter de la humanidad. Y podía ser cierto, para mí, lo fue. Pasamos horas sentadas en los bancos cerca del escenario donde el grupo cantaba canciones clásicas acompañadas de algún éxito del verano. En realidad no recuerdo qué hacíamos o de qué hablábamos, pero las horas se iban con una rapidez que nunca he vuelto a experimentar. A la salida del baño, ahí estaba él. Acompañado de los demás chicos mayores formaban un cordón alrededor de la barra del bar. Iba a pasar tratando de no cruzarme con ellos o de no ser vista, pero él ya me había visto, ya me estaba mirando y se acercaba a mi con una decisión que me hacía temblar las piernas y el pensamiento. Para disimular o por el nerviosismo caminé unos metros más hacia mi destino, el banco de chicas de catorce años en una esquina de la plaza de 50m cuadrados, pero era evidente que si yo caminaba y él caminaba íbamos a encontrarnos inevitablemente en algún punto del corto camino que nos separaba. No recuerdo exactamente cuáles fueron sus primeras palabras, recuerdo que entre ellas me ofreció un trago de la cerveza que él llevaba en la mano. “No me gusta la cerveza” respondí. Tampoco recuerdo cómo ni cuando me preguntó por un lugar un poco más aislado. En una plaza tan pequeña como aquella, no había ninguna intimidad y cualquier gesto o alabanza era inmediatamente captado por el resto de los concurrentes, algo parecido a estar viviendo en una comuna hippie pero católica. Supongo que se asustó de esa exhibición o tal vez simplemente quería ir tan rápido como parecía. Lo que me sigue llamando la atención fue mi propia osadía; “sí, aquí atrás si saltamos esa pequeña valla hay un lugar escondido”. ¿Qué tal? Eso respondí, a mis tiernos catorce sin saber más del sexo o del amor que lo que enseñan en los libros o en las películas me dí con tremenda facilidad. Así que fuimos al pequeño patio trasero de la guardería que albergaba La Casa del Pueblo, el edificio que preside aún hoy día uno de los flancos de la pequeña plaza. Imagino ahora, que no entonces, lo que pensarían mis compañeras. Solo hasta después pude darme cuenta que tan mal valoradas son las acciones en solitario por parte de una chica de catorce años que se va al patrio trasero de una guardería, cerrada y a oscuras y acompañada del guapo del lugar.
En ese pequeño e íntimo rincón, Pep, que así se llamaba, tomaba fácilmente las riendas de la situación. O eso creía yo, porque me hacía preguntas que nunca antes un chico me había hecho y a las que respondí cuando eran comprometedoras con mentiras, la más destacada y estúpida de todas las respuestas se dio en esta conversación: “¿has tenido novios? Sí claro – respondo yo creyendo que la cosa no iba a traer cola. ¿cuántos? - ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Me estaba preparando para una noche de sexo salvaje e iniciático, una especie de ritual orgiástico? ¿Por qué me hacía esa pregunta? ¿Quería saber si tenía experiencia? ¿En qué? ¿Para qué? Varios, como unos 5. Sí lo sé, fue una tremenda estupidez responder eso, pero creí que podía pensar que los novios a mi edad eran algo fútil y poco trascendental a nivel mental, emocional y físico. Así que en realidad responder dos o cinco no tenía relevancia. Se rió de mí, lo cual me enfureció, me hizo sentir ridícula, estaba dispuesta a irme, encaminaba nuestra conversación hacia un fin previsible, cuando de repente ocurrió, chas! El beso. Y casi me ahogo, de verdad. Fue una de las cosas más emocionantes que viví en mi vida por ser el primero, como supongo que a todos nos ocurre, ni el gusto a cerveza en su boca o la sorpresa o el ímpetu consiguen arruinar un momento así, y ya no vuelve jamás. La adrenalina recorriendo las venas a alta velocidad hasta hacer estallar los capilares, la respiración desacompasada por unas contracciones cardíacas anormales. Fue un momento tan intenso que se parece a las mejores drogas; al recordarlas una puede experimentar de nuevo por unos segundos la sensación que producen.
No fue el único, fue el primero. Aprendí a no ahogarme, a abrir bien la boca sabiendo que iba a recibirlo, luego aprendí a jugar con las lenguas, a hacer turnos de maniobras, a jugar con los labios, a usar los dientes. Fue una noche larga. Llegué tarde a mi casa y mientras bajaba por la única calle del pueblo, no me importaba pensar que mi padre estaría despierto, como siempre amenazaba, si llegábamos tarde, no me importaban los comentarios envidiosos de mis amigas que resulta que esa noche se habían convertido en unas puritanas católicas mientras yo me besaba en la parte trasera de una guardería cerrada y oscura.
jueves, 31 de julio de 2008
todos los taxis se me pasan
Estábamos entre los coches aparcados y los coches que iban y venían. Esperando un taxi, junto a un semáforo que cambiaba sucesivamente del rojo al verde y viceversa. Tal vez por ser un lugar tan breve lo escogí para explicarle la condena. Pareciera una cosa terrible para él, pero como decirle que tan inconsolable era para mí también. Una no escoge llevar consigo una carga tan pesada y con tanta autonomía. No pensar en ella no supone no padecerla, porque siempre aparece de nuevo para confundirlo todo y convertir la realidad en el vapor de una carretera caliente. Y entonces, cómo arde el pavimento…
Mi condena es la de estar siempre inconforme con lo tengo. La de estar siempre buscando algo, que imagino como ideal, pero que por ser tal no existe. A veces creo que es un complejo de superioridad, es como si el presente no fuera nunca suficiente para mi. Como si yo mereciera algo más, que paradójicamente no encuentro y que me arrastra a la deriva de la duda y la inconformidad y me pierde. Como soy alguien tan aparentemente racional, trato de buscar la explicación lógica a todo esto y siempre llego a la misma conclusión, con la que para variar, tampoco estoy conforme. La conclusión es: disfruta del presente, deja de juzgarlo y evaluarlo como si las cosas se pudieran poner en una balanza. Y es que yo hago listas. Y cuando empiezo una lista sobre alguien, sé de antemano que todo está perdido. Podríamos pensar que cada lista es distinta, pero en realidad no es así, las listas revelan que las personas con las que nos relacionamos tienen mucho en común, sobretodo en la parte de “buena” de la lista. Casi todos cumplen con los requisitos (oh dios que trivial soy!) “buenos” de la lista, son todos simpáticos, amables, casi todos son buenas personas (desgraciadamente algunas cosas las descubro tarde), inteligencia no falta y otra serie de características, que no por no nombrar son menos importantes, como por ejemplo: el sentido del humor. La cosa varia más en la parte “mala” de la lista. Hay ahí una serie de características aterradoras que siempre hacen pensar que cualquier cosa que esté en la parte “buena” ya no vale la pena. A veces me he encontrado que la parte “buena” de la lista refleja alguien casi perfecto y que la parte “mala” seria simplemente, como la vida misma, soportable. ¿Entonces, qué me lleva de nuevo a esta inconformidad? Seguramente un eficaz remedio para mi complejo de superioridad seria ver mi propia lista, cosa que yo estoy impedida para hacer, ya que la vida no nos otorga tanta clarividencia. Ejercicio que si a algún conocido se le ocurre elaborar, por favor, abstenerse de colgarlo en el blog, clemencia.
Una vez hice esta pregunta: ¿Te hubieras quedado con alguna de las anteriores? Y para mi sorpresa la respuesta fue sí. Y todo se derrumbó. Yo siempre había creído que esto de cambiar de pareja era parte de una evolución natural hacia una mejor relación y alguien más “ideal”. Consideraba que cada nueva pareja era un paso hacia delante en mi vida, en mi búsqueda de algo “mejor”. Pero estoy casi segura que estoy muy equivocada, en realidad, la cuestión evolutiva no tiene nada que ver. Es más bien una cuestión de conformidad con la realidad. De apreciar, de querer las cosas buenas del otro y hacer ver que las malas no existen, y si molestan mucho, encontrar la manera de soportarlas, como encuentra uno la manera de no dormirse en la oficina después de la comida. Pero yo estoy condenada, ¿o no?
Mi condena es la de estar siempre inconforme con lo tengo. La de estar siempre buscando algo, que imagino como ideal, pero que por ser tal no existe. A veces creo que es un complejo de superioridad, es como si el presente no fuera nunca suficiente para mi. Como si yo mereciera algo más, que paradójicamente no encuentro y que me arrastra a la deriva de la duda y la inconformidad y me pierde. Como soy alguien tan aparentemente racional, trato de buscar la explicación lógica a todo esto y siempre llego a la misma conclusión, con la que para variar, tampoco estoy conforme. La conclusión es: disfruta del presente, deja de juzgarlo y evaluarlo como si las cosas se pudieran poner en una balanza. Y es que yo hago listas. Y cuando empiezo una lista sobre alguien, sé de antemano que todo está perdido. Podríamos pensar que cada lista es distinta, pero en realidad no es así, las listas revelan que las personas con las que nos relacionamos tienen mucho en común, sobretodo en la parte de “buena” de la lista. Casi todos cumplen con los requisitos (oh dios que trivial soy!) “buenos” de la lista, son todos simpáticos, amables, casi todos son buenas personas (desgraciadamente algunas cosas las descubro tarde), inteligencia no falta y otra serie de características, que no por no nombrar son menos importantes, como por ejemplo: el sentido del humor. La cosa varia más en la parte “mala” de la lista. Hay ahí una serie de características aterradoras que siempre hacen pensar que cualquier cosa que esté en la parte “buena” ya no vale la pena. A veces me he encontrado que la parte “buena” de la lista refleja alguien casi perfecto y que la parte “mala” seria simplemente, como la vida misma, soportable. ¿Entonces, qué me lleva de nuevo a esta inconformidad? Seguramente un eficaz remedio para mi complejo de superioridad seria ver mi propia lista, cosa que yo estoy impedida para hacer, ya que la vida no nos otorga tanta clarividencia. Ejercicio que si a algún conocido se le ocurre elaborar, por favor, abstenerse de colgarlo en el blog, clemencia.
Una vez hice esta pregunta: ¿Te hubieras quedado con alguna de las anteriores? Y para mi sorpresa la respuesta fue sí. Y todo se derrumbó. Yo siempre había creído que esto de cambiar de pareja era parte de una evolución natural hacia una mejor relación y alguien más “ideal”. Consideraba que cada nueva pareja era un paso hacia delante en mi vida, en mi búsqueda de algo “mejor”. Pero estoy casi segura que estoy muy equivocada, en realidad, la cuestión evolutiva no tiene nada que ver. Es más bien una cuestión de conformidad con la realidad. De apreciar, de querer las cosas buenas del otro y hacer ver que las malas no existen, y si molestan mucho, encontrar la manera de soportarlas, como encuentra uno la manera de no dormirse en la oficina después de la comida. Pero yo estoy condenada, ¿o no?
miércoles, 23 de julio de 2008
EPISODIO 1: Las chicas de nuestra generación
Las chicas de nuestra generación no aguantamos nada. Esta es la frase que define el problema de nuestra no-relación con el género masculino. Hay tantas cosas que contar sobre esto que no sé ni por donde empezar. Ay… ¡me abrumo! Podríamos empezar por ejemplo por el intento que hacen los hombres, también de nuestra generación, por equipararse a la supuesta igualdad de géneros. No le quito mérito al esfuerzo que ellos hacen por entender y dar también, con esa igualdad. El problema es que a veces van tan mal encaminados que yo diría que necesitan una clase optativa de “orientación de género” en los institutos. Voy a poner como ejemplo dos frases que dejan claro a lo que me estoy refiriendo. La primera es de un chico joven, de familia con muchos recursos, entre ellos el de proporcionarle una educación en los mejores lugares nacionales y del extranjero, y que espero no tenga la dirección de mi blog y que si la tiene, espero entienda que esto en un episodio antropológico y no personal. Estábamos hablando de la cada vez mayor presencia de mujeres en el ámbito del cine y la publicidad, de crews con mujeres a la cabeza. Dicho chico, mencionó lo positivo que le parecía ese dato, y como broma, no dudo que bien intencionada, pero muy poco reflexionada dijo: “Claro, ahora el único problema es que hay millones de fotos de crew.” Y con un falsete más femenino añade: “¿En cuál estoy mejor? Aquí no he quedado bien…” Coronada la frase, por si aún hacia falta coronarla; con una risa por la tremenda gracia que le producía su propio comentario. Mi reflexión sobre esta primera frase es: ¿cómo puede uno valorar como positivo el dato de que las mujeres cada vez estén más presentes en un crew profesional, si sigue pensando en ellas como personas dedicadas o preocupadas exclusivamente por su belleza, o para ser sinceros, preocupadas por su presencia exterior como forma de atraer al hombre? Yo diría que más bien nuestro chico hizo un comentario “políticamente correcto” sobre el dato y luego le salió su verdadero yo troglodita. O, mi otra explicación es que claro, los hombres solo se hacen la foto de crew obligados, ellos si no fuera porque se necesita para efectos prácticos y de prensa, ni se la harían. No aprovechan esa oportunidad para mirar a su ego o su presencia, ellos no hacen eso, vaya, cualquiera diría que en realidad se pasan el día completo haciéndolo: qué grande es mi coche, como me la puse anoche, qué grande es mi polla, ah no… que eso no lo dicen abiertamente. En cambio las mujeres aprovechamos cualquier oportunidad como espejo, y ahora con las cámaras digitales y nuestra entrada al mundo profesional del cine, los fotógrafos de foto fija van vuelto locos.
Otra frase, referente al mismo esfuerzo por entender y ayudar a la igualdad de género, la dijo alguien que sí tiene mi blog y que espero que se ría de todo este sarcasmo con algunas verdades. La frase en cuestión es: “¿Dijimos qué iba a ser sincero, no?” Claro, la sinceridad es algo fundamental en una relación. Sobretodo considerando que la exposición de esa sinceridad consistía en un paso adelante en la igualdad de género. Me explico,: el sujeto en sus anteriores relaciones, no había sido sincero porque creía que al decirle a la mujer ciertas cosas, ella se iba a ofender por naturaleza de género, ahora, siendo realmente sincero, iba a considerar a la mujer por un igual y a decirle las cosas con sinceridad. Un aplauso para esta proposición tan digna. La cuestión es; ¿Desde cuándo la cualidad de sinceridad ha sido usada como justificante de lo que se dice? Es decir, si me haces un comentario sincero como: “me gusta tu amiga porque tiene las tetas más grandes que tú” , es probable que yo me enfade por el comentario y que la respuesta: “Dijimos que iba a ser sincero” No sea una excusa para el comentario en sí. ¿Estamos de acuerdo? Entonces nos podremos dar cuenta del mal uso de la propuesta de sinceridad en pro de la igualdad de género. No es sinceridad por igualdad, en realidad es sinceridad como excusa para defenderme ante eventuales respuestas conflictivas a causa de mis comentarios machistas o de otro tipo…
Seguro que muchas personas piensan que este tipo de cosas son una nimiedad, y que, en efecto, las chicas de mi generación, no aguantamos nada, o lo que es peor, y que alguna vez me han llegado a decir: entonces tú lo que quieres es no es hombre (¿qué troglodita unió machismo a hombre¿). Pero este tipo de estructuras de pensamiento, diferencian a una relación de otra, y yo no tengo porque someterme al machismo inherente de nadie, aunque se lo haya inculcado su padre!
Otra frase, referente al mismo esfuerzo por entender y ayudar a la igualdad de género, la dijo alguien que sí tiene mi blog y que espero que se ría de todo este sarcasmo con algunas verdades. La frase en cuestión es: “¿Dijimos qué iba a ser sincero, no?” Claro, la sinceridad es algo fundamental en una relación. Sobretodo considerando que la exposición de esa sinceridad consistía en un paso adelante en la igualdad de género. Me explico,: el sujeto en sus anteriores relaciones, no había sido sincero porque creía que al decirle a la mujer ciertas cosas, ella se iba a ofender por naturaleza de género, ahora, siendo realmente sincero, iba a considerar a la mujer por un igual y a decirle las cosas con sinceridad. Un aplauso para esta proposición tan digna. La cuestión es; ¿Desde cuándo la cualidad de sinceridad ha sido usada como justificante de lo que se dice? Es decir, si me haces un comentario sincero como: “me gusta tu amiga porque tiene las tetas más grandes que tú” , es probable que yo me enfade por el comentario y que la respuesta: “Dijimos que iba a ser sincero” No sea una excusa para el comentario en sí. ¿Estamos de acuerdo? Entonces nos podremos dar cuenta del mal uso de la propuesta de sinceridad en pro de la igualdad de género. No es sinceridad por igualdad, en realidad es sinceridad como excusa para defenderme ante eventuales respuestas conflictivas a causa de mis comentarios machistas o de otro tipo…
Seguro que muchas personas piensan que este tipo de cosas son una nimiedad, y que, en efecto, las chicas de mi generación, no aguantamos nada, o lo que es peor, y que alguna vez me han llegado a decir: entonces tú lo que quieres es no es hombre (¿qué troglodita unió machismo a hombre¿). Pero este tipo de estructuras de pensamiento, diferencian a una relación de otra, y yo no tengo porque someterme al machismo inherente de nadie, aunque se lo haya inculcado su padre!
martes, 15 de julio de 2008
CHANCLAS ROJAS
Recuerdo muchas cosas de mi infancia. Algunas tienen historia, otras son simples recuerdos específicos. Tan simples como un gesto, o varios, un sonido o un panorama sonoro. Por ejemplo, recuerdo mis zapatillas rojas de estar por casa. Una especie de chanclas acolchonadas por arriba, pero de plástico por la suela. Se sujetaban a mis dedos por una única banda ancha. Al principio, me costó trabajo dominarlas, se me escapaban. Tal vez por eso después se convirtieron en mis favoritas, porque sentía que entre yo y ellas habíamos construido un vínculo, un comportamiento que, ya dominado, nos convertía en un equipo indestructible, algo así como los zapatitos de Dorothy en el Mago de Oz. Así que nuestro vínculo indestructible se empezó a plasmar en un gesto y un sonido. Caminaba por mi casa repiqueteando las chanclas en el suelo de baldosas: clas, clas, clas. Todo el día: clas, clas, clas clas. Variaba la tonadilla de vez en cuando, hacia mis propios arabescos sonoros o mis peculiares danzas exóticas. Zapateaba con las chanclas de estar por casa. Al poco tiempo mis padres empezaron a odiarlas. No los culpo, si yo no hubiera estado fascinada y no hubiera sido la poseedora del absoluto control de ese comportamiento, también las habría odiado. Pero a pesar de sus continuas quejas, yo no podía dejar de hacerlo:
“!Liliana! ¡Por el amor de Dios, deja de hacer eso!” Gritaba mi madre desde la cocina.
“¿El qué?” Le respondía yo. Y es que siempre he sido muy respondona.
Hay un vídeo de mi infancia donde salgo con las chanclas. Mi control sobre el zapateo con esas chanclas y el exhaustivo uso que de ellas hacía, me llevaron a convertirlas en parte de mi lenguaje con los demás. En ese vídeo aparezco yo en casa de mis abuelos, llevo las chanclas, toda la familia está reunida en la cocina. Están pendientes de mi abuelo y de mí. Mi abuelo me regaña, no consigo recordar lo que me dice. Mi padre me mira, espera una respuesta a los reclamos de mi abuelo; y yo, que los miro a los dos, intentando comprender el porque de la gravedad, me giro y espetó unos repiqueteos tremendos mientras salgo de la cocina dándoles la espalda. Incombustible.
“!Liliana! ¡Por el amor de Dios, deja de hacer eso!” Gritaba mi madre desde la cocina.
“¿El qué?” Le respondía yo. Y es que siempre he sido muy respondona.
Hay un vídeo de mi infancia donde salgo con las chanclas. Mi control sobre el zapateo con esas chanclas y el exhaustivo uso que de ellas hacía, me llevaron a convertirlas en parte de mi lenguaje con los demás. En ese vídeo aparezco yo en casa de mis abuelos, llevo las chanclas, toda la familia está reunida en la cocina. Están pendientes de mi abuelo y de mí. Mi abuelo me regaña, no consigo recordar lo que me dice. Mi padre me mira, espera una respuesta a los reclamos de mi abuelo; y yo, que los miro a los dos, intentando comprender el porque de la gravedad, me giro y espetó unos repiqueteos tremendos mientras salgo de la cocina dándoles la espalda. Incombustible.
domingo, 13 de julio de 2008
EL GATO PINTADO
Cada vez que tengo la oportunidad de llevarme a alguien a casa pasa lo mismo: tu cuadro. Pienso en tu cuadro colgado sobre la cabecera de la cama y todo se detiene. Ya no puedo. No puedo llevarme a nadie conmigo y me voy.
Podría quitar tu cuadro de ahí pero me resisto a hacerlo. Es el recuerdo más palpable que me queda de nuestra relación y quitarlo sería negarme algo importante. No es que quiera frenar el futuro y usarlo como escudo protector ante los próximos hombres que me encuentre. Es más bien, la sensación que mientras no pueda ver a ese cuadro sin nostalgia, no habré superado nuestra pérdida. Y mientras no la supere nadie merece estar conmigo y llevarse parte de este naufragio. Por eso sigue ahí. He quitado todos los demás; todos los que hiciste antes de conocerme y que inundaban mi casa con tu presencia, sobretodo con esa parte de presencia tuya que yo odiaba tanto. En cambio, ese merece estar donde está, aplastándome la cabeza cada noche, llevándose cada día una de mis primeras miradas al exterior. Tal y como tú hacías. Debo olvidarte, pero no a fuerza de esconder tus recuerdos, sino de superarte. El desastre que hemos sido ha hecho una profunda herida en mi corazón que aún parece lejos de sanarse, pero que de todas maneras, tendrá que sanar. Es por eso que me limito a dejar salir las cosas de mi cabeza y de mi cuerpo sin huir del dolor que eso supone. Porque dejarte salir de mí, me sigue provocando un dolor insoportable.
Podría quitar tu cuadro de ahí pero me resisto a hacerlo. Es el recuerdo más palpable que me queda de nuestra relación y quitarlo sería negarme algo importante. No es que quiera frenar el futuro y usarlo como escudo protector ante los próximos hombres que me encuentre. Es más bien, la sensación que mientras no pueda ver a ese cuadro sin nostalgia, no habré superado nuestra pérdida. Y mientras no la supere nadie merece estar conmigo y llevarse parte de este naufragio. Por eso sigue ahí. He quitado todos los demás; todos los que hiciste antes de conocerme y que inundaban mi casa con tu presencia, sobretodo con esa parte de presencia tuya que yo odiaba tanto. En cambio, ese merece estar donde está, aplastándome la cabeza cada noche, llevándose cada día una de mis primeras miradas al exterior. Tal y como tú hacías. Debo olvidarte, pero no a fuerza de esconder tus recuerdos, sino de superarte. El desastre que hemos sido ha hecho una profunda herida en mi corazón que aún parece lejos de sanarse, pero que de todas maneras, tendrá que sanar. Es por eso que me limito a dejar salir las cosas de mi cabeza y de mi cuerpo sin huir del dolor que eso supone. Porque dejarte salir de mí, me sigue provocando un dolor insoportable.
-¿Por qué?
-Porque no me van a preguntar.
-Da igual, salúdalos de mi parte.
-¿Qué quieres que les diga? No hay nada que decir.
-¿Ah, no? Saludar a los suegros.
- No. Las amantes no tienen suegros.
- ¿Por qué no?
- Porque no existen.
-Tú estás aquí, eres real.
- Pero soy un secreto. Solo soy real para ti… para los dos.
- Mientras sea tu amante no tendré parientes, al menos tuyos.
-Porque no me van a preguntar.
-Da igual, salúdalos de mi parte.
-¿Qué quieres que les diga? No hay nada que decir.
-¿Ah, no? Saludar a los suegros.
- No. Las amantes no tienen suegros.
- ¿Por qué no?
- Porque no existen.
-Tú estás aquí, eres real.
- Pero soy un secreto. Solo soy real para ti… para los dos.
- Mientras sea tu amante no tendré parientes, al menos tuyos.
sábado, 12 de julio de 2008
VACACIONES
Estaban los tres de vacaciones y eran aquellos tiempos en que la familia aún decidía unirse en los momentos de relajación. Los dos hermanos y la novia de él se iban a pasear cerca de las rocas de la playa. Los dejaban ir solos. En algún momento llegaron a subirse a la cima de una gran roca, allí el mar chocaba con estrépito y el ruido los envolvía en un estado un poco mágico y atemporal, les hacía sentir parte de un todo mayor a lo que alcanzaban a comprender. En mitad de las chispas de sal y el ruido, algunos huecos de la gran roca expiraban agua a toda presión cuando el oleaje se estampaba contra la montaña. Primero se sentaba uno, luego el otro y su novia, y los tres esperaban el momento en que el agua llegaría para hacer los saltar unos metros en el aire y abandonarlos en la caída.
viernes, 11 de julio de 2008
NADA
La otra noche Armando se quedó un buen rato pegado al marco de la puerta de mi habitación. Mientras yo me quitaba los tenis y las medias calcetín. Como Armando seguía ahí, me detuve. Lo miré. Él seguí ahí, mirándome como si eso fuera lo más natural del mundo. No me refiero a que fuera anti-natural, sólo que la lógica apuntaba a que yo me iba a ir a dormir y Armando, o tenía algo que decirme y me lo decía, o también hubiera tenido que irse a dormir. Pero seguía en el marco de la puerta.
-¿Qué?
Armando movió la cabeza de manera ambigua. Quería decir: Nada.
Y no se movió.
Finalmente le dije que yo me iba a ir a dormir.
-¿Me echas?
-Sí –le sonreí.
Nos despedimos y él se fue.
Luego me quedé un buen rato tirada en la cama, aún sin desvestirme. Ya no podía estar segura de que Armando me quisiera decir algo. Nuestra confianza ha llegado a un punto en que tal vez era eso. Quiero decir, que tal vez el Nada era realmente eso. Que Armando no tenía nada que decirme y tampoco tenía sueño, que se había quedado en el marco a lo mejor pensando cualquier otra cosa que nada tenía que ver conmigo.
Pero igualmente dudaba. Si tenía algo que decirme… ¿Por qué no lo había hecho? Armando podía decirme cualquier cosa, yo era la única a la que Armando podía decir cualquier cosa y esa noche no me lo dijo.
-¿Qué?
Armando movió la cabeza de manera ambigua. Quería decir: Nada.
Y no se movió.
Finalmente le dije que yo me iba a ir a dormir.
-¿Me echas?
-Sí –le sonreí.
Nos despedimos y él se fue.
Luego me quedé un buen rato tirada en la cama, aún sin desvestirme. Ya no podía estar segura de que Armando me quisiera decir algo. Nuestra confianza ha llegado a un punto en que tal vez era eso. Quiero decir, que tal vez el Nada era realmente eso. Que Armando no tenía nada que decirme y tampoco tenía sueño, que se había quedado en el marco a lo mejor pensando cualquier otra cosa que nada tenía que ver conmigo.
Pero igualmente dudaba. Si tenía algo que decirme… ¿Por qué no lo había hecho? Armando podía decirme cualquier cosa, yo era la única a la que Armando podía decir cualquier cosa y esa noche no me lo dijo.
MOLESTIAS APARTE
Tenía 26 años y estaba frente al espejo cuando decidí empezar a escribir esto.
La grieta de uno de mis dientes frontales se había ensanchado a niveles insoportables, estéticamente hablando, odiaba a mi dentista que años antes me había cobrado la cantidad de 1200 euros por ese diente postizo que nunca llegó a encajar como debiera haberlo hecho.
Por muy estúpido que pueda parecerle a cualquiera que pretenda tener dos dedos de frente y crea en todo eso del aspecto interior y la belleza del alma… el día que me rompieron el diente frontal cambió algo en mi vida.
Yo tenía 14 años y gozaba de mi primera acampada con las amigas. No habíamos ido muy lejos, cerca de la casa de campo de Txell había una explanada de hierba débil y corta, lo suficientemente grande como para dar cobijo a nuestras dos tiendas de campaña y los demás trastos que llevábamos, a saber; un fogón para cocinar, una nevera donde estaba la comida y la bebida, un tapperware donde habíamos guardado el tabaco y la marihuana y algunos cazos y sartenes para cocinar.
La verdad es que yo no conocía en profundidad a ninguna de las chicas que estaba conmigo, tampoco consigo recordar por qué me invitaron a mi a formar parte de esa acampada que parecía ser un ritual anual.
Supongo que yo a mi vez acepté porque me pareció una opción divertida, y porque parecían un grupo de chicas “guay”. Ahora con el tiempo me doy cuenta que seguramente yo también les debí parecer “guay” a ellas y que invitarme sin apenas conocerme, fue algo así como una revelación que yo nunca llegué a captar, algo como decirme “eres una chica cool”, cuando lo pienso, siento que debí ser una especie de vaquera solitaria con aspecto de ser mala. Se equivocaban en el 50%, yo nunca fui mala.
La cuestión es que pasamos tres días sin movernos de ese lugar, bueno a decir verdad, uno de los días subimos a un monte que había cerca. La cima no era nada bonita o tal vez no me lo pareció porque habíamos caminado durante 3 horas cuesta arriba para llegar a un montículo pequeño desde el que se veían más copas de árboles y algún punto de color y forma disonante (una casa) a lo lejos. Nada espectacular, algo totalmente previsible. Pero bueno, al fin y al cabo, por unas horas contrarrestamos de alguna manera el sedentarismo y humo de cada día.
Recuerdo el momento, no recuerdo en que día fue ni a que hora. Estábamos bajo el toldo de una de las tiendas, yo estaba de pie haciendo no sé que, y Dolors estaba arrodillada unos centímetros delante de mi. Había más chicas, pero no consigo visualizar quienes eran. Dolors se levantó de golpe y su cabeza se incrustó en mi boca, concretamente en uno de mis dientes frontales. Me separé de ella con dolor, inmediatamente puse mi mano en mi boca, sabía que el diente se había roto. Durante unos minutos permanecí retorciéndome de dolor, por su parte Dolors también se retorció, pero a mi me importaba un carajo. Cuando finalmente fui capaz de retirar la mano, me sorprendió que el diente no estuviera entre mis dedos. Entonces me toqué y estaba en su lugar, pero a pesar de las evidencias, yo sabía que se había roto. Yo siempre noto cuando algo en mi cuerpo se muere o se separa, y ese diente ya no estaba allí como siempre lo había estado. Me atreví a palpar el diente con más seguridad y lo empujé de delante hacia atrás, se movió con una facilidad sospechosa y dentro de mis encías noté el roce de dos partes del diente que se habían separado.
Mientras tanto tenía a mi alrededor a todo el grupo, ellas se empeñaban en decir que no pasaba nada, que todo estaba normal, se lo dije un par de veces, pero cuando me di cuenta que su pensamiento se apoyaba totalmente en la prueba empírica de que el diente aún estaba ahí, dejé de decírselo. Tampoco iba a servir de mucho. Por mi parte podía haber odiado a Dolors por todo lo que ese diente iba a representar para mí, pero no pude hacerlo. Y no pude porque era Dolors.
Dolors era de nuestra edad e iba a nuestro instituto, siempre me pareció una chica justa y buena persona. De su trágica historia había oído esbozos, pero ella nunca hablaba de ello. Hasta esa noche después de haberme roto el diente. El padre de Dolors había muerto de cáncer 2 años antes, una rápida metástasis lo llevó a la tumba dos meses después de la noticia del médico. Hasta aquí seria una historia trágica soportable, pero la de Dolors llegó más lejos, era una de aquellas historias de las que nunca se puede salir del todo. Su madre, ya antes de la muerte de su marido, había empezado a manifestar los síntomas de la esquizofrenia, después de la muerte su estado empeoró, y la enfermedad se desarrollo con toda libertad. En cuestión de meses, Dolors había perdido a su padre y, en cierta manera, también había perdido a su madre. Además, tenía una hermana mayor que avasallada por la desgracia familiar no supo dar el salto a la nueva realidad que se le presentaba, y a su vez desarrolló depresión asaltada por momentos de rabia intensa. Esa era la realidad de Dolors. ¿Cómo odiarla? El diente me costaría a mi 1200 euros y 3 años de tratamiento, cirugía, dolor y mal aspecto, pero la vida de Dolors ya estaba destrozada desde mucho antes y hasta mucho después.
Y mi familia era normal, o eso parecía.
Pero, ¿Por qué cambió el diente mi vida? Porque hasta ese momento yo no había sido consciente de la perfección de mi belleza, y con eso no quiero decir que deba ser miss universo o algo parecido, trato de llamar “la perfección de mi belleza” a esos rasgos particulares que me proporcionan una belleza determinada y peculiar, no al gusto de todos, no soy una belleza de esas que solo negaría una novia celosa, soy más bien algo peculiar y atractivo en su conjunto. Pero solo fui del todo consciente una vez que se produjo el accidente del diente. Y descubrir que a los catorce años acababa de perder mi perfección, por Dios! Yo aún tenía que conocer a mil hombres… y esa grieta no iba a borrarse. Todo lo contrario, iba a aumentar con lo años y el tabaco.
Ahora con los años, existe una evidente separación entre ese diente y el resto de dientes, además si me río sin control el labio superior deja ver la casi totalidad del diente, ya que la encía nunca llegó a bajar. Es un estorbo y me hace sentir fea. Ese diente, es algo que me arrebataron injustamente, pero que nunca pude reclamar. Es el recuerdo constante de Dolors y su familia. De la destrucción precipitada de mi boca y en cierta manera, el símbolo de la condena a parecer una roquera envejecida precipitadamente. Ese diente es la constancia de la perpetuidad de las marcas, la memoria de las grietas. Cuando somos pequeños tenemos la sensación que todas las heridas se curan, que después de cada golpe volvemos a ser los mismos. Pero cuando la rotura del diente se estableció en mi fisonomía, vino a decirme que algunas heridas nunca se van y que algunos hechos son irreversibles.
La grieta de uno de mis dientes frontales se había ensanchado a niveles insoportables, estéticamente hablando, odiaba a mi dentista que años antes me había cobrado la cantidad de 1200 euros por ese diente postizo que nunca llegó a encajar como debiera haberlo hecho.
Por muy estúpido que pueda parecerle a cualquiera que pretenda tener dos dedos de frente y crea en todo eso del aspecto interior y la belleza del alma… el día que me rompieron el diente frontal cambió algo en mi vida.
Yo tenía 14 años y gozaba de mi primera acampada con las amigas. No habíamos ido muy lejos, cerca de la casa de campo de Txell había una explanada de hierba débil y corta, lo suficientemente grande como para dar cobijo a nuestras dos tiendas de campaña y los demás trastos que llevábamos, a saber; un fogón para cocinar, una nevera donde estaba la comida y la bebida, un tapperware donde habíamos guardado el tabaco y la marihuana y algunos cazos y sartenes para cocinar.
La verdad es que yo no conocía en profundidad a ninguna de las chicas que estaba conmigo, tampoco consigo recordar por qué me invitaron a mi a formar parte de esa acampada que parecía ser un ritual anual.
Supongo que yo a mi vez acepté porque me pareció una opción divertida, y porque parecían un grupo de chicas “guay”. Ahora con el tiempo me doy cuenta que seguramente yo también les debí parecer “guay” a ellas y que invitarme sin apenas conocerme, fue algo así como una revelación que yo nunca llegué a captar, algo como decirme “eres una chica cool”, cuando lo pienso, siento que debí ser una especie de vaquera solitaria con aspecto de ser mala. Se equivocaban en el 50%, yo nunca fui mala.
La cuestión es que pasamos tres días sin movernos de ese lugar, bueno a decir verdad, uno de los días subimos a un monte que había cerca. La cima no era nada bonita o tal vez no me lo pareció porque habíamos caminado durante 3 horas cuesta arriba para llegar a un montículo pequeño desde el que se veían más copas de árboles y algún punto de color y forma disonante (una casa) a lo lejos. Nada espectacular, algo totalmente previsible. Pero bueno, al fin y al cabo, por unas horas contrarrestamos de alguna manera el sedentarismo y humo de cada día.
Recuerdo el momento, no recuerdo en que día fue ni a que hora. Estábamos bajo el toldo de una de las tiendas, yo estaba de pie haciendo no sé que, y Dolors estaba arrodillada unos centímetros delante de mi. Había más chicas, pero no consigo visualizar quienes eran. Dolors se levantó de golpe y su cabeza se incrustó en mi boca, concretamente en uno de mis dientes frontales. Me separé de ella con dolor, inmediatamente puse mi mano en mi boca, sabía que el diente se había roto. Durante unos minutos permanecí retorciéndome de dolor, por su parte Dolors también se retorció, pero a mi me importaba un carajo. Cuando finalmente fui capaz de retirar la mano, me sorprendió que el diente no estuviera entre mis dedos. Entonces me toqué y estaba en su lugar, pero a pesar de las evidencias, yo sabía que se había roto. Yo siempre noto cuando algo en mi cuerpo se muere o se separa, y ese diente ya no estaba allí como siempre lo había estado. Me atreví a palpar el diente con más seguridad y lo empujé de delante hacia atrás, se movió con una facilidad sospechosa y dentro de mis encías noté el roce de dos partes del diente que se habían separado.
Mientras tanto tenía a mi alrededor a todo el grupo, ellas se empeñaban en decir que no pasaba nada, que todo estaba normal, se lo dije un par de veces, pero cuando me di cuenta que su pensamiento se apoyaba totalmente en la prueba empírica de que el diente aún estaba ahí, dejé de decírselo. Tampoco iba a servir de mucho. Por mi parte podía haber odiado a Dolors por todo lo que ese diente iba a representar para mí, pero no pude hacerlo. Y no pude porque era Dolors.
Dolors era de nuestra edad e iba a nuestro instituto, siempre me pareció una chica justa y buena persona. De su trágica historia había oído esbozos, pero ella nunca hablaba de ello. Hasta esa noche después de haberme roto el diente. El padre de Dolors había muerto de cáncer 2 años antes, una rápida metástasis lo llevó a la tumba dos meses después de la noticia del médico. Hasta aquí seria una historia trágica soportable, pero la de Dolors llegó más lejos, era una de aquellas historias de las que nunca se puede salir del todo. Su madre, ya antes de la muerte de su marido, había empezado a manifestar los síntomas de la esquizofrenia, después de la muerte su estado empeoró, y la enfermedad se desarrollo con toda libertad. En cuestión de meses, Dolors había perdido a su padre y, en cierta manera, también había perdido a su madre. Además, tenía una hermana mayor que avasallada por la desgracia familiar no supo dar el salto a la nueva realidad que se le presentaba, y a su vez desarrolló depresión asaltada por momentos de rabia intensa. Esa era la realidad de Dolors. ¿Cómo odiarla? El diente me costaría a mi 1200 euros y 3 años de tratamiento, cirugía, dolor y mal aspecto, pero la vida de Dolors ya estaba destrozada desde mucho antes y hasta mucho después.
Y mi familia era normal, o eso parecía.
Pero, ¿Por qué cambió el diente mi vida? Porque hasta ese momento yo no había sido consciente de la perfección de mi belleza, y con eso no quiero decir que deba ser miss universo o algo parecido, trato de llamar “la perfección de mi belleza” a esos rasgos particulares que me proporcionan una belleza determinada y peculiar, no al gusto de todos, no soy una belleza de esas que solo negaría una novia celosa, soy más bien algo peculiar y atractivo en su conjunto. Pero solo fui del todo consciente una vez que se produjo el accidente del diente. Y descubrir que a los catorce años acababa de perder mi perfección, por Dios! Yo aún tenía que conocer a mil hombres… y esa grieta no iba a borrarse. Todo lo contrario, iba a aumentar con lo años y el tabaco.
Ahora con los años, existe una evidente separación entre ese diente y el resto de dientes, además si me río sin control el labio superior deja ver la casi totalidad del diente, ya que la encía nunca llegó a bajar. Es un estorbo y me hace sentir fea. Ese diente, es algo que me arrebataron injustamente, pero que nunca pude reclamar. Es el recuerdo constante de Dolors y su familia. De la destrucción precipitada de mi boca y en cierta manera, el símbolo de la condena a parecer una roquera envejecida precipitadamente. Ese diente es la constancia de la perpetuidad de las marcas, la memoria de las grietas. Cuando somos pequeños tenemos la sensación que todas las heridas se curan, que después de cada golpe volvemos a ser los mismos. Pero cuando la rotura del diente se estableció en mi fisonomía, vino a decirme que algunas heridas nunca se van y que algunos hechos son irreversibles.
jueves, 10 de julio de 2008
LA AMANTE
¿Quién le has dicho que soy?
Que soy tu amiga de la infancia, una compañera del trabajo, un personaje de tus soledades… Dime, ¿en quién me has convertido?
Pero yo sé lo que soy:
Soy el reverso de tu moneda.
Soy el cigarro que se cae al suelo escurriéndose de entre tus dedos mientras la miras a ella pero te acuerdas de mí.
Soy la mirada perdida.
Soy lo que a ella no vas a hacerle.
Soy tus pensamientos bajo la ducha de la mañana, los suspiros que acompañan tus cafés.
Tu gesto perdido tras mi último paso antes de la esquina.
Voy a ser tu deseo irreverente que no se apaga sobre otra.
Me voy a convertir en la desidia de tus días, en tu mal humor de las mañanas.
Que soy tu amiga de la infancia, una compañera del trabajo, un personaje de tus soledades… Dime, ¿en quién me has convertido?
Pero yo sé lo que soy:
Soy el reverso de tu moneda.
Soy el cigarro que se cae al suelo escurriéndose de entre tus dedos mientras la miras a ella pero te acuerdas de mí.
Soy la mirada perdida.
Soy lo que a ella no vas a hacerle.
Soy tus pensamientos bajo la ducha de la mañana, los suspiros que acompañan tus cafés.
Tu gesto perdido tras mi último paso antes de la esquina.
Voy a ser tu deseo irreverente que no se apaga sobre otra.
Me voy a convertir en la desidia de tus días, en tu mal humor de las mañanas.
¿RUINAS?
La inmensidad oceánica de esta vista, de esta perspectiva aérea.
Monumentos de un tiempo que se me antoja demasiado estable e inamovible.
Es la intuición de una pérdida, el vestigio solitario y melancólico de algo que es mágico, pero que antaño fue mágico e importante, presente y compartido, transportado por este aire que corre libre entre monumentos sobrehumanos.
Monumentos de un tiempo que se me antoja demasiado estable e inamovible.
Es la intuición de una pérdida, el vestigio solitario y melancólico de algo que es mágico, pero que antaño fue mágico e importante, presente y compartido, transportado por este aire que corre libre entre monumentos sobrehumanos.
ESOS DÍAS EXTRAÑOS
Hice el amor a solas mientras sobre mi cabeza dos nubes de tempestad se unían.
Cuando abrí los ojos estaban juntas; y tuve la sensación que la lluvia ya había empezado y faltaba poco para que las primeras gotas llegaran hasta nosotros.
Recliné un poquito más la cabeza en la almohada; la luz que entraba por la ventana era precoz y resentida, y ya no nos iba a dejar ver los colores de la tarde, nos iba a precipitar en lenta y efectiva agonía hacia la rehuida noche de domingo.
Cuando abrí los ojos estaban juntas; y tuve la sensación que la lluvia ya había empezado y faltaba poco para que las primeras gotas llegaran hasta nosotros.
Recliné un poquito más la cabeza en la almohada; la luz que entraba por la ventana era precoz y resentida, y ya no nos iba a dejar ver los colores de la tarde, nos iba a precipitar en lenta y efectiva agonía hacia la rehuida noche de domingo.
CAFÉ MEXICANO
Se sentó a contemplar el sol llenándole la taza de café caliente. Dejó que los rayos le calentaran la espalda mientras observaba la estancia; estaba llena de cosas que no le pertenecían y de las cuales desconocía su pasado, eran simples objetos. Por la ventana se veían las copas de las palmeras; si decidía levantarse vería la ciudad despertar. Pero sólo si conseguía decidir, y estaba demasiado aturdida para decidir. Agarró el café con fuerza y esperó que alguien apareciera abriendo la puerta de la estancia y la sacara de su letargo.
TRAYECTO HACIA EL AEROPUERTO
Miró sus zapatos reflejados en el cristal de la ventana. Cuando el tren no se movía aparecían más nítidos y consistentes. En cambio, durante el trayecto la imagen perdía fuerza. Parecía como si los zapatos reflejados tuvieran miedo a perderse en algún momento del recorrido, y para poder continuar el viaje se fundieran con el verdadero paisaje tras el cristal, utilizando toda su energía en alcanzar la velocidad necesaria para no despegarse de su reflejo y llegar a la próxima estación.
Pensó que así era la vida, que a veces estábamos dentro del tren con la próxima estación cómodamente asegurada; y a veces estábamos fuera, corriendo tras aquello que queremos asegurar.
Pensó que así era la vida, que a veces estábamos dentro del tren con la próxima estación cómodamente asegurada; y a veces estábamos fuera, corriendo tras aquello que queremos asegurar.
OTRA VEZ
El final de las cosas.
De los planes que haces.
De los plazos que compras.
De las relaciones que tienes.
El final de una época.
Otra vez. Otra vez. Otra vez.
Siento el peso del tiempo sobre mis pensamientos que caen como frutas maduras a cada hora.
De los planes que haces.
De los plazos que compras.
De las relaciones que tienes.
El final de una época.
Otra vez. Otra vez. Otra vez.
Siento el peso del tiempo sobre mis pensamientos que caen como frutas maduras a cada hora.
NO SÉ POR QUÉ
Me observas en cada rincón de la casa. No sé por qué.
Me sigues del comedor a la cocina; y en la cocina, te esperas conmigo. Observándome. No sé por qué.
No consigo saber por qué me abrazas cuando de repente te levantas de la silla.
Te miro y pienso que la lógica no existe para describir la pregunta. ¿Por qué tiene que haber en esos gestos un por qué?
¿Los enamorados se preguntan por qué?
No. Los enamorados se quieren.
Me sigues del comedor a la cocina; y en la cocina, te esperas conmigo. Observándome. No sé por qué.
No consigo saber por qué me abrazas cuando de repente te levantas de la silla.
Te miro y pienso que la lógica no existe para describir la pregunta. ¿Por qué tiene que haber en esos gestos un por qué?
¿Los enamorados se preguntan por qué?
No. Los enamorados se quieren.
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