Abrió los ojos y por primera vez en mucho tiempo sintió que algo había cambiado drásticamente. Este sentimiento le pasó fugazmente por la cabeza y fue eliminado en seguida porque venía acompañado de una sensación oscura que la ponía nerviosa.
Las estrellas fluorescentes en el techo de su habitación de niña permanecían allí como si el tiempo no hubiera pasado y la capa de ozono siguiera tan limpia y reluciente como 15 años atrás. Entre la Osa Menor y la Osa Mayor, estaba la constelación que ella y su hermana habían dibujado y posteriormente bautizado como Cele una combinación de sus nombres: Cecilia y Leticia. Como todo en casa de sus padres la habitación estaba impoluta y perfectamente ordenada, se adivinaban espacios vacíos en las estanterías, seguramente recuerdos que se habían ido en una de las múltiples visitas que las niñas habían realizado al hogar paterno. Ella misma recordaba haberse llevado una concha de mar que había guardado desde pequeña. Era una concha de mar con una extraña forma, impropia de los moluscos o los corales, pero bella en su deformación. Cecilia la había atesorado desde niña y en una visita, antes de marcharse a L.A. se la había llevado, como si la concha fuera a mejorar en algo su existencia, o al menos hacer compañía a su deformación interior. Más tarde la había olvidado o perdido en uno de sus múltiples traslados. Supuso que había cumplido su papel.
Después de disfrutar un rato del tacto de las sábanas y la quietud de la habitación se levantó. No se calzó, en casa de sus padres el suelo estaba tan limpio que podía ahorrárselo, aunque supiera que en el preciso instante que entrara a la cocina para comer algo su madre le dejaría ir un: “Cecilia, que mala costumbre de no calzarte, vas a coger frío”.
Su madre estaba tomándose un café frente al televisor de la cocina, hacía años que se lo habían prescrito, pero ella seguía sus propias reglas.
Cecilia abrió la nevera con la intención de prepararse un desayuno y al hacerlo descubrió que tendría que poner mucho de su parte para poder sobrevivir con sus padres de nuevo. Todo lo que había en los estantes de la nevera estaba lleno de calorías o carbohidratos, grasas saturadas y millones de ingredientes artificiales que contribuían al aumento de peso que ella no podía permitirse. Menos, ahora que debía empezar de nuevo en esa ciudad, y ya no era una niña. En realidad tenía 35 años, pero bajo su punto de vista, había muchas oportunidades esperándola. Era en esta ciudad donde había dejado a sus antiguos amigos, a los que no había llamado ni una sola vez desde que se fue y a los que despreciaba con la indiferencia en el correo electrónico. También la cadena de televisión que le dio fama y dinero en sus primeros años como actriz estaba aquí. Decir “primeros” era una mentira, porque habían sido únicos aunque Cecilia tratara de clasificar a los años que siguieron como años de estudios de actuación y participación en pequeños papeles como entrenamiento en su carrera, la verdad era que después de esos años de joven ídolo de adolescentes, Cecilia no había logrado nada. Nada más allá de acostarse con productores y esnifar toda la cocaína del mundo. Cualquiera pensaría que es lo que corresponde a una joven actriz que aspira a continuar su carrera, y así habría sido, si en medio de todo esto no hubiera surgido la enfermedad. La enfermedad fue un parte aguas en su carrera y en su vida, después de ella no hubo más que ruina y un declive imparable que todavía no había llegado a su fin.
En su habitación nueva, que en realidad era la que la había visto crecer, Cecilia empezó a deshacer las maletas. Colgó sus vestidos escotados en el armario de color rosa con acabados florares blancos donde antes había estado su uniforme escolar. Sujetadores de todos lo colores, con y sin tiras, todos con espuma que le moldeaban los pechos y los hacían parecer redondos y perfectos. Bragas, medias, los zapatos ordenados junto al armario. Luego salieron las pastillas, los 3 paquetes de pastillas que debían acompañarla a todas partes. Después de mucho tiempo se había concienciado que debía tomarlas. Sin ellas su frágil estado mental no podía regularse y eso le había ocasionado embarazosos disgustos y evidencias públicas. Afortunadamente la gente que los había presenciado ahora quedaba atrás.
Tenía la oportunidad de empezar de nuevo y esas pastillas eran sus mejores amigas y aunque las odiara, porque creía que podían hacerle aumentar de peso, sabía que sin ellas no sería capaz de nada.
Cecilia se puso a llorar, sin dejar de deshacer las maletas se fue al baño a buscar papel higiénico y continuó su tarea. Era algo que le sucedía con frecuencia, estaba en el acto más estúpido cuando de repente las lágrimas la invadían y se ponía a llorar sin poder evitarlo. No encontraba conexión alguna entre las lágrimas que surgían espontáneas como si fueran las dueñas de su persona y lo que sucedía en el mismo momento. Había empezado a sucederle antes de que le prescribieran la enfermedad.
Un día se presentó a un casting para una comedia barata. Recién duchada, se había maquillado intentando tapar las ojeras y su aspecto desmejorado. Había salido de fiesta y aún tenía aliento a alcohol. Mientras esperaba en la sala contigua, ingería uno tras otro chicles de menta. Estaba nerviosa. Ese nerviosismo día tras día, noche tras noche no la dejaba en paz. No era capaz de descansar y mucho menos de concentrarse. Tenía en las manos las breves líneas que deberían ser pronunciadas tras la puerta en su casting. Movía los pies e ingería chicles de menta. El resto de aspirantes parecían tranquilas y seguras de sí mismas. Cecilia leía las frases y las repetía en voz baja. Pero a la mitad, aunque las pronunciara adecuadamente siempre creía equivocarse y miraba el papel. Era incapaz de concentrarse. Entró como siempre aparentando frescura y simpatía, dedicó una sonrisa juvenil a cada uno de los presentes y se colocó delante de las cámaras como si durmiera con ellas cada día. Recuperó un poco la seguridad y por un momento se dijo que podía hacerlo. Empezó sus frases y a mitad, las lágrimas. Imparables, fuera de control. Primero no se dio cuenta, pero después la voz se le empezó a quebrar, tenía las mejillas mojadas y mocos en la nariz. Esa fue la primera vez. Aún no sabía que tan mal iban las cosas.
jueves, 5 de febrero de 2009
martes, 27 de enero de 2009
dulce de leche
Hoy me sentía triste cuado miraba el bote gigante de dulce de leche. Las excavaciones de las cucharas habían dejado arañazos a lo largo del interior del bote y si no hubiera sido porque dentro era muy oscuro hubiera visto las entrañas de azúcar. Entonces recordé del día en que le pregunté a Manuel como sentía la presión del tiempo. Me había dicho que él se sentía en el interior de un tanque sin oberturas que iba llenándose de agua y que en algún momento llegaría a ahogarle. Me acuerdo que pensé que tristeza. Estábamos sentados en el balcón del hotel, era muy noche, apenas se veía el mar, yo bebía mezcal y me fumaba un cigarrillo, él solo estaba. Siempre debí saberle a vicio. Estoy casi segura de que él no conocerá esta sobriedad que a ratos me pone tan triste. Creo que tenía razón al pensar que el cigarro era una manera de evitar la vida, si una se la fumaba, siempre podía evitar que la vida se la fumara a una.
viernes, 23 de enero de 2009
Esta noche cocina el inconsciente
Ya de noche, en la cocina, coinciden mi padre y mi madre. Ella, aunque está cansada, aunque no quiere, aunque no tiene la obligación y nadie la presiona, le pregunta a mi padre si quiere un frankfurt para cenar. Mi padre le responde que sí. De mala gana se pone a calentar la salchicha, mi padre, ciego él pero no de la vista, le pide a mi madre que se lo ponga en el pan. De peor gana mi madre saca una barra de pan del cajón y cuando va a abrirla por la mitad, mi padre le pide que se lo haga al estilo Alemán, es decir, que le haga un agujero central a la barra de pan e inserte la salchicha en medio. Entonces, harta, mi madre se gira, agarra la salchicha con las manos y literalmente la hunde en el pan como si con ese trozo de carne pudiera excavar en el pan hasta llegar al centro de la tierra. Mi padre, atónito, se queda mirándola y acto seguido explota en un ataque de risa. Minutos después, tras decir unos cuantos tacos e imprecaciones, mi madre, vencida por la risa de mi padre, también acaba destornillándose de la escena.
miércoles, 21 de enero de 2009
Esas disertaciones estériles que tanto me gustan
Ya no me asusta la nueva redondez de mi cara. Quien le hubiera dicho a la Liliana adolescente que eso iba a suceder algún día. Nunca me hubiera creído, en ese momento ante semejante comentario hubiera girado la cara, desviado la mirada del espejo y detenido por un solo instante sus ejercicios de mandíbula reductores de papada para dedicarme una mirada incrédula y desdeñosa como el adolescente que cree que ya descubrió todos los secretos de la vida. No somos nada, cada día creemos que por fin hemos llegado al momento de lucidez exacto que nos servirá de timón para el resto de nuestras acciones, pero cada día tiene un ayer y un mañana, y por eso siempre resulta que estamos en el mismo punto. Con los años algo avanzamos y solo el tiempo sigue siendo el maestro que todo nos lo enseña. Me pregunto porque no serán nuestros dioses personificaciones de esa inexorable máquina que todo lo hace y deshace. Tal vez las representaciones de la madre naturaleza con sus estaciones se acercan vagamente a él. Me pregunto también, si realmente existieran los vampiros, si no serían ellos los verdaderos sabios de la humanidad. Porque está claro que nosotros por lo pronto de sabios no tenemos nada.
martes, 13 de enero de 2009
¿Dónde pongo la bomba?
Si no estoy tirando bombas no estoy haciendo nada. Esa es la sensación que tengo cuando me asaltan las dudas sobre el fin del mundo y descubro la veta de una cadena de engaños seculares de los que no era consciente hasta ese momento. Debería estar bombardeando a todos esos señores infames y a las televisiones y bah!... nunca se iba a acabar esta cadena. Entonces solo tengo ganas de tomar una mochila con lo imprescindible e irme a andar mundo, vivir el presente, retratar el ahora, el conflicto, el llanto y la injusticia. Y en esta última frase estoy exponiendo mis deseos más profundos. También se necesitará gente de la normal cuando todo esto suceda – Me dice Rafa. Y entonces me siento como en una película de ciencia ficción tipo Encuentros en la tercera fase. Soy de las normales ¿Pero qué voy a hacer con este deseo de no serlo? Es esta una enfermedad también de nuestra generación y yo aún no encuentro una medicina, una jeringa directa al ego que elimine esas ansias terribles y vergonzosas y que me convierten en una hipster en potencia, una más de las representantes del trash cultural y el consumo inconsciente de nuestra época. Para colmo tengo un blog. Soy lo peor.
jueves, 8 de enero de 2009
De puntitas
“¡Liliana, por el amor de Dios, pon los talones en el suelo!” Me decía a mi misma hoy en el gimnasio. Si hubiera estado mi madre y pudiera leer los pensamientos, nos habríamos mirado a los ojos y después nos hubiéramos descojonado de risa. ¿Cuántos años me había dicho ella y había tenido yo que oír, Liliana pon los pies rectos!? Por lo menos 7 años consecutivos. Y digo esa cifra porque me es imposible cuantificar cualquier hecho de la infancia, pero durante muchos años tuve que escuchar a mis padres diciéndome que no torciera el pie, que no lo metiera pa’ dentro, que me fijara en como caminaba, y un sinfín de expresiones más al respecto. No es que el día de hoy yo estuviera corrigiendo un defecto grave, simplemente es que si me paso la clase haciendo los ejercicios de puntitas, me canso más y me veo peor en el espejo. Pero el regaño íntimo que me hice me trasladó a mi infancia y a mis pies torcidos. Por culpa de una rebeldía física: mi pies se empeñan en poner las puntas hacia dentro, me pasé mi infancia con la cabeza gacha controlando mis pies o con la cabeza alta levantándome del suelo. De niña durante al menos 1 año tuve que dormir con un aparato en los pies; dos zapatos estilo Remy pegados a una barra de metal de unos 70 cms. Una vez ponías los pies en ese aparato ya no podías unir las piernas ni torcer los pies, estabas obligada a dormir boca arriba y con los pies abiertos o bien de lado y con un pie en el aire que se acabaría quedando sin sangre tarde o temprano. Esa parte de mi torcedura sí era un auténtico suplicio. Recuerdo haberme despertado desesperada en mitad de la noche gimiendo por un cambio de posición en la cama. Había partes que también dolían, por ejemplo, si corría, mi pie derecho se torcía tanto que el izquierdo acababa tropezándose y los dos terminaban cayéndose y en consecuencia, yo también. Así me hice muchas heridas en esos años. Durante un tiempo mis padres me obligaron a cambiarme los zapatos de pie; o sea, el pie derecho en el zapato izquierdo, y el pie izquierdo en el zapato derecho. Así mis pies seguirían una pauta más abierta… aunque bien hubieran podido convertirse en los primeros pies transvertidos de la historia. La cuestión es que en algún momento se arregló, después de mucho insistir conseguimos que mis pies entendieran que la dirección correcta era otra, y que aunque estuvieran enamorados el uno del otro, no debían mirarse en pro de un futuro mejor. Y ahora al menos solo camino de puntitas en el gimnasio, un mal menor.
sábado, 3 de enero de 2009
Necesito un consejo para explotar
Me gustaría ser una taza de cerámica y que un martillo me hiciera saltar en pedazos. O una botella de cristal que explota en el congelador. No un yogurt que revienta en el microondas, pero sí un bloque de concreto que detona y desaparece. Un montón de papeles que se lleva el viento de una bocanada. Un cubo de agua que cae al suelo. Estornudar. ¿Me explico?
viernes, 2 de enero de 2009
Oda al auto-boicot
No sé si seré la única, pero hay algo que amarga mi existencia desde que de muy pequeña lo sentí por primera vez: el auto-boicot. De niña, cuando sucedía algo que me contrariaba o me disgustaba a menudo sentía la necesidad de hacer un berrinche que fuera molesto para mis progenitores, pero sobretodo que fuera molesto para mi misma. Entonces hacía algo que me perjudicara. A saber; si teníamos que ir a comer a un lugar que me encantaba, yo me negaba y prefería quedarme sola en casa de mi abuela. Una vez hecho esto me pasaba la tarde imaginando que bien estarían comiendo mis padres aquello que tanto me gustaba a mi. A medida que fui creciendo empecé a identificar y separar ese sentimiento del resto. De adolescente me volvía a suceder, y entonces me castigaba, ya no solo no yendo donde quería, sino dejando que alguien más comprara lo que yo deseaba o perdiendo oportunidades únicas. Quería que el castigo fuera más fuerte, que fuera doloroso, y ese dolor lo encontraba rápidamente rechazando algo que sería inalcanzable por siempre más. Así dejé pasar varias ocasiones y oportunidades que no se repetirán. Algunas cosas que no hice hubieran hecho felices a gente que he perdido. Durante un tiempo ese sentimiento se escondió. Creo que fue después de la adolescencia, entre la multitud de sentimientos y descubrimientos nuevos, el auto-boicot dejó de estar tan presente. Al volver lo hizo con fuerza renovada e inesperada para mi. Es como si todo ese tiempo hubiera estado hibernando y reponiéndose para volver con la fuerza necesaria para atraparme de nuevo. El auto-boicot se manifiesta ahora en cosas mucho más importantes en mi vida, sobretodo en mis relaciones. Por ejemplo, pienso algo, decido que voy a ser amable, cojo el teléfono llamo, y entonces no sé porque, lo juro, hay algo que hace que mi cabeza cambie de opinión por si sola y de instrucciones que yo no apruebo: si quiero ir a ver esa persona, no iré a verla, si quiero acompañarla a la montaña el día de mañana, no sé si podré. Y así me castigo. Casi siempre sucede esto cuando hay un motivo, por lo general insuficiente, que me hace sentir mal, un pequeño rechazo puede generar en mi, no una furia hacia la otra persona, sino una furia autodestructiva. Como estos últimos días ha hecho méritos suficientes para dedicarles una oda amarga, hoy he decidido ponerlo por escrito, a ver si así se calma un ratito.
martes, 30 de diciembre de 2008
Milagrito
Después de 4 paradas cardíacas, 19 operaciones en la cabeza, 7 paradas respiratorias y 7 meses en terapia intensiva, la llamaban Milagrito. Yo sólo tuve oportunidad de verla unos minutos, me tropecé con ella en la entrada de su casa. Yo entraba de huésped, ella barría de hotelera. O más bien, de hija de hotelera, porque ahí la que llevaba el negocio y la voz cantante era Yakelín, la matriarca de la familia. La enfermera de Caibaren que se había casado joven y como segunda hija había tenido a Milagrito. A la niña cuando era todavía muy pequeña, le tocó ser testigo accidental de un pleito entre un pescador y un local. Nunca pregunté porque se inició el pleito, pero el caso es que la niña estaba ahí, distraída y haciendo cosas de niñas cuando el proyectil del arpón se incrustó en su cabeza. Y luego sucedió todo eso: 4 paradas cardíacas, 19 operaciones, 7 paradas respiratorias y 7 meses en terapia intensiva. Le cambiaron el nombre, de Mairena pasó a Milagrito. Y sin saberlo le habían cambiado la vida. Tal vez ella jamás se dio cuenta o ni siquiera alcanzó a recordar a Mairena. A lo mejor ahora solo la ve en contadas ocasiones, como cuando posa para que le tomen fotos y entonces sin quererlo y sin saber como, invoca a Mairena que se aparece en su semblante serio. Pero por lo demás Milagrito no se acuerda de Mairena. Milagrito tenía 16 años, y a esa edad ya sabía que para ella en aquel pueblito no habría nadie. Su cara había quedado desfigurada por la multitud de operaciones y aunque se pusiera el pelo delante y casi siempre pudiera disimular las cicatrices, el volumen irregular la delataba. Milagrito sabía que sus mejores momentos eran los 5 primeros minutos de cualquier encuentro. Ese era el tiempo en que el interlocutor solía dudar de sus capacidades. Salía en ese momento una Milagrito tímida y sonriente, amable, acreedora de algún sencillo secreto. ¿Cómo podría conquistar ella a un hombre en esos 5 primeros minutos? Cuando yo la vi estaba barriendo silenciosa la entrada de la casa de renta en la que nos alojábamos. Llevaba una camiseta rosa chillón apretada que le amoldaba los pliegues de carne, el pelo suelto, unos pantalones negros y varias alhajas en las manos. Casi no nos dijo nada, nosotros tampoco, pero su madre nos detuvo unos pasos más tarde. Ella es mi hija. Nos volteamos corteses a verla. La saludamos, ella nos devolvió un cabezazo amable. ¿Qué les parece? Abuela tan joven… Y sí, precisamente estaba mirando la barriga de la chica cuando lo dijo. Para ese momento nosotros todavía no sabíamos nada de su historia, así que dejamos pasar el embarazo como un hecho cotidiano en la historia de los pueblos. Al día siguiente Yakelín nos contaría todo lo que yo he escrito y las dimensiones del embarazo serían diferentes. Entre la multitud de parches que las operaciones habían dejado en Milagrito había dos que convertían su embarazo en un riesgo: la epilepsia y la meningitis. ¿Cómo entonces había osado Milagrito embarazarse? La prisa que infunda el miedo. A su corta edad había pensado que ningún hombre iba a quererla jamás y había visto esto como una catástrofe ilimitada, entonces esperó ansiosa al primero que quisiera aceptarla y se ofreció a él por entero. No sé si Milagrito contaba con el embarazo o si él contaba con el embarazo, pero la cuestión era que ahí estaba. Yakelín creía que todo había sucedido porque el tipo, mayor que Milagrito y en sus plenas capacidades, quería aprovecharse del negocio familiar – la casa de renta – y embarazando a Milagrito se había unido de manera irreversible a esa familia. Independientemente de la resolución de la historia, después de la experiencia que le espera, Milagrito en sus escasas posibilidades tal vez descubra algo fundamental de la vida: no es necesario atarse para amar ni sufrir para ser amada.
lunes, 29 de diciembre de 2008
pausa
Cuando estoy triste pienso: ¿Estarás conmigo solo porque estás tan sólo como yo? He tenido la sensación de aburrirte, de hacerte insatisfecho, de dejarte ansioso por aquello que estabas buscando y sin embargo, en el momento de pausa me miras y me dices te quiero. Ya sé que en realidad lo hacías más antes. Ahora yo también he aprendido a hacerlo. ¡He aprendido tantas malas costumbres! Se me dan bien. Y es que yo en realidad creo que los gatos tienen 5 patas y que 3 más 3 son 7. Pero mientras resuelvo mis enigmas podemos darnos una pausa.
sábado, 27 de diciembre de 2008
soy adicta a los 3 primeros meses
A veces pienso que soy adicta a los primeros 3 meses. Después de esa barrera temporal todo se desvanece. Lo que parecía ser un futuro prometedor se suele convertir en un presente ilusorio y poco atractivo, las virtudes que tanto me hacían vibrar se vuelven escandalosos detalles idiosincrásicos que me erizan los nervios. Y siempre es así. Pocas veces mi amor supera esa barrera. Debo ser una especie de amante a corto plazo. Últimamente la madurez me ha traído un poco más de persistencia y tolerancia, así que puedo alargar mis relaciones unos 2 meses más con la elegancia de quien está de vacaciones y no puede regresar a su trabajo porque ha perdido el vuelo. Suena horrible, lo sé. Pero no solo para ellos, para mi también. Tal vez más. Ellos no se cansan de tropezar siempre con la misma piedra. En cambio yo parezco ejemplificar en mi misma el dicho “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.” Porque no creáis que en cada nueva relación no pienso que realmente ese amor es verdadero, y casi siempre lo es, pero también pienso que es duradero, y aunque lo crea como la más fanática beata, resulta no serlo. Así que imaginaros que frustrante ha de ser estar en mi situación. Es como si estuviera continuamente viendo espejismos de oasis en un desierto. Corro hacia ellos, estoy a punto de tocarlos y pum! se desvanecen. Paso un pequeño (para que vamos a engañarnos) período de duelo y como el hombre vive de esperanza, al poco tiempo ahí estoy de nuevo: enamorada del amor.
sábado, 20 de diciembre de 2008
deseos
Yo recuerdo haber sido la niña que le gritaba Cabrón a su abuelo en el vídeo familiar. Tengo recuerdos de haber sido la niña que después de caerse 5 escalones llegaba al suelo y rechazaba la ayuda diciendo ya está, ya está. Recuerdo también abrirme la rodilla con el alquitrán en grano al huir de la pescadería con el canasto de mi madre en un acto heroico ¡Y ahora me siento tan lejos de todos esos recuerdos! Busco esa niña día tras día. A veces pienso que tal vez con espartanismo y ascetismo lo pueda conseguir, entonces dejo de fumar 15 días, no bebo y salgo poco. Atisbo algo de lucidez en esa sobriedad, pero siempre llega un momento en que acabo abandonándome de nuevo. No soporto estar en un único estado de consciencia. Me aburre. Pienso luego, que nunca podré tocar a esa niña de nuevo. Que nunca alcanzaré mis metas porque soy una perezosa, una alma sin voluntad. Y me odio con vehemencia. ¿Debe una luchar por algo que no le es natural? ¿No deberían ser nuestras metas iguales a nuestros deseos? Tenía mucha razón, quien hace un tiempo, me dijo que lo verdaderamente difícil es saber lo que deseamos realmente. Porque haceros la pregunta: ¿Qué es lo que deseáis? Sinceramente, es complicado responder a esta pregunta sin pasar por la barrera de “lo que escogisteis desear” y prometisteis conseguir, y que de no hacerlo, será alta traición al propio ego. Así que muchas veces más nos vale responder una mentira y seguir fingiendo que realmente deseamos lo que escogimos, hacer creer que somos firmes en nuestros propósitos para que nos tomen en serio y que estamos dotados de cierta clarividencia mental que nos conducirá irremisiblemente a la meta. Imaginaros ahora la meta. ¿De qué valdrá si no es realmente lo que deseamos? Me pregunto si nos conformaremos en haber logrado lo que aparentamos y si eso nos dejará tranquilos por el resto de nuestra existencia.
viernes, 21 de noviembre de 2008
el lobo estepario

Eres como un Lobo Estepario. Solo te juntas para procrear. – Casi no podemos mirarnos a los ojos, pero estoy segura que él me está clavando la mirada tanto como yo a él. De vez en cuando, las luces de Navidad de la vecina me permiten ver con más claridad, entonces trato de buscar algo en su rostro, algo que me haga comprender que es lo que él busca exactamente. ¿Ah sí? Sí, no te creo cuando dices que si tuvieras hijos nunca los dejarías al otro. Estoy seguro de que tú los abandonarías con más facilidad. Ciertamente no se anda con rodeos. Siempre le digo que es un kamikaze, y él lo reconoce. Trato de pensar en lo que me dice, de no buscar que es lo que quiere decir cuando me dice eso, que es lo que pretende él, qué efecto dramático busca en mí o aún peor, cómo se aprovecharía él de esa hipotética situación si jamás se convirtiera en realidad. Pienso, me concentro. Puede ser. Hay dos escenarios opuestos: y en los dos soy esclava. Inmediatamente se me resbalan dos lágrimas, no por lo que él me ha dicho, sino por lo que yo acabo de decir. En una profunda parte de mí sé que tengo toda la razón y me aterra. En mi mundo futuro la única forma de salir de la esclavitud es no tener hijos. No haberlos tenido nunca. Sé Este último pensamiento una Lili futura lo formulará en algún momento, y me odio por los pecados que aún no he cometido. Por eso lloro más y entonces él puede ver el sendero mojado que brilla con los colores de las luces de Navidad de la vecina. Le dejo el tiempo justo para que pueda verlo con claridad y luego le doy la espalda. Me abraza por detrás, ¿Estás llorando? - Sí. Perdón, no quería ofenderte ¿Me perdonas? – No me has ofendido. Y aunque sé que sí, que sí querías provocar en mi este llanto, que te lo concedo como un parte más de nuestra realidad trágica que tanto nos gusta, no me has ofendido. No eres tú, soy yo. Y aunque tal vez en realidad si quisieras ofenderme – yo no creo conocerte de siempre, pero te intuyo – no me ofendes. Me haces admirar el profundo pozo de petróleo que brilla en ti y que esconde esa basta inteligencia que no sé todavía hacia donde va.
domingo, 16 de noviembre de 2008
siesta de sábado
Estoy tumbada en su cama. Miro el techo escarapelado, la pared quemada por el lugar por donde aparece el cable y cuelga la bombilla desnuda. Los trozos de yeso penden tranquilamente sobre nuestras cabezas. “Algún día se nos caerán encima mientras dormimos” pienso. Y me acuerdo de que seguimos en la cama, dormimos. Me he despertado a mitad de siesta sin ser consciente. Me doy cuenta de que esta pequeña vigilia no durará mucho. El letargo de hoy nos tiene atrapados. Sigo observando. Dos toallas que cuelgan de la ventana, una de cada lado. A veces las usa de cortinas, cuando no quiere que entre el sol o que algún vecino nos vea. Ahora da igual, están colgando y puedo ver sus contornos deshilachados por el uso. Todo aquí está tremendamente usado.
La música sigue sonando. No sé que es. Música clásica. No molesta. Cerca de su nuca, al otro lado, la luz roja del contestador automático parpadea. Así está desde ayer. “No han dejado mensaje, colgaron” – pero la luz roja sigue parpadeando como si allí hubiera algún mensaje guardado, esperando. Desconfío y esa lucecita roja me lo recuerda. Infinidad de libros y películas nos rodean. Apenas hay espacio para meter los pies entre ellos y la cama. A pesar del uso y el desorden la cama es cómoda, muy cómoda. Tan cómoda que me permite dormir más de 12 horas sin sentirme culpable. Él sigue tumbado. Durmiendo. Dice que yo no podría observarlo mientras duerme. “¿Tú crees?” le contesto con tono desafiante. “Sí, tengo el sueño demasiado ligero. “ Pero se equivoca, como cuando me dice que no soy tan fuerte como me gustaría. Soy tan fuerte, que a veces me gustaría ser débil.
La música sigue sonando. No sé que es. Música clásica. No molesta. Cerca de su nuca, al otro lado, la luz roja del contestador automático parpadea. Así está desde ayer. “No han dejado mensaje, colgaron” – pero la luz roja sigue parpadeando como si allí hubiera algún mensaje guardado, esperando. Desconfío y esa lucecita roja me lo recuerda. Infinidad de libros y películas nos rodean. Apenas hay espacio para meter los pies entre ellos y la cama. A pesar del uso y el desorden la cama es cómoda, muy cómoda. Tan cómoda que me permite dormir más de 12 horas sin sentirme culpable. Él sigue tumbado. Durmiendo. Dice que yo no podría observarlo mientras duerme. “¿Tú crees?” le contesto con tono desafiante. “Sí, tengo el sueño demasiado ligero. “ Pero se equivoca, como cuando me dice que no soy tan fuerte como me gustaría. Soy tan fuerte, que a veces me gustaría ser débil.
sábado, 25 de octubre de 2008
llueven mangos
Una pide mangos y le llueven mangos – me dice Alice por mail. Tal vez tenga toda la razón, pedimos cosas a manos llenas pensando que el destino es incorruptible y que nunca obtendremos lo que pedimos. Esa suposición de imposibilidad nos hace libres del miedo, no creemos que nos den lo que anhelamos, pero tampoco las consecuencias que esos deseos podrían traer. Y resulta que un día te levantas por la mañana y los mangos que habías encargado tres años atrás están bellísima y perfectamente empacados en la puerta de tu casa con una nota de entrega: Para Liliana. Los mangos.
Zas. Los mangos, caray. ¿Y ahora que hago yo con los mangos? Es un chiste del destino. ¿Qué pasará con los anhelos de la semana pasada? - me pregunto.
Resulta un hecho muy curioso de todo esto: descubrimos que hay sentimientos verdaderos dentro de nosotros. Ajá. ¿O no hemos pensado todos, después de cierto tiempo, que nuestros sentimientos hacia alguien habían sido una mera ilusión, un espejismo? Pues resulta que dentro de todos esos sentimientos que pasamos a la maleta de viaje, hay algunos que fueron ciertos, tan ciertos que cuesta creer que los podamos dominar. Parecen entes autónomos con derecho a existir. Y aunque pongamos muchas oposiciones, miedos, experiencia y lógica sobre ellos, estos florecen sin reparos, alimentados por esos mangos que creímos que nunca iban a aparecer. Tres años después esos sentimientos vuelven a aparecer como lo hicieron la primera vez, y entonces no me queda más que admitirlos y aceptarlos, comerse los mangos a manos llenas, como quería. ¿Qué resultará de todo esto? No lo puedo responder. No puedo saber. Tal vez esté en este instante pidiendo cosas que lleguen en unos años para cambiar mi vida de nuevo.
Zas. Los mangos, caray. ¿Y ahora que hago yo con los mangos? Es un chiste del destino. ¿Qué pasará con los anhelos de la semana pasada? - me pregunto.
Resulta un hecho muy curioso de todo esto: descubrimos que hay sentimientos verdaderos dentro de nosotros. Ajá. ¿O no hemos pensado todos, después de cierto tiempo, que nuestros sentimientos hacia alguien habían sido una mera ilusión, un espejismo? Pues resulta que dentro de todos esos sentimientos que pasamos a la maleta de viaje, hay algunos que fueron ciertos, tan ciertos que cuesta creer que los podamos dominar. Parecen entes autónomos con derecho a existir. Y aunque pongamos muchas oposiciones, miedos, experiencia y lógica sobre ellos, estos florecen sin reparos, alimentados por esos mangos que creímos que nunca iban a aparecer. Tres años después esos sentimientos vuelven a aparecer como lo hicieron la primera vez, y entonces no me queda más que admitirlos y aceptarlos, comerse los mangos a manos llenas, como quería. ¿Qué resultará de todo esto? No lo puedo responder. No puedo saber. Tal vez esté en este instante pidiendo cosas que lleguen en unos años para cambiar mi vida de nuevo.
lunes, 20 de octubre de 2008
la fuerza centrífuga
El sábado por la mañana me desperté como muchas otras veces serpenteando. Tratando de buscar con mis nalgas un hueco en la cintura del otro. Una vez empiezo, y siempre que tengo ganas no puedo evitar empezar, no sé parar. Y así me encuentro en un espiral del que una no puede salir tan fácilmente. Estaba yo el sábado por la mañana, tumbada en la cama, con los ojos cerrados pero ya casi despierta, pensando en que debería parar lo que estoy empezando. Pero no puedo hacerlo, me cuesta resistirme, aunque me doy cuenta que la persona al otro lado no reacciona, lo cual, en estas circunstancias equivale a una rotunda negativa a mi propuesta de que seamos dos lagartijas. Es como si dejarme extinguir no fuera suficiente para detenerme. Podría sentirme mal por ello - pienso. Podría sentirme despreciada por hacer lo que estoy haciendo, prácticamente a solas. Pero ninguno de esos sentimientos me viene al corazón. Simplemente deseo, y eso, lo inunda todo. El deseo es egoísta. Me concentro en el placer que produce estar en contacto con una piel desnuda amable. Pero él se aparta. Definitivamente, no quiere. No quiere que encuentre el hueco donde acurrucarme a mi y a mis nalgas. No trato de pensar porque, ya sé porque, y no tiene nada que ver conmigo. Me gustaría poder pasar por encima de esos porques y pisotearlos hasta hacerlos añicos invisibles. Pero parece que no voy a poder. Cada héroe lleva su condena. La fuerza visible no es más que la victoria de los demonios internos de cada uno. Y él tiene derecho a tenerlos tanto como yo o cualquier otra persona. Así que para detenerme me verbalizo: por favor, levántate o no voy a poder dejar de serpentear. Y en el gesto de hacerlo, se cae al suelo. La persecución lo había llevado hacia el extremo de la cama y finalmente, había caído. Impagablemente ridículo – pienso. No él, sino la persecución a la que lo he sometido. Me tiraste de la cama – dice. De tu cama… - le contesto. Y ahora que le veo bien la cara puedo darme cuenta de que está sufriendo, y me siento mal. Me molesta convertirme en una presencia incómoda. Recojo mis cosas rápidamente mientras él se ducha – a mi no me ofrece ducharme – detalle, que aunque no hubiera aceptado, no se me escapa -. Sale tan rápidamente de la ducha que yo apenas me estoy poniendo los zapatos. El hombrecillo lucha contra el tiempo o contra el tiempo que aún le queda conmigo. En la puerta de su casa me despedí diciendo que iba a desayunar algo. No esperaba que me acompañara, ni debió haberlo hecho. La culpa mueve las manecillas del reloj del Conejo de Alicia. Entramos en el restaurante vacío y frío, nos dieron un expresso que no era expresso, y unos huevos a la cazuela que no eran a la cazuela, en sintonía con nuestra mañana que tampoco era mañana. Nos sentamos a comer incómodos, ahora yo también, uno al lado del otro, esperando que la comida nos llenara la boca para no tener que hablar. Y lo hizo durante un rato, aunque no lo suficiente para regalarnos un final feliz. Gracias por los cigarros que has dejado en mi casa - . Menudo comentario. ¿Ese es el resumen de la noche? ¿Gracias por los cigarros? - le contesté. No, bueno, también me lo he pasado muy bien. Me reí. No hace falta que lo digas así, pero tampoco que lo digas de la otra manera. Es que no tengo tanta paciencia. No sonó muy amable. Al cabo de unos minutos cogió la mitad de su bocadillo para llevar y se levantó con la excusa de que tenía mucho trabajo. Me dio un beso bastante largo, seguramente pensando que sería el último que me daría. Pero a las 9 de la noche de ese mismo día, rindiendo un homenaje al destino, ya me había llamado.
lunes, 29 de septiembre de 2008
salado pero dulce
Quería comer salado pero terminé comiéndome dos plátanos y un bowl de cereales. Cuando llegué a casa estaba tan nerviosa que no paraba de dar vueltas por el salón y la cocina. En algún momento mi cerebro debió centrifugarse y me confundí. Dos plátanos y un bowl de cereales, a pesar de que quería comer salado. Si pudiera suspiraría con profundidad y lloraría sobre el hombro de mi madre: ya estoy harta! – le diría. ¿De qué estás harta tú, que haces lo que quieres? – me contestaría. De no tener todo lo que quiero. ¿Todo? Bueno, la felicidad. Y dejaría que me acariciara el pelo mientras lloro a moco tendido. Pero el hombro de mi madre está cruzando el Atlántico y yo hace tiempo que no consigo llorar. Escribir esto debe ser una especie de sucedáneo. A veces pienso que la felicidad consiste en sacarle provecho a cada momento, no me refiero al Carpe diem sino a algo más duradero que el placer momentáneo. Que el provecho que saquemos a esos momentos sea para nuestra pequeña eternidad. El problema es que yo a veces me atraganto con la realidad, sobretodo cuando está sola.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
5 mandamientos
Si volviera 10 años atrás cambiaría muchas cosas, no por rectificar, sino por probar. Es decir, cometería el mismo error que en una existencia primeriza: el de ensayar con la primera y única oportunidad.
No fumaría, eso por supuesto. Trataría de olvidar el dulce recuerdo del humo y fingiría no saber que el olor de un hogar es menos acogedor si no se fuma. Me ahorraría así, las paranoias de cánceres malditos y el prematuro tinte amarillo de mis dientes.
No mentiría jamás. La construcción de mi pequeño ser se haría conforme a la asertividad y por exclusión de todo lo demás. Trataría de convertir mis sueños en realidad, no de transformar mi realidad a esos sueños, por muy horrible que fuera.
Pero no dejaría de imaginar. De navegar por mundos neuronales diferentes, de considerarme una extraterrestre o de sentarme en cualquier calle a dejar caer mi pensamiento sobre las personas que pasan por delante.
Amaría todavía más. Usaría lo aprendido para eliminar cualquier control racional sobre el amor, dejaría todo lo mío en cada relación. Ahora ya sé, que el amor es un recurso renovable y que la resurrección solo se da cuando hemos aprendido de la muerte.
No fumaría, eso por supuesto. Trataría de olvidar el dulce recuerdo del humo y fingiría no saber que el olor de un hogar es menos acogedor si no se fuma. Me ahorraría así, las paranoias de cánceres malditos y el prematuro tinte amarillo de mis dientes.
No mentiría jamás. La construcción de mi pequeño ser se haría conforme a la asertividad y por exclusión de todo lo demás. Trataría de convertir mis sueños en realidad, no de transformar mi realidad a esos sueños, por muy horrible que fuera.
Pero no dejaría de imaginar. De navegar por mundos neuronales diferentes, de considerarme una extraterrestre o de sentarme en cualquier calle a dejar caer mi pensamiento sobre las personas que pasan por delante.
Amaría todavía más. Usaría lo aprendido para eliminar cualquier control racional sobre el amor, dejaría todo lo mío en cada relación. Ahora ya sé, que el amor es un recurso renovable y que la resurrección solo se da cuando hemos aprendido de la muerte.
martes, 26 de agosto de 2008
bolitas vibradoras
Después de todo lo que habían hecho esas simpáticas chicas por nosotros, resulta que la cosa iba a terminar así. ¿Quién lo iba a decir?
Una entra en un sex-shop esperando que las dependientas no se le acerquen ya sea por miedo a poner en riesgo su propia seguridad o por dar espacio a la intimidad de los compradores. Pero en ese sex-shop, el más atractivo y moderno de la ciudad, las dependientas, dos regordetas de unos 27 años y con una playera a juego del mismo sex-shop, se nos acercaron la mar de simpáticas para poner a nuestra disposición sus conocimientos acerca de los productos que vendían y, además ofrecían demostraciones de lo que quisiéramos. Esta última oferta me inquietó un poco ¿A qué se refería con demostraciones? No le quise preguntar por no parecer grosera o pervertida, una de dos.
Fuimos contemplando cada una de las paredes del local. Yo no pude más que observar los demás compradores: una pareja de rubios jovencitos, bueno de mi edad, que discutían sobre los dildos de uno de los escaparates, me sorprendió la seriedad y sobriedad de su discusión. Parecía que estuvieran haciendo la compra de la semana: ¿calabacines o calabaza, mi amor? Tenían un aire afrancesado, semi-intelectual. No parecían turistas, pero sin duda tampoco eran mexicanos. Iban bastante abrigados para el tiempo que hacía, y eso les hacía parecer aún más extraños dentro de ese local. Como si estuvieran ahí de mentira, solo para darle un aire más cosmopolita al sex-shop. Ellos nunca se fijaron en nosotros.
Más de reojo y con menos confianza, observé a un señor un poco más mayor que deambulaba sólo por la tienda. Se paseó un rato por las películas y las revistas porno, sin prestar atención a los millones de penes y artilugios llamativos y sobresalientes, y luego se metió cual reptil en el “cine” de la sala contigua de donde salían suspiros y gemido en estéreo, eso sí, a todo volumen.
Me pregunto si habría alguien más en esa sala oscura de donde salían los alaridos, y ¿Ponían el volumen tan fuerte para tapar los otros gemidos, los de la gente que veía la película?
Después de la salida del señor nos quedamos solos con las amables dependientes que charlaban detrás del grueso mostrador.
Me desagradó el darme cuenta que entre los aparatos y aparatitos, los artilugios y gadgets, casi todo eran penes: penes para atrás, para adelante, para los dos lados simultáneos, grandes, más grandes, extra-grandes, gigantes y unos chiquititos que creo que eran para cubrir los dedos. ¿Era eso una expresión más de los masculinizado que está el mundo? O simplemente era la verdad: las mujeres tenemos un agujero y por muy feministas o lesbianas que seamos, en los agujeros largos y estrechos solo entran palos. Pero entonces ¿Por qué no estaba el lugar lleno de coños? Si las mujeres necesitamos penes, los hombres inevitablemente necesitan vaginas, es la ley de la naturaleza (para casi todos). Podrían haber vaginas grandes, chiquitas, ergonómicas, de diferentes texturas, más grandes con cintura, más pequeñas portátiles. Pero no había en la tienda ni una sola vagina. A mi parecer esto demuestra el alcance del mercado de la prostitución femenina: ¿Para qué usar una vagina de plástico cuando puedes pagar muy barato por una de verdad? A veces pienso que si las mujeres tuviéramos la misma facilidad para el sexo todas las guerras de género se acabarían.
Aunque mi pareja propuso que nos lleváramos un pene largo y grande, no lo hicimos. La verdad no me apetecía nada semejante bate de béisbol, al menos no por el momento. Tampoco compramos lencería, era demasiado cliché para que nos excitara realmente. ¿Alguien quisiera ver a su novia vestida de mecánica sexy? o peor aún ¿vestida con la bandera gringa? Después de descartar varias opciones nos decidimos por las bolas vibradoras. Es una bola grande que vibra activada por un mando a distancia inalámbrico. Me atraía sobremanera la idea de llevar la bolita dentro y que él pudiera activarla cuando quisiera sin importar donde estuviéramos.
Las amables dependientas nos enseñaron el mecanismo de la bola (básicamente funciona bajo el precepto más simple: on/off) y luego nos recomendaron un lubricante anti-bacterial para un mejor uso.
La verdad, como me agradaban aquellas dos regordetas. Tan predispuestas, tan amables y tomándose su trabajo tan en serio. En la mayoría de tiendas de la ciudad te encuentras a dependientes desagradables que no tienen ganas de vender y que intentan echarte a patadas de su establecimiento, en cambio ellas, en el sex-shop brindando un servicio excelente que trataba de hacerte sentir cómodo y eliminar así la vergüenza inherente de cualquier católico entrando a un establecimiento semejante.
Pero claro, no tenían factura… cuando una de las regordetas le dijo a mi pareja que su factura tendría que esperar unos 15 días, él se quedó callado y después de mirar intensamente a la pobre regordeta, con acento sospechoso y acusador le dijo: ¿Por qué? A lo que ella, sin mucha seguridad, todo hay que decirlo, le respondió que tenían unos problemas en el sistema. El sistema, ese ente misterioso propio del Matrix. Se enfureció. Le apuntó amablemente el teléfono en el ticket de compra para que llamara antes de ir a buscar su factura, pero, desgraciadamente ella no sabía que su amabilidad esta vez no iba a ser suficiente, necesitaba ahora un poco de picardía para manejar la situación. Lo que pasa es que ustedes no quieren pagar impuestos. ¿Ustedes? La regordeta se hubiera librado de tal discusión si simplemente le hubiera dicho: “sí, el propietario es un asco” o “yo es que solo vendo…” , incluso si hubiera dicho alguna de estas dos cosas, yo hubiera salido en su defensa. Pero como trató de ponerse el escudo de su compañía, la cosa se complicó bastante enzarzándose en una discusión donde él siempre la miraba directo a los ojos acusadoramente y sin decir nada dejaba que ella se enredara en una serie de respuestas cada vez más incoherentes y que siempre terminaban dando con aquella ambigua palabra: el sistema.
Dispuesta a convertir ese patético espectáculo en una lección también para mi, no intervine. En realidad tenía toda la razón de enfadarse con los vendedores que no pagan impuestos, al fin y al cabo él si los paga y tiene que repartirlos con el resto de la población, incluidos, los que no pagan. Por eso aunque me sobrecoge cualquier acto de violencia, dejé que manifestara su enojo y me dediqué a ver con el corazón encogido como aquella regordeta iba haciéndose chiquita detrás del mostrador.
Mientras observaba esto la bola que tenía en la mano, y que había sacado para observar mejor, vibró. Me sorprendí. Yo tenía el mando a distancia en la bolsa donde acababa de dejar el envoltorio de la misma bola ¿Cómo había vibrado aquello? Iba a decírselo a él, pero entonces volvió a vibrar, pegué un brinquito con el susto. Levanté la mirada de la bola y recorrí mi alrededor con la vista. Al principio me pasó inadvertida, pero en un segundo recorrido la vi. Claramente, la otra dependienta regordeta me miraba desde un punto más alejado y un poco escondido por uno de los expositores de la tienda: tenía un mando a distancia igual que el nuestro en la mano y me sonreía abiertamente. Me quedé atónita y ella volvió a accionar el mando haciendo vibrar la bola que volvió a asustarme. No sabía qué hacer. No sabía si tomarme aquello como un juego divertido, una broma muy cínica, sobretodo teniendo en cuenta la discusión entre mi pareja y su compañera regordeta. No sabía si de alguna manera era aquello una insinuación o si ella era una psicópata y después de eso tenía previsto atacarme con uno de esos enormes penes que seguro habrían servido para knockear a alguien de un solo golpe. Instintivamente, me lo tomé como una mezcla de las primeras dos cosas: una broma algo extraña y una insinuación amable de su parte. Le sonreí. Volvió a accionar la bola, esta vez ya no me asusté y ella la apretó durante largo rato para que yo pudiera observarla y toquetearla un ratito.
Finalmente oí un no tienen ustedes madre, por supuesto que no voy a volver a por la factura. Era hora de irse. Me giré para seguirlo y me despedí de la otra dependienta como si nada hubiera sucedido entre ella y yo, yo era la buena de la pareja, y no es que lo pretendiera, pero es que él se empeñaba en hacerme quedar así cada vez que discute con alguien del sector servicios.
Me detuve unos segundos para despedirme de la otra dependienta. Su mirada parecía un poco más libidinosa que antes, y a decir verdad no me molestó, la osadía de esa chica la hacía muy atractiva a pesar de sus quilitos de más. A modo de despedida ella alzó la mano en la que tenía el mando a distancia y la movió mientras con la boca simulaba un “adiós” mudo.
Salimos de la tienda y ya en la calle, me puse a reír de puro nerviosismo y cuando él me miró le dije: ay que ver que grosero eres.
Una entra en un sex-shop esperando que las dependientas no se le acerquen ya sea por miedo a poner en riesgo su propia seguridad o por dar espacio a la intimidad de los compradores. Pero en ese sex-shop, el más atractivo y moderno de la ciudad, las dependientas, dos regordetas de unos 27 años y con una playera a juego del mismo sex-shop, se nos acercaron la mar de simpáticas para poner a nuestra disposición sus conocimientos acerca de los productos que vendían y, además ofrecían demostraciones de lo que quisiéramos. Esta última oferta me inquietó un poco ¿A qué se refería con demostraciones? No le quise preguntar por no parecer grosera o pervertida, una de dos.
Fuimos contemplando cada una de las paredes del local. Yo no pude más que observar los demás compradores: una pareja de rubios jovencitos, bueno de mi edad, que discutían sobre los dildos de uno de los escaparates, me sorprendió la seriedad y sobriedad de su discusión. Parecía que estuvieran haciendo la compra de la semana: ¿calabacines o calabaza, mi amor? Tenían un aire afrancesado, semi-intelectual. No parecían turistas, pero sin duda tampoco eran mexicanos. Iban bastante abrigados para el tiempo que hacía, y eso les hacía parecer aún más extraños dentro de ese local. Como si estuvieran ahí de mentira, solo para darle un aire más cosmopolita al sex-shop. Ellos nunca se fijaron en nosotros.
Más de reojo y con menos confianza, observé a un señor un poco más mayor que deambulaba sólo por la tienda. Se paseó un rato por las películas y las revistas porno, sin prestar atención a los millones de penes y artilugios llamativos y sobresalientes, y luego se metió cual reptil en el “cine” de la sala contigua de donde salían suspiros y gemido en estéreo, eso sí, a todo volumen.
Me pregunto si habría alguien más en esa sala oscura de donde salían los alaridos, y ¿Ponían el volumen tan fuerte para tapar los otros gemidos, los de la gente que veía la película?
Después de la salida del señor nos quedamos solos con las amables dependientes que charlaban detrás del grueso mostrador.
Me desagradó el darme cuenta que entre los aparatos y aparatitos, los artilugios y gadgets, casi todo eran penes: penes para atrás, para adelante, para los dos lados simultáneos, grandes, más grandes, extra-grandes, gigantes y unos chiquititos que creo que eran para cubrir los dedos. ¿Era eso una expresión más de los masculinizado que está el mundo? O simplemente era la verdad: las mujeres tenemos un agujero y por muy feministas o lesbianas que seamos, en los agujeros largos y estrechos solo entran palos. Pero entonces ¿Por qué no estaba el lugar lleno de coños? Si las mujeres necesitamos penes, los hombres inevitablemente necesitan vaginas, es la ley de la naturaleza (para casi todos). Podrían haber vaginas grandes, chiquitas, ergonómicas, de diferentes texturas, más grandes con cintura, más pequeñas portátiles. Pero no había en la tienda ni una sola vagina. A mi parecer esto demuestra el alcance del mercado de la prostitución femenina: ¿Para qué usar una vagina de plástico cuando puedes pagar muy barato por una de verdad? A veces pienso que si las mujeres tuviéramos la misma facilidad para el sexo todas las guerras de género se acabarían.
Aunque mi pareja propuso que nos lleváramos un pene largo y grande, no lo hicimos. La verdad no me apetecía nada semejante bate de béisbol, al menos no por el momento. Tampoco compramos lencería, era demasiado cliché para que nos excitara realmente. ¿Alguien quisiera ver a su novia vestida de mecánica sexy? o peor aún ¿vestida con la bandera gringa? Después de descartar varias opciones nos decidimos por las bolas vibradoras. Es una bola grande que vibra activada por un mando a distancia inalámbrico. Me atraía sobremanera la idea de llevar la bolita dentro y que él pudiera activarla cuando quisiera sin importar donde estuviéramos.
Las amables dependientas nos enseñaron el mecanismo de la bola (básicamente funciona bajo el precepto más simple: on/off) y luego nos recomendaron un lubricante anti-bacterial para un mejor uso.
La verdad, como me agradaban aquellas dos regordetas. Tan predispuestas, tan amables y tomándose su trabajo tan en serio. En la mayoría de tiendas de la ciudad te encuentras a dependientes desagradables que no tienen ganas de vender y que intentan echarte a patadas de su establecimiento, en cambio ellas, en el sex-shop brindando un servicio excelente que trataba de hacerte sentir cómodo y eliminar así la vergüenza inherente de cualquier católico entrando a un establecimiento semejante.
Pero claro, no tenían factura… cuando una de las regordetas le dijo a mi pareja que su factura tendría que esperar unos 15 días, él se quedó callado y después de mirar intensamente a la pobre regordeta, con acento sospechoso y acusador le dijo: ¿Por qué? A lo que ella, sin mucha seguridad, todo hay que decirlo, le respondió que tenían unos problemas en el sistema. El sistema, ese ente misterioso propio del Matrix. Se enfureció. Le apuntó amablemente el teléfono en el ticket de compra para que llamara antes de ir a buscar su factura, pero, desgraciadamente ella no sabía que su amabilidad esta vez no iba a ser suficiente, necesitaba ahora un poco de picardía para manejar la situación. Lo que pasa es que ustedes no quieren pagar impuestos. ¿Ustedes? La regordeta se hubiera librado de tal discusión si simplemente le hubiera dicho: “sí, el propietario es un asco” o “yo es que solo vendo…” , incluso si hubiera dicho alguna de estas dos cosas, yo hubiera salido en su defensa. Pero como trató de ponerse el escudo de su compañía, la cosa se complicó bastante enzarzándose en una discusión donde él siempre la miraba directo a los ojos acusadoramente y sin decir nada dejaba que ella se enredara en una serie de respuestas cada vez más incoherentes y que siempre terminaban dando con aquella ambigua palabra: el sistema.
Dispuesta a convertir ese patético espectáculo en una lección también para mi, no intervine. En realidad tenía toda la razón de enfadarse con los vendedores que no pagan impuestos, al fin y al cabo él si los paga y tiene que repartirlos con el resto de la población, incluidos, los que no pagan. Por eso aunque me sobrecoge cualquier acto de violencia, dejé que manifestara su enojo y me dediqué a ver con el corazón encogido como aquella regordeta iba haciéndose chiquita detrás del mostrador.
Mientras observaba esto la bola que tenía en la mano, y que había sacado para observar mejor, vibró. Me sorprendí. Yo tenía el mando a distancia en la bolsa donde acababa de dejar el envoltorio de la misma bola ¿Cómo había vibrado aquello? Iba a decírselo a él, pero entonces volvió a vibrar, pegué un brinquito con el susto. Levanté la mirada de la bola y recorrí mi alrededor con la vista. Al principio me pasó inadvertida, pero en un segundo recorrido la vi. Claramente, la otra dependienta regordeta me miraba desde un punto más alejado y un poco escondido por uno de los expositores de la tienda: tenía un mando a distancia igual que el nuestro en la mano y me sonreía abiertamente. Me quedé atónita y ella volvió a accionar el mando haciendo vibrar la bola que volvió a asustarme. No sabía qué hacer. No sabía si tomarme aquello como un juego divertido, una broma muy cínica, sobretodo teniendo en cuenta la discusión entre mi pareja y su compañera regordeta. No sabía si de alguna manera era aquello una insinuación o si ella era una psicópata y después de eso tenía previsto atacarme con uno de esos enormes penes que seguro habrían servido para knockear a alguien de un solo golpe. Instintivamente, me lo tomé como una mezcla de las primeras dos cosas: una broma algo extraña y una insinuación amable de su parte. Le sonreí. Volvió a accionar la bola, esta vez ya no me asusté y ella la apretó durante largo rato para que yo pudiera observarla y toquetearla un ratito.
Finalmente oí un no tienen ustedes madre, por supuesto que no voy a volver a por la factura. Era hora de irse. Me giré para seguirlo y me despedí de la otra dependienta como si nada hubiera sucedido entre ella y yo, yo era la buena de la pareja, y no es que lo pretendiera, pero es que él se empeñaba en hacerme quedar así cada vez que discute con alguien del sector servicios.
Me detuve unos segundos para despedirme de la otra dependienta. Su mirada parecía un poco más libidinosa que antes, y a decir verdad no me molestó, la osadía de esa chica la hacía muy atractiva a pesar de sus quilitos de más. A modo de despedida ella alzó la mano en la que tenía el mando a distancia y la movió mientras con la boca simulaba un “adiós” mudo.
Salimos de la tienda y ya en la calle, me puse a reír de puro nerviosismo y cuando él me miró le dije: ay que ver que grosero eres.
lunes, 11 de agosto de 2008
!Qué confuso es esto del amor!
Estoy confundida. Me confundo en esto del amor. A ratos me siento como en una ópera pop interminable y a ratos como en una canción de Chavela Vargas, desgarrada. Y es que todo tenía pinta de ser muy fácil, pero al menos para mí, no lo es. Pienso en el motivo real de nuestra existencia: la procreación, y me digo a mi misma, que no puede ser que la evolución de la razón humana haya entorpecido tanto este motor primigenio. Hemos venido a este mundo a unirnos con otros y procrear, sencillamente, lo llevamos tan dentro de nosotros que incluso en las peores circunstancias el ser humano sigue procreando hasta rebasar los límites de la salud mundial. Pero claro, el amor es otra cosa. Eso dicen, pero también hay parejas de primates y de aves que se unen para toda la vida, y que al morir el “cónyuge”, mueren ellos también. A estos normalmente no se les considera cuando hablamos de amor. Otra teoría dice que el amor es un invento relativamente moderno, que hasta la Edad Media, no se hablaba de éste como tal. Pero entonces yo me pregunto: ¿Quién lo fue a inventar? Suena raro que de pronto alguien diera con la “teoría amatoria” o que simplemente por sublimar la belleza humana en las canciones se haya creado el amor y que ahora este amor se haya convertido en el motor del mundo, como una especie de disfraz para el otro motor, el original y primigenio que es la procreación. Sea cierto o no, yo también soy un invento moderno y soy fruto de muchas generaciones que ya contaban entre ellas con este intruso. ¿No podía haber inventado también un manual el que se lo fue a inventar? Supongo que no se imaginaba cuanto nos iba a complicar la vida su invento. Hemos pasado por el amor de los trovadores, por el de los renacentistas y los románticos, para nosotros este amor ya no es cualquier cosa, sino algo tan importante que dirige y convulsiona nuestras vidas. Ahora nos enamoramos y rompemos, somos co-dependientes y obsesivos, encontramos cada 3 años el amor de nuestra vida. Y pero aún; buscamos irremediablemente nuestra media naranja (ese si que fue un mal invento). Así que hay varias almas perdidas por este mundo que vagan en mitad de tanto amor, como yo. Cada vez que empezamos una relación no podemos evitar preguntarnos cosas a futuro, valorar al otro, examinar detenidamente sus cualidades y compararlas con las de quienes nos rodean. No podemos dejar de preguntarnos si estamos enamorados, si es todo una ilusión pasajera o si nos estamos comprometiendo demasiado pronto. Y nos confundimos. Nos confundimos tanto todo el tiempo, que lo arruinamos todo una y otra vez. Pero no acaba ahí la cosa, lo peor de todo es que incluso cuando estamos seguros por completo que sí, que estamos enamorados y ansiamos esa persona amada, no sabemos cómo comportarnos. Dudamos, tememos, no nos damos o nos damos sin límites, y acabamos confundiendo a la otra persona. Podríamos decir, que estamos incapacitados para esto del amor. Que no para amar y esa es la gran tragedia.
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