La vida diaria es ordinaria y a veces eso me abruma – le decía ayer mientras nuestro coche se desplazaba lentamente entre el tráfico de la tarde. Había salido del trabajo a las 6 de la tarde y ese acontecimiento había despertado en mi esperanzas de algo nuevo, a lo mejor de una tarde diferente. Pero ya eran las 8 y nada nuevo había pasado. La desilusión me hizo cambiar de humor. ¿Iba a ser así cada día? – a él le parece que nuestras vidas son dos milagros porque nos alimentamos de unos trabajos prescindibles, inestables e impredecibles. Mañana podríamos estar sin trabajo y el mundo seguiría como siempre, inclusive en nuestro pequeño mundo nadie notaría nuestra ausencia.
Dos personajes anodinos en un paisaje gris, el puzzle ya estaba hecho y nosotros todavía éramos demasiado jóvenes.
Tal vez tenga razón en cuanto a la fragilidad de nuestra existencia económica, es más, tiene razón, no lo dudo por un momento. Pero eso no debería determinar la vulgaridad de nuestra existencia. Al menos deberíamos tener derecho a ser extraordinarios dentro de la pobreza y nuestra irrisoria realidad.
Si solo pudiéramos ser lo suficiente valientes para ser lo que no somos. El otro día discutía esto ¿es más valiente el que se queda o el que lo deja todo? Según yo el que lo deja todo siempre es más valiente, eso solo se hace una o dos veces en la vida.
A veces quisiera no tener oídos para ignorar las noticias lejanas. Quedarme en la burbuja.
En fin, nada nuevo sucedió ayer. Y hoy ya son las 6.
viernes, 25 de septiembre de 2009
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Montaña de basura
Me parece que llevo años sentada en la misma silla. La gente hace cosas, se vuelve famosa, cambia. Y yo, si me voy a quedar quieta, solo espero que me llegue la iluminación para ver la belleza de la conformidad, el aprendizaje en la paciencia. Ser algo así como la montaña de basura de Fraggle Rock.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Azul
Este domingo es como estar flotando boca arriba a mar abierto.
Estar flotando sin tener miedo de lo que hay abajo, sin tener azul.
Estar flotando sin tener miedo de lo que hay abajo, sin tener azul.
domingo, 9 de agosto de 2009
yo no soy bonita
Cuando cierras la puerta de la habitación de tu dormitorio y parece que el día te ha ido bien. Te has reído, te ha ido bien. Bien. Cierras la puerta de la habitación y tienes ganas de cortarte el cuello.
ANGELICA LIDDELL, Yo no soy bonita
Yo nunca me leí la biografía de María Antonieta, pero conozco una guillotina.
sábado, 8 de agosto de 2009
soy un cocodrilo
Me he destrozado el brazo como nunca. Si Antonino me viera ahora querría abofetearme, nunca lo ha hecho, pero lo veo en su cara cuando me dice: pareces un cocodrilo. Y tiene toda la razón, yo miro la silueta de mi brazo rasgada por la luz de la ventana y me sorprendo de tanta violencia, como si no fuera mía. No sé si a los cocodrilos les duele la piel, pero sino, entonces yo seré un cocodrilo enfermo. Y mientras dure el dolor me repetiré a mi misma no lo voy a volver a hacer, no lo voy a volver a hacer. Miraré el brazo de vez en cuando esperando que la inflamación haya disminuido, pero no se habrá ido para la noche y tendré que cubrir este acto monstruoso con algo largo e inapropiado para el clima. Mañana al despertar ya solo quedarán pequeñas cicatrices y alguna de esas superficies claras y llanas que han ido apareciendo últimamente, después de tanta erosión. Y al ducharme le pediré a mi cuerpo que se recupere prometiéndole que no lo volveré a hacer, que yo, aunque no lo parezca, lo quiero sin duda.
viernes, 24 de julio de 2009
principio del fin
Y todo se desvanece entre dos platos y un mantel, así debería empezar esta historia; los dos callados, mirando al vacío que hay entre dos platos sin saber a donde ir ni que hacer, habiendo agotado ya todas las posibilidades del uno para consolar al otro.
Al alzar la vista y mirarnos no habrá ya nada de esperanza. Pero quedarnos en este estado tampoco la tiene. Deberíamos derrumbarnos y llorar nuestra tristeza, pero el llanto se nos ha ido escurriendo en el pasar de los días tristes, en la batalla de boxeo que poco a poco los dos hemos ido perdiendo por cansancio. Ya no hay pasión para llorarnos. Somos como un matrimonio que ha perdido un hijo.
No me importa haberlo perdido todo. Pero al haberme perdido yo ¿Dónde me deja esto ahora? - se lamentaba ella, dondequiera que estuviera.
Al alzar la vista y mirarnos no habrá ya nada de esperanza. Pero quedarnos en este estado tampoco la tiene. Deberíamos derrumbarnos y llorar nuestra tristeza, pero el llanto se nos ha ido escurriendo en el pasar de los días tristes, en la batalla de boxeo que poco a poco los dos hemos ido perdiendo por cansancio. Ya no hay pasión para llorarnos. Somos como un matrimonio que ha perdido un hijo.
No me importa haberlo perdido todo. Pero al haberme perdido yo ¿Dónde me deja esto ahora? - se lamentaba ella, dondequiera que estuviera.
jueves, 16 de julio de 2009
mente microscópica
He matado algo tan insignificante que ni siquiera estoy segura de haberlo hecho. Era un diminuto punto que se movía y sin pensarlo lo he aplastado con la yema del dedo, con una infinitesimal parte de mi cuerpo. Y ha dejado de moverse. Entonces lo he contemplado, si se puede contemplar algo tan pequeño, mejor, lo he observado en la medida en que mis ojos pueden ver microscópicamente, y ya no se movía. Era tan reducido que he tenido dudas de mi ¿Será que realmente se movía o mi imaginación me estará jugando una mala alucinación? ¿Puede estar vivo algo tan pequeño? Puedo pensar en la “idea” de organismos microscópicos, pero no puedo ver organismos casi microscópicos y no extrañarme ante la idea de que estén vivos. La mente es compleja imaginando y simple descubriendo.
martes, 14 de julio de 2009
sabios momentáneos
Es en la muerte cuando uno más da. Quiero decir que es cuando alguien que amamos se nos muere cuando más concesiones le damos a esa persona. Si ocultabas el apellido de tu padre tras una inicial, será en el día de su entierro en que cambiarás eso y le darás aquella satisfacción que tanto anhelaba, se la darás a cambio de nada. Por eso digo que la muerte de los seres amados nos convierte en dadivosos por un corto período de tiempo. Damos a cambio de nada, concedemos cosas íntimas y secretas siempre en actos invisibles. Somos de verdad personas que pueden dar. Un extraño valor interior nos convierte en otros, en nuestros mejores yos, y nos hace sabios. El contacto cercano con la muerte también nos hace sabios, sabemos más de la vida, sabemos más de lo que jamás alcanzará a saber el que se ha ido y lo notamos, esa sensación de permanencia contemplando la partida nos llena de perspectiva, y entonces nos damos cuenta que dar solo puede ser un acto aislado, dar solo es dar cuando no se obtiene nada a cambio. Nos erigimos en actos desconocidos y damos, ese dar, es nuestro monumento póstumo a la persona amada.
jueves, 2 de julio de 2009
Llueve en el mar
-Siento que tal vez hemos sido condescendientes. No en todo, claro, pero sí en lo más importante. Por otra parte ¿cómo hacerlo? Me refiero, a ¿cómo conseguir ser y compartir sin ser condescendientes?
Él permaneció mirando al mar que lejos de ser un mar cristalino y transparente como en las fotografías de los folletos, era un mar negro y agitado, con una superficie estucada por las gotas de lluvia que lo salpicaban constantemente. En la piscina del hotel no había nadie, solo cuando una tumbona voló por la agitada ventisca, un empleado salió corriendo y lo cazó. Rápidamente volvió a las entrañas del hotel.
-Las entrañas del hotel –dijo él.
-¿Qué?
-No lo sé, de pronto pensé en eso.
-¿No me estás escuchando, verdad? Para variar…
-Sí, pero era muy abstracto lo que decías ¿Qué te puedo responder?
En ese momento llamaron a la puerta de la habitación. Los dos se giraron, miraron la puerta y luego se miraron entre ellos.
-Abre tú.
Él no respondió.
-Por favor.
Con visible pesadumbre se dirigió a la puerta y cuando tuvo el manubrio en la mano suspiró con fuerza antes de girarlo para abrir la puerta.
Un camarero completamente desnudo, flaco, casi sin pelo en el pecho y unas caderas que bien podrían haber sido de una niña de once años, entró cargando una bandeja y un tripié para sostenerla.
Bueno días – sonrió el camarero, mientras en una perfecta ejecución ponía la bandeja sobre el tripié y luego los platos sobre la mesa de la habitación.
Marion y Jeremías lo miraban con cara de poca familiaridad y cierta vergüenza, evitando todo el tiempo que la vista se desviara hacia alguna de las partes intimas del camarero.
-¿Necesitan alguna otra cosa?
-No, gracias.
-Muy bien. Les informo que debido a las circunstancias atmosféricas, que esperemos que pronto remitan, hemos organizado una tarde de juegos en la sala de conferencias.
Marion y Jeremías, no alcanzaron a responder.
-A partir de las 4. Por si gustan.
-Gracias.
-Gracias.
Segundos después de que el camarero hubiera cerrado la puerta los permanecían en la misma posición. Jeremías miraba los platos del desayuno perfectamente ordenados sobre la mesa de cristal y Marion miraba hacia la puerta cerrada.
-Todavía no puedo creerlo. ¿Seguro que no decía nada, verdad?
-Te lo juro, lo hubiera visto.
-¿Todavía no responden? – preguntó Marion con un aire de cierta esperanza.
-No, deben estar en algún balneario nudista relajándose.
El cuerpo de Marion volvió a desinflarse como si fuera una colchoneta barata. Se giró para mirar de nuevo por la ventana, fuera nada había cambiado. El viento seguía arrastrando el agua del mar y la lluvia seguía golpeando el agua marina. De una forma u otro todo estaba mojado y como todo estaba mojado, todo era incómodo.
-¿No quieres comer?
Marion se dirigió a la mesa. Jeremías le retiró la silla y se la acercó pretendiendo ser un atento caballero, luego le tendió su servilleta. Los platos parecían perfectamente normales, incluso tenían buen aspecto, parecían tan corrientes que eran sospechosos. Nada en ese hotel les podría resultar de fiar. Empezaron a comer.
-No me puedo creer que nos esté pasando esto. Es tremendamente surrealista ¿no crees? Quiero ver la cara que van a poner Jorge y Javier cuando les contemos esto.
-Sí, nunca había imaginado una situación así. ¿Crees que estamos mal?
-¿Qué quieres decir? – le preguntó Jeremías, intuyendo que esa pregunta era como un caramelo con centro líquido y el líquido no era otra cosa que la ponzoña venenosa que venía atormentando a Marion desde esa mañana.
-Pues que no debería ser tan grave.
-Es grave, porque jamás pedimos venir a un hotel nudista.
-Sí, en eso tienes razón. Pero, una vez aquí, en estas circunstancias, no debería ser tan grave. ¿Por qué nos resulta tan espeluznante todo esto?
-Porque no estamos acostumbrados.
-¿Seguro? Yo te veo desnudo un 40% de nuestro día, yo me veo desnuda al espejo cada día, incluso me gusta mirarme, ver si me ha salido algún grano nuevo, si la barriga está más plana. Me gusta investigar mi cuerpo desnudo.
-Pero son nuestros cuerpos. Es nuestra intimidad. No las de cualquiera.
-Sí, pero solo son cuerpos desnudos, y para nosotros son como amenazas de bombas nucleares.
-Estás exagerando.
-Yo no puedo salir al pasillo y ver todo esos cuerpos desnudos entorno a mi. Me provoca angustia.
-Puede que sea porque nosotros vamos vestidos.
-Puede.
Marion en bikini estaba recostada en el sofá, leía un libro, Jeremías tumbado en la cama tenía la vista fija en la televisión. La tormenta había cedido a una llovizna tranquila y detrás de sus miradas, en la ventana se podía ver un arco-iris formado en la lejanía. Cuando el sonido de la televisión lo permitía se dejaban oír las voces y los gritos de júbilo de los huéspedes que participaban en la tarde de juegos del hotel. Así pasaron un rato, hasta que por fin, el arco-iris y los gritos les obligaron a volver a la vida.
-Vamos a dar un paseo.
-¿Con la lluvia?
-Casi no llueve, además hace calor, será agradable.
Marion dudó unos instantes.
-¿Cómo podremos evitar la sala de juegos?
-Debemos bajar hasta el estacionamiento y salir por ahí.
-Está bien.
Marion dejó el libro y tomó un pareo que tenía cerca, Jeremías apagó la televisión, bajó de la cama y estiró los brazos haciendo sonoros bufidos.
Las puertas del ascensor se abrieron y los dos salieron silenciosamente al estacionamiento, a penas un par de coches familiares cargados con bicicletas y las ruedas llenas de arena, dormían ajenos a cualquier actividad humana. Sin hacer ruido se dirigieron a la salida donde los despidió el vigilante, que también desnudo, sentaba sus posaderas y su barrera en un estrecho taburete, sudada copiosamente y dormitaba ante un pequeño televisor.
No habían calculado que salir por el estacionamiento implicaría tener que entrar a la playa por otro lugar, así que se vieron obligados a traspasar un par de manglares terrestres y a mantener el equilibrio para bajar una duna que desembocaba en la arena de la playa.
La leve lluvia les mojaba el cuerpo y los mantenía como si hubieran salido de la ducha. Solo de vez en cuando tenían que pasarse la mano por lo ojos para despejar el exceso de agua de los párpados. El pelo se les humedecía lentamente y la arena seguía siendo fina como harina, solo que ahora estaba completamente fresca.
-Qué agradable. – dijo Marion, con una inusitada felicidad.
-¿Te gusta?
-Sí.
-Me alegra.
Marion se giró y le sonrió. Jeremías apartó los pelos mojados de la cara de Marion y se los escondió detrás de la oreja.
-¿Qué deberíamos hacer?
-Tengo la sensación de que ellos están ahí para demostrarnos a nosotros cuantas cosas escondemos.
-Puede ser. ¿Quieres regresar desnuda al hotel?
-No por favor.
Los dos rieron.
-Pero tal vez lo importante no sea lo que queremos.
-Lo que quieres.
Él permaneció mirando al mar que lejos de ser un mar cristalino y transparente como en las fotografías de los folletos, era un mar negro y agitado, con una superficie estucada por las gotas de lluvia que lo salpicaban constantemente. En la piscina del hotel no había nadie, solo cuando una tumbona voló por la agitada ventisca, un empleado salió corriendo y lo cazó. Rápidamente volvió a las entrañas del hotel.
-Las entrañas del hotel –dijo él.
-¿Qué?
-No lo sé, de pronto pensé en eso.
-¿No me estás escuchando, verdad? Para variar…
-Sí, pero era muy abstracto lo que decías ¿Qué te puedo responder?
En ese momento llamaron a la puerta de la habitación. Los dos se giraron, miraron la puerta y luego se miraron entre ellos.
-Abre tú.
Él no respondió.
-Por favor.
Con visible pesadumbre se dirigió a la puerta y cuando tuvo el manubrio en la mano suspiró con fuerza antes de girarlo para abrir la puerta.
Un camarero completamente desnudo, flaco, casi sin pelo en el pecho y unas caderas que bien podrían haber sido de una niña de once años, entró cargando una bandeja y un tripié para sostenerla.
Bueno días – sonrió el camarero, mientras en una perfecta ejecución ponía la bandeja sobre el tripié y luego los platos sobre la mesa de la habitación.
Marion y Jeremías lo miraban con cara de poca familiaridad y cierta vergüenza, evitando todo el tiempo que la vista se desviara hacia alguna de las partes intimas del camarero.
-¿Necesitan alguna otra cosa?
-No, gracias.
-Muy bien. Les informo que debido a las circunstancias atmosféricas, que esperemos que pronto remitan, hemos organizado una tarde de juegos en la sala de conferencias.
Marion y Jeremías, no alcanzaron a responder.
-A partir de las 4. Por si gustan.
-Gracias.
-Gracias.
Segundos después de que el camarero hubiera cerrado la puerta los permanecían en la misma posición. Jeremías miraba los platos del desayuno perfectamente ordenados sobre la mesa de cristal y Marion miraba hacia la puerta cerrada.
-Todavía no puedo creerlo. ¿Seguro que no decía nada, verdad?
-Te lo juro, lo hubiera visto.
-¿Todavía no responden? – preguntó Marion con un aire de cierta esperanza.
-No, deben estar en algún balneario nudista relajándose.
El cuerpo de Marion volvió a desinflarse como si fuera una colchoneta barata. Se giró para mirar de nuevo por la ventana, fuera nada había cambiado. El viento seguía arrastrando el agua del mar y la lluvia seguía golpeando el agua marina. De una forma u otro todo estaba mojado y como todo estaba mojado, todo era incómodo.
-¿No quieres comer?
Marion se dirigió a la mesa. Jeremías le retiró la silla y se la acercó pretendiendo ser un atento caballero, luego le tendió su servilleta. Los platos parecían perfectamente normales, incluso tenían buen aspecto, parecían tan corrientes que eran sospechosos. Nada en ese hotel les podría resultar de fiar. Empezaron a comer.
-No me puedo creer que nos esté pasando esto. Es tremendamente surrealista ¿no crees? Quiero ver la cara que van a poner Jorge y Javier cuando les contemos esto.
-Sí, nunca había imaginado una situación así. ¿Crees que estamos mal?
-¿Qué quieres decir? – le preguntó Jeremías, intuyendo que esa pregunta era como un caramelo con centro líquido y el líquido no era otra cosa que la ponzoña venenosa que venía atormentando a Marion desde esa mañana.
-Pues que no debería ser tan grave.
-Es grave, porque jamás pedimos venir a un hotel nudista.
-Sí, en eso tienes razón. Pero, una vez aquí, en estas circunstancias, no debería ser tan grave. ¿Por qué nos resulta tan espeluznante todo esto?
-Porque no estamos acostumbrados.
-¿Seguro? Yo te veo desnudo un 40% de nuestro día, yo me veo desnuda al espejo cada día, incluso me gusta mirarme, ver si me ha salido algún grano nuevo, si la barriga está más plana. Me gusta investigar mi cuerpo desnudo.
-Pero son nuestros cuerpos. Es nuestra intimidad. No las de cualquiera.
-Sí, pero solo son cuerpos desnudos, y para nosotros son como amenazas de bombas nucleares.
-Estás exagerando.
-Yo no puedo salir al pasillo y ver todo esos cuerpos desnudos entorno a mi. Me provoca angustia.
-Puede que sea porque nosotros vamos vestidos.
-Puede.
Marion en bikini estaba recostada en el sofá, leía un libro, Jeremías tumbado en la cama tenía la vista fija en la televisión. La tormenta había cedido a una llovizna tranquila y detrás de sus miradas, en la ventana se podía ver un arco-iris formado en la lejanía. Cuando el sonido de la televisión lo permitía se dejaban oír las voces y los gritos de júbilo de los huéspedes que participaban en la tarde de juegos del hotel. Así pasaron un rato, hasta que por fin, el arco-iris y los gritos les obligaron a volver a la vida.
-Vamos a dar un paseo.
-¿Con la lluvia?
-Casi no llueve, además hace calor, será agradable.
Marion dudó unos instantes.
-¿Cómo podremos evitar la sala de juegos?
-Debemos bajar hasta el estacionamiento y salir por ahí.
-Está bien.
Marion dejó el libro y tomó un pareo que tenía cerca, Jeremías apagó la televisión, bajó de la cama y estiró los brazos haciendo sonoros bufidos.
Las puertas del ascensor se abrieron y los dos salieron silenciosamente al estacionamiento, a penas un par de coches familiares cargados con bicicletas y las ruedas llenas de arena, dormían ajenos a cualquier actividad humana. Sin hacer ruido se dirigieron a la salida donde los despidió el vigilante, que también desnudo, sentaba sus posaderas y su barrera en un estrecho taburete, sudada copiosamente y dormitaba ante un pequeño televisor.
No habían calculado que salir por el estacionamiento implicaría tener que entrar a la playa por otro lugar, así que se vieron obligados a traspasar un par de manglares terrestres y a mantener el equilibrio para bajar una duna que desembocaba en la arena de la playa.
La leve lluvia les mojaba el cuerpo y los mantenía como si hubieran salido de la ducha. Solo de vez en cuando tenían que pasarse la mano por lo ojos para despejar el exceso de agua de los párpados. El pelo se les humedecía lentamente y la arena seguía siendo fina como harina, solo que ahora estaba completamente fresca.
-Qué agradable. – dijo Marion, con una inusitada felicidad.
-¿Te gusta?
-Sí.
-Me alegra.
Marion se giró y le sonrió. Jeremías apartó los pelos mojados de la cara de Marion y se los escondió detrás de la oreja.
-¿Qué deberíamos hacer?
-Tengo la sensación de que ellos están ahí para demostrarnos a nosotros cuantas cosas escondemos.
-Puede ser. ¿Quieres regresar desnuda al hotel?
-No por favor.
Los dos rieron.
-Pero tal vez lo importante no sea lo que queremos.
-Lo que quieres.
jueves, 18 de junio de 2009
Ahora
No sé si me habían preparado para esto. Toda la vida alejándome de los otros cuerpos, de las presencias persistentes en mi limitada esfera de existencia y ahora: esto. Me había entrenado y había logrado separarme lo suficiente de todos los demás como para sentir por fin que estaba sola y que podía sola. Me había convertido en la mejor amiga de mi soledad, en la mejor analista de mis pensamientos, en mi mundo personal y secreto tenía todo lo que necesitaba. Y ahora han pasado tantos días que no recuerdo cuando empezó a ser una costumbre despertarme con tu cara a mi lado, sobre mi espalda o bajo mi hombro. A veces me olvido de que estás ahí y cuando me despierto y te descubro tengo una sensación de sorpresa, pero no como esa que me sacude constantemente, la sorpresa histérica de mi personalidad revolucionada, sino una sorpresa tranquila y agradable. Estás ahí, justo donde quiero que estés. Y no te mueves, no te vas, no me dejas, y yo, yo no te odio, no deseo otra cosa, no me angustia tu presencia. A lo mejor estoy aprendiendo, a lo mejor tú me estás enseñando. A veces cuando estás triste y sombrío, cuando no me puedo acercar, solo te miro y pienso, pienso en que me veo a mi misma llorando escondida en el fregadero de la azotea aquella tarde de domingo. Llorando por mis cosas, por cosas que no quiero contar y que tú ya sabes. Otras veces tengo pensamientos brillantes, por ejemplo, el domingo que limpiamos la casa de tu madre, me acuerdo que yo estaba sentada en el departamento frente al armario blanco y frotaba sus puertas con el líquido mágico y el trapo. Tú estabas fuera tendiendo la ropa, sorteando los obstáculos que habíamos sacado para poder limpiar la casa. Y entonces me di cuenta, llevábamos más de una hora sin decirnos nada. Pensé que tú podrías haber sido mi perfecto amigo de la infancia, mi compañero de juegos. Y que probablemente en esa existencia paralela también me habría acabado enamorando de ti. Fue un pensamiento valioso, revelador. Pero no te lo dije, he descubierto que también puede haber secretos de este tipo entre los dos.
viernes, 12 de junio de 2009
Una reflexión con muchos interrogantes
Estaba pensando que tal vez pudiera ir a comprarme un objeto extravagante y después dejarme morir en una esquina cualquiera. ¿Qué estupidez, verdad? ¿Por qué será que a veces nuestra mente genera estos pensamientos tan aparentemente ilógicos y aislados? ¿Sacaría algo en limpio si me dispusiera a analizarlos? ¿Algo como una respuesta, una característica, una espejo donde pudiera reflejarse el yo que siempre me es vetado ver? Pensemos: Un objeto extravagante… extravagante porque no debería pertenecer a mi realidad cercana y cotidiana, esa que ejecuto bajo las normas de aparente normalidad. En mi pensamiento ese objeto extravagante son dos en realidad; me veo con un vestido de alta costura, uno de esos maravillosos que cuestan más de lo que yo podré jamás reunir, me siento en el suelo y lo ensucio, lo ensucio porque es extravagante, carece de sentido para mí. En la mano llevo un termo Starbucks. Últimamente he estado pensando en comprarme uno, produzco demasiado residuo plástico con mis botellas de agua, considero que debo tomar la responsabilidad de comprarme un termo y llenarlo de agua cada día. ¿Habré pensado en los de Starbucks? Probablemente, siempre que entro en esa tienda me dan ganas de comprar más cosas que un café. Entonces ¿por qué será para mi esto un objeto extravagante?¿Son las cosas “extravagantes” extraordinarias? ¿Serán las cosas extraordinarias aspiracionales? Puede ser, si no lo tengo es extra-ordinario para mi reducido mundo, si no lo tengo lo quiero. ¿Es esto algo inevitable? Una vez que consigo esos dos objetos extra-vagantes me dejo morir en una esquina. ¿Por qué? Pienso aquí dos cosas; o bien he hecho el esfuerzo extraordinario de conseguir esas dos cosas extravagantes y con ello he llegado al fin último de mi existencia, por lo cual, ahora ya no queda más que morir; o bien, poseer esas dos cosas extravagantes y extraordinarias me han sacado de mi realidad y por lo tanto debo morir en una esquina impersonal al no tener una realidad donde existir. En cualquiera de los dos casos, los objetos extraordinarios y extravagantes suponen la muerte. ¿Dónde me lleva todo esto? ¿Dónde está el espejo en el que pueda por fin observar el yo? ¿Soy yo esa misma que se deja morir en una esquina? ¿Es esa imagen el espejo? Una mujer para la que abandonar su realidad es una forma de suicidio. Eso es lo que dice el espejo. ¿Estamos de acuerdo?
miércoles, 10 de junio de 2009
No hay perros para todos
Cuando Nani me dijo que él había sido criado entre la televisión y el perro, me reí. Me reí varias veces después y lo seguí pensando. Así eran las familias que yo había conocido. Mis tíos no aparecían hasta que yo y mi prima nos estábamos pegando con las sartenes (una vez la dejé inconsciente un par de minutos). Hubo una temporada en que mis padres solo volteaban a verme cuando les llegaba una citación en la escuela para hablar de mi “autismo”. Y les costaba entenderlo. Una vez, yo y la misma prima, nos perdimos en el bosque durante horas, al anochecer nos dimos cuenta que era hora de regresar, para ese momento nuestros padres ya habían emprendido una búsqueda popular para encontrar a la niñas. Ese día aprendimos que había un espacio de libertad en el descuido de nuestros padres, podíamos ser dueñas de ese espacio si no traspasábamos los límites del reino de nuestros padres. Creo que a mi prima le quedó mucho más claro que a mi a juzgar por la paliza que le dio su padre. Pero a excepción de esta ocasión y un par de raras ocasiones más, el resto de nuestra infancia transcurrió en nuestro espacio de libertad lleno de hierros oxidados de las construcciones abandonadas, peleas a pedradas en los patios traseros o comida experimental a espaldas de nuestros adultos. Entonces me di cuenta que nosotras también habíamos sido criadas entre el perro y la televisión, a excepción que nosotras aún no teníamos perro y la televisión no nos interesaba lo suficiente.
lunes, 1 de junio de 2009
La Fábrica

Han tenido que pasar muchos años para que me diera cuenta de esto: las sirenas del pueblo regían nuestras vidas. Nuestros hábitos y horarios estaban configurados por una fábrica. La Fábrica, así llamábamos a ese monstruo humeante y ruidoso del que todo provenía. Ahí pasaban nuestros padres la mayor parte de su tiempo, mientras las niñas y los niños crecíamos alrededor de sus muros y al compás de su sirena. La Fábrica encerraba un misterio que era la vida de nuestro padres. Otra vida les aguardaba allí dentro y nosotros no sabíamos nada de ésta más allá de las batas verdes de nuestras madres y los pantalones de tergal azul oscuro de nuestros padres. La Fábrica nos dejaba el cansancio de los domingos y la pelusa acumulada en los rincones del piso. Nuestras tardes se convertían a veces en aire cargado de azufre o de productos químico con nombres impronunciables. Ahora nada de esto existe, los muros abandonados de esa fábrica son un recuerdo de tiempos mejores, la reminiscencia de una actividad que ha ido poco a poco dejando al pueblo con su soledad medieval llena de espectros que de vez en vez caminan sus calles.
lunes, 18 de mayo de 2009
de noche
Amo pero no me suicido. Soy abnegada pero no una esclava. Tengo un agujero negro pero no soy un pozo sin fondo. Dice Xènia que mientras siga teniendo esta idea sobre el amor seguiré fracasando. Yo oigo ambulancias. Hay ambulancias por todas partes. También coches de policía. Hoy me salvo yo y muere otra.
lunes, 11 de mayo de 2009
la "intensita"
Hay un adjetivo en México muy cruel: ser la o el “intensito”. Digo cruel porque es una manera letal para descalificar a aquellos que somos exageradamente sensibles y así lo expresamos. Algunos podrían llamarnos histéricos o histéricas. Exacerbadas o exacerbados. Al fin y al cabo solo son formas simples de expresar precisamente esa hipersensibilidad y over-expresividad. Pero “intensita” (voy ya a abandonar lo políticamente correcto y dejar el género masculino de banda, porque al fin y al cabo hablo de mis cosas y lo mío termina en –a) es un adjetivo descalificativo sin espacio para la comprensión. Es como una manada de hombres viendo un anuncio de compresas y pensado “ah, que aburrimiento, siempre igual”, Oh, sí queridos, eso es cada 25 días, lo sabéis bien. La “intensita” es esa que habla y da importancia a algo cuando debería dejarlo pasar y callarse, es esa que no se ríe con un chiste machista (además de que casi todos son malos ¿cuándo lo entenderéis?), la “intensita” es esa que en una reunión de “amigos” no se calla cuando está en contra y quiere seguir ahondando en el problema cuando los demás ya han pasado un tupido velo ante el incómodo comentario. La “intensita” es la que subraya el subtexto de los “solo un comentario” y entonces hace un problema, la “intensita” es la que no está dispuesta a aceptar los celos de su novio como algo “normal” a lo que hay que resignarse. Y sí, la “intensita” también es aquella que cuando le tocan aunque sea el do menor salta como una hipérbole viviente sin poderse contener, tal vez ese sea el único y verdadero defecto de las “intensitas”. Perdonen las molestias que esto les pueda ocasionar, pero soy una intensa.
domingo, 3 de mayo de 2009
Una mujer bajo la influenza
Puedo escribir muchas cosas bonitas sobre este episodio de mi vida, qué paradoja. Y eso, que la epidemia ha conseguido ponerme verdaderamente nerviosa, sobretodo el primer día de escándalo. Estábamos en casa y mi novio se puso enfermo: vomitó, tenía fiebre, diarrea. Los primeros días del estallido buscabas en Internet cual era el cuadro sintomático de la gripe porcina y una correlación interminable de síntomas aparecían en la lista. Desde fiebre a escalofríos pasando por vómitos y diarrea. Y nosotros en casa con el termómetro bajo el brazo y esperando que la cosa se pusiera peor. Una amiga me llamó por teléfono. ¿Has visto lo que está pasando? – Sí Le conté como se sentía mi novio. ¿Llevas una mascarilla puesta, me imagino? –No. Si está contagiado ya es tarde para eso ¿no crees? – No, por supuesto que no. Los virus no son tan predecibles ¡ponte una mascarilla! Colgué el teléfono y el termómetro marcaba fiebre. ¿Será que de verdad tendré eso? ("eso" era para nosotros en ese entonces, antes de ser la gripe, la porcina, la influenza) – No lo sé. Mireya dice que debería llevar mascarilla si tu te encuentras mal –dije tímidamente. Él se levantó y tomo una de las mascarillas, me la entregó: Tiene razón, póntela. En ese momento, las 11:00 de la noche, llamaron mis padres, estaban alarmados, en España las noticias eran terribles, para ellos, la Ciudad de México era un hervidero de virus del que se debía huir inmediatamente. Y yo con la mascarilla puesta al otro lado del teléfono: ¿Tú te sientes bien, verdad? – Por supuesto, mamá. ¿Y no has estado cerca de nadie que tenga síntomas? –me preguntó mi padre. Miré a mi novio. No, nadie. Aquí está todo bien. Colgué el teléfono, estaba exhausta de tanto pensar en lo mismo, de mirar Internet cada veinte minutos para ver si algo nuevo y determinante (¿Determinante de qué? – pienso ahora) aparecía. Me sentía ridícula e inconforme con la situación; estaba usando una mascarilla dentro de mi casa para protegerme de mi novio. Aislada. Finalmente ese día él tomó la decisión de irse a dormir a su casa. Yo me quedé en la mía, sentada en la cama, tratando de leer, de vez en cuando volteaba la vista al móvil que estaba en el suelo. Una oleada de temerosa adrenalina me subía por el esófago. Que todo esto no sea más que otra gran mentira – rogué para mi. Esa noche fue un martirio. Después y sin ningún síntoma, la cuarentena no ha sido nada más que un receso de clausura pero con pecado concedido.
viernes, 24 de abril de 2009
Freeze
Recuerdo haberme congelado en el presente. En el silencio tibio de la oficina he mirado mis uñas de pintura desconchada durante varios minutos. ¿Quieres salir a pasear un rato? - Me he preguntado a mi misma como me pregunto las cosas cuando quiero cuidarme, cuando sé que estoy tan rota que necesito darme cariño de forma incondicional. Es algo que he aprendido a hacer en los últimos años, este comportamiento va unido a la única verdad absoluta a la que he conseguido llegar: que yo soy yo y nunca seré otra, que nunca saldré de este cuerpo y que por lo tanto, renunciar no es más que condenarme a una lenta y larga tortura. Esta verdad es tan absoluta que jamás he conseguido rodearla y siempre acaba funcionando para ponerme en marcha; pero la frustración, ahí está, se manifiesta en unas latentes ganas de llorar que se condensan en mi cabeza hasta formar una nube de tormenta que luego me aprieta al levantar o al sentarme, en el cambio de presión, me duele. Y ahí se queda. Solo yo sé porque. Es mi secreto.
martes, 14 de abril de 2009
las cosas no son siempre lo que parecen
Una cree que hay cosas verdaderas hasta que se da cuenta que ni una misma es verdadera. ¿Cómo sostener algo cuando yo no tengo fundamento? Me he pasado un buen rato inmóvil viendo el picaporte de la puerta. Eso es todo lo que me ha quedado de ti: una puerta cerrada. Yo no quería. O tal vez sí. Si al menos me creyeras cuando te digo que no sé que me sucede… pero al decírtelo te has marchado como un cobarde aparentando ser un valiente: “eres la mujer que más he amado” me has dicho. No podías decir algo menos incongruente. No es esa la reacción de alguien que nunca me ha querido bien. Te he dicho que no te fueras y sin embargo has fingido ser un samurai y creyendo que adivinabas el futuro: “si me quedo contigo solo me quedaría ver como te vas con otro” te has marchado sin darnos el tiempo que nos merecemos. Luego has vuelto, enfurecido, me has sacado del sueño con un látigo y me has empujado a la cama varias veces cuando todavía no podía ni abrir los ojos dañados por la luz repentina. No he tenido miedo porque todavía estaba entumecida por el sueño. Una y otra vez has inquirido la verdad, me has atosigado esperando que llorara, lo que no sabías era que lo que ibas a destapar era mucho peor de lo que pudiste imaginar. Una vez destapado te ha dado miedo. Perdóname, no quería lastimarte , te has disculpado abrumado por mi estado, Sí, sí querías. ¿Y sabes lo peor de todo? Que la única forma que tienes de lastimarme es hacerme mirar en este agujero negro que tengo dentro.
viernes, 27 de marzo de 2009
Sangre
Duele, duele y duele todavía más de lo que esperaba. ¿Por qué no puedo tener una existencia tranquila entre nosotros? ¿Por qué me siento tan ajena, tan dolida, tan inservible para ellos y para mí? Soy una tarada emocional. Una ta-ra-da. No puedo explicarlo de otra manera. ¿Qué es esto que me impide estar cómoda, ser entre los míos lo que soy entre los demás? No es posible que la familia con el tiempo se resuma a esto, a la supervivencia, al espacio artificial de la tolerancia. Tengo una sanguijuela en el corazón que me está chupando el sentido y me tiene atrapada, su hambre es la que me impide hablar y preguntar, la que me altera cuando no hay motivo y ofusca mi capacidad de comprensión. ¿Quién o qué o cuándo es esta sanguijuela? ¿Cuál es su nombre? ¿Qué escondo?
jueves, 26 de marzo de 2009
Me duele la cabeza

El despertador no me sonó pero yo me levanté porque el dolor recorría mi cabeza y bajaba hasta el inicio de mis hombros. No comprendía nada. Me levanté algo atontada y me di cuenta de que mis mandíbulas se habían encajado la una con la otra, mi protección se había pegado a mis dientes como un plástico que se quema sobre una superficie rugosa. La despegué y me puse a hacerme de comer pensando que eso ayudaría a que mi cuerpo despertara y el dolor se fuera. Pero a medida que comía sentí que la cabeza me traicionaba, luego me di cuenta que no podía enfocar la vista, primero miré el cielo extraño del día de hoy, una nube recta de color cenizo sobre un cielo claro, casi sin color. Los bordes se difuminaban tal vez sea la lejanía, encendí el ordenador y busqué El País, no, no era la lejanía, era mi vista, no sabía porque pero no podía enfocar. Comprendí entonces lo que estaba sucediendo: la visita de una migraña. Hacía tiempo que no me pasaba, recuerdo perfectamente la vez anterior, es difícil olvidarlas. Supe otra vez que el Chamán tenía razón, cuando mi corazón explota mi cabeza duele y no puedo ver. Corrí hacia mi pequeño neceser-botiquín y busqué desesperadamente algo que pudiera abortarla antes de que se adueñara de mi. No tenía mucho, pero la combinación de un aspirina e ibuprofeno no podía ser mala. Así que tomé el cóctel y me tumbé en la cama, me tapé con el edredón esperando que eso aliviara mis ganas de oscuridad e intenté de olvidarme de los gritos de los niños de la escuela que hay al lado de casa de mi amiga Sofía. Traté de dormir durante una hora y lo conseguí solo al final, unos 30 minutos seguramente. Me volví a levantar agradeciéndole a la vida que nos diera segundas oportunidades y pensando que yo ya estaba harta de que me pasarán por encima, esta vez voy a agarrarme a la oportunidad y no dejarla escapar nunca más, cueste lo que cueste.
lunes, 23 de marzo de 2009
Apos tata
Voy a apostatarme (o apostasiarme?) No sé muy bien todavía como funciona este verbo, soy nueva en ello. He escrito una carta al Obispo de Vic, he fotocopiado mi documento de identidad y por último, el próximo domingo tendré que ir a un pequeño pueblo cerca de donde viven mis padres a buscar mi partida de bautismo. Con todo ello entre un clip podré esperar la respuesta de mi (mi?) Obispo para ver si puedo abandonar la fe que abandoné hace mucho y quitarme de las listas católicas. Siempre había pensado en como podría revertir el hecho de ser Católica Apostólica Romana, pensé que era imposible y que se vive con ello como con los tatuajes que una se hace cuando tiene 14 años. Pero resulta que no, que hay una manera. La iglesia no proporciona esta crucial información en el montón de páginas web que tiene, una puede informarse si quiere de los horarios de las misas, de las nuevas ediciones de la Biblia o incluso leer las cartas que los pastores dejan en esa web, sí ellos también tienen derecho a un blog ¿O creías que no? Pero sobre la apostasía no hay una sola palabra. Otros ateos más reaccionarios que yo encontraron la manera y ahora yo me sumo a la moda. Esto de apostatarse tiene solo una cosa de emocionante, que esta mañana me obligó a llamar al Párroco de mi comarca y que el próximo domingo me veré obligada a recorrer unos cuantos kilómetros para recuperar de su mano mi partida de bautismo. Cuando hablé con Monseñor, un agradable ancianito cuyo número de móvil empezaba con 666, tengo que decir que me provocó risa dicha coincidencia, me dijo que él podría hacer una copia de mi partida y entregármela con mucho gusto, cabe remarcar que todavía no le he dicho porque la quiero y espero no tener que desvelar el motivo. Eso sí, tendría que ir hasta el pequeño pueblo donde él reside a buscarla, tendrá que ser el domingo a partir de las 5 de la tarde, en su casa delante de la iglesia. Monseñor da por sentado que tengo coche, que tengo dinero para la gasolina y que además, me corresponde a mi todo el trabajo que ocasiona irla a buscar. De métodos modernizados ni se me ocurrió preguntar. Así que el domingo tengo una cita con Monseñor Felipe, no puedo negar que me emociona. Ver la cara de un ancianito que ha dedicado su vida a una fe y al que ahora le toca vivir en un tiempo en que los “jóvenes” como yo le consideramos una figura exótica. Espero que al menos cumpla mis expectativas.
lunes, 9 de marzo de 2009
Postales de Barcelona
Desesperanzadados, todos hastiados. Me da más miedo una persona sin esperanzas encerrada en el metro que cualquier calle del DF. Un hombre pasa muy cerca de mi, huele a alcohol, lleva gafas de sol y un dedo vendado. Aquí todos están drogados – pienso. Freaks de ciudad. Decenas en dos días. Un tipo se sienta delante de mi, tiene tics en la cara, cierra los ojos insistentemente y hace muecas extrañas con la boca, lleva varias bolsas de plástico llenas de papeles. Saca una revista maltratada de una de ellas, parece que las recoge de la basura. Es una Interviú atrasada, la abre por la página de los desnudos y entonces sus muecas se empiezan a descontrolar, su cara es un cuadro futurista, lleno de líneas de movimiento y figuras feas. La noche anterior un chico se sentó a nuestro lado en la parada de autobús. Estaba tan pasoneado que si se levantaba tropezaba con quien estuviera delante. Así lo hizo un par de veces, luego pedía perdón y se volvía a sentar, se ponía el dedo índice delante de la nariz y dormitaba, Come stae Gigi? ¬le preguntó Alice, Sono, sono le respondió él. Nosotras nos fuimos y especulamos sobre donde dormiría Gigi esa noche. En la estación un hombre joven duerme en un banco metálico, no está sucio, desde aquí puedo ver sus inmaculados calcetines blancos, duerme tan profundamente que ronca. Detrás suyo unas estudiantes Erasmus hablan y ríen, colocan su pelo y ajustan sus ropas insistentemente, brillan. Un retardado mental me da un susto poniéndose delante de mi abruptamente ¿Qué hora es? Me pregunta. No tengo reloj, pero enseguida me doy cuenta de que no es eso lo que quiere. Se va. Y yo me quedo. Miro y me aterro de todo.
sábado, 28 de febrero de 2009
como humo

Tengo varias imágenes el día de hoy. Una de ellas es un enchufe de pared con un rastro de polvo anaranjado. El rastro de ese polvo tan característico de ladrillo triturado, se dividía en dos y se volvía a unir en un montoncito sobre una caja de línea telefónica sin conexión. No lo habían limpiado desde el día que lo instalaron. En la misma habitación, en la segunda repisa de un estante metálico, había una pequeña cubeta alargada de aluminio envejecido. Sobre ella, en uno de los lados alguien había puesto un adhesivo de demo que rezaba: eres una pulcra. Definitivamente no lo era. Más allá de las paredes de nuestro condominio los árboles de la plaza San Juan siguen asomando sus copas. Se mueven fervientemente, y pienso; ¿será que ahí arriba el aire es más fuerte? Mientras yo cargo la cubeta de la ropa sucia, voy camino a casa de Xènia, con tejanos sin cinturón y gafas de sol, arrastro los pies por el pasillo de nuestra vecindad. En mi cabeza suena Amadou & Mariam, los he dejado en casa en pausa. Me froto la cara con la mano e inmediatamente me acuerdo de Antonino, todavía no hace mucho que se ha ido. Me relajan las imágenes que llegan sin avisar y sin irlas a buscar.
miércoles, 11 de febrero de 2009
Tormenta eléctrica
Aquí estoy yo, vestida de plata y oro, engalanada hasta arriba, plantada delante de ti como una farola con sobrecarga que chispea y gime. Como una farola que hoy quisiera ser bengala de auxilio en el mar, así resaltaría en mitad del vacío oscuro y podrías y deberías verme. ¡Cómo me aprieta este vestido! Y de ti solo siento ese repudio incomprensible, igual que entonces con Kilian, las cosas cambian de la noche a la mañana, sin previo aviso. Después de eso, sé más. Después de ese profundo dolor si esta vez llego al Sí, no me desmayaré. Tal vez en el ahora, en el repudio incomprensible pueda irme. ¿Se diluirán los días en los años, en el tiempo?
No estoy realmente aquí
Estiró el brazo y su axila quedó a la altura de la cara. De seguida el olor dulzón de su sudor impregnado en la rebeca. Era agradable. Suspiró profundamente tranquilizándose y llenándose de ella misma. Pensó que a lo mejor ese gran suspiro lo podía haber desconcertado a él – si pensara en ella, en su presencia -. ¿Cuánto tiempo llevaba tumbada en la cama? El hermoso vestido se había arrugado y las medias se le clavaban en la barriga haciendo complicada la digestión de la rápida y silenciosa cena de esa noche. Apenas le había visto la cara mientras comían. Él se puso a espaldas de ella y aunque estaba juntos y muy cerca ella tuvo la sensación de estar comiendo sola. ¿Por qué lo habría hecho? Como siempre ella había fingido una feliz indiferencia, había observado la parrilla de la carne, los cocineros trabajando, la gente comiendo, el queso hirviendo en mitad de las llamas. Como si nada le estuviera sucediendo por dentro y fuera absoluta y totalmente feliz. Él estaba tirado en el sofá y desde su posición podía verle los pies; de vez en cuando se rozaban entre ellos y entrelazaba sus dedos, jugaba. Con su dedo imitó el movimiento de los pies rozándose los labios y los dientes. Podría levantarme, podría irme. Justo en el momento que pensaba eso, la cabeza de él apareció sonriente al otro lado de la pared, ella le respondió, como siempre que estaba mal, con una sonrisa, fingiendo que todo estaba perfectamente bien.
viernes, 6 de febrero de 2009
Sin entierro
Lloré amargamente la defunción de mi padre. Ni siquiera lo llegamos a enterrar y en realidad, si es que existe alguna, él era otro. Pero yo lloré amargamente esa muerte. Durante más de 5 días, durante 8 horas de una noche de frío. Me desperté para ponerme un suéter y después moría mi padre en sueños. No era yo quien lo mataba, era otro, ahora su cara me es irreconocible, pero en sueños era alguien. Yo intuía que él era el asesino, intuía como se intuyen las cosas en los sueños, con esa certeza muda que una sabe con una veracidad concebida sin pecado, como la Virgen María concibió a Jesús, tal vez ella también solo le soñara. El asesino, cuya cara insisto en recordar pero no triunfo, llevaba varias diademas de su hija en la cabeza, yo le tomaba un par de ellas y me las ponía en mi cabello y entonces le decía: unas son hijas, otros son padres. Era una amenaza, los dos lo sabíamos. Y luego volvía al llanto. A la pena profunda sobre el cadáver sangriento, a la tragedia griega de mi inconsciente.
jueves, 5 de febrero de 2009
El declive - cap. 1
Abrió los ojos y por primera vez en mucho tiempo sintió que algo había cambiado drásticamente. Este sentimiento le pasó fugazmente por la cabeza y fue eliminado en seguida porque venía acompañado de una sensación oscura que la ponía nerviosa.
Las estrellas fluorescentes en el techo de su habitación de niña permanecían allí como si el tiempo no hubiera pasado y la capa de ozono siguiera tan limpia y reluciente como 15 años atrás. Entre la Osa Menor y la Osa Mayor, estaba la constelación que ella y su hermana habían dibujado y posteriormente bautizado como Cele una combinación de sus nombres: Cecilia y Leticia. Como todo en casa de sus padres la habitación estaba impoluta y perfectamente ordenada, se adivinaban espacios vacíos en las estanterías, seguramente recuerdos que se habían ido en una de las múltiples visitas que las niñas habían realizado al hogar paterno. Ella misma recordaba haberse llevado una concha de mar que había guardado desde pequeña. Era una concha de mar con una extraña forma, impropia de los moluscos o los corales, pero bella en su deformación. Cecilia la había atesorado desde niña y en una visita, antes de marcharse a L.A. se la había llevado, como si la concha fuera a mejorar en algo su existencia, o al menos hacer compañía a su deformación interior. Más tarde la había olvidado o perdido en uno de sus múltiples traslados. Supuso que había cumplido su papel.
Después de disfrutar un rato del tacto de las sábanas y la quietud de la habitación se levantó. No se calzó, en casa de sus padres el suelo estaba tan limpio que podía ahorrárselo, aunque supiera que en el preciso instante que entrara a la cocina para comer algo su madre le dejaría ir un: “Cecilia, que mala costumbre de no calzarte, vas a coger frío”.
Su madre estaba tomándose un café frente al televisor de la cocina, hacía años que se lo habían prescrito, pero ella seguía sus propias reglas.
Cecilia abrió la nevera con la intención de prepararse un desayuno y al hacerlo descubrió que tendría que poner mucho de su parte para poder sobrevivir con sus padres de nuevo. Todo lo que había en los estantes de la nevera estaba lleno de calorías o carbohidratos, grasas saturadas y millones de ingredientes artificiales que contribuían al aumento de peso que ella no podía permitirse. Menos, ahora que debía empezar de nuevo en esa ciudad, y ya no era una niña. En realidad tenía 35 años, pero bajo su punto de vista, había muchas oportunidades esperándola. Era en esta ciudad donde había dejado a sus antiguos amigos, a los que no había llamado ni una sola vez desde que se fue y a los que despreciaba con la indiferencia en el correo electrónico. También la cadena de televisión que le dio fama y dinero en sus primeros años como actriz estaba aquí. Decir “primeros” era una mentira, porque habían sido únicos aunque Cecilia tratara de clasificar a los años que siguieron como años de estudios de actuación y participación en pequeños papeles como entrenamiento en su carrera, la verdad era que después de esos años de joven ídolo de adolescentes, Cecilia no había logrado nada. Nada más allá de acostarse con productores y esnifar toda la cocaína del mundo. Cualquiera pensaría que es lo que corresponde a una joven actriz que aspira a continuar su carrera, y así habría sido, si en medio de todo esto no hubiera surgido la enfermedad. La enfermedad fue un parte aguas en su carrera y en su vida, después de ella no hubo más que ruina y un declive imparable que todavía no había llegado a su fin.
En su habitación nueva, que en realidad era la que la había visto crecer, Cecilia empezó a deshacer las maletas. Colgó sus vestidos escotados en el armario de color rosa con acabados florares blancos donde antes había estado su uniforme escolar. Sujetadores de todos lo colores, con y sin tiras, todos con espuma que le moldeaban los pechos y los hacían parecer redondos y perfectos. Bragas, medias, los zapatos ordenados junto al armario. Luego salieron las pastillas, los 3 paquetes de pastillas que debían acompañarla a todas partes. Después de mucho tiempo se había concienciado que debía tomarlas. Sin ellas su frágil estado mental no podía regularse y eso le había ocasionado embarazosos disgustos y evidencias públicas. Afortunadamente la gente que los había presenciado ahora quedaba atrás.
Tenía la oportunidad de empezar de nuevo y esas pastillas eran sus mejores amigas y aunque las odiara, porque creía que podían hacerle aumentar de peso, sabía que sin ellas no sería capaz de nada.
Cecilia se puso a llorar, sin dejar de deshacer las maletas se fue al baño a buscar papel higiénico y continuó su tarea. Era algo que le sucedía con frecuencia, estaba en el acto más estúpido cuando de repente las lágrimas la invadían y se ponía a llorar sin poder evitarlo. No encontraba conexión alguna entre las lágrimas que surgían espontáneas como si fueran las dueñas de su persona y lo que sucedía en el mismo momento. Había empezado a sucederle antes de que le prescribieran la enfermedad.
Un día se presentó a un casting para una comedia barata. Recién duchada, se había maquillado intentando tapar las ojeras y su aspecto desmejorado. Había salido de fiesta y aún tenía aliento a alcohol. Mientras esperaba en la sala contigua, ingería uno tras otro chicles de menta. Estaba nerviosa. Ese nerviosismo día tras día, noche tras noche no la dejaba en paz. No era capaz de descansar y mucho menos de concentrarse. Tenía en las manos las breves líneas que deberían ser pronunciadas tras la puerta en su casting. Movía los pies e ingería chicles de menta. El resto de aspirantes parecían tranquilas y seguras de sí mismas. Cecilia leía las frases y las repetía en voz baja. Pero a la mitad, aunque las pronunciara adecuadamente siempre creía equivocarse y miraba el papel. Era incapaz de concentrarse. Entró como siempre aparentando frescura y simpatía, dedicó una sonrisa juvenil a cada uno de los presentes y se colocó delante de las cámaras como si durmiera con ellas cada día. Recuperó un poco la seguridad y por un momento se dijo que podía hacerlo. Empezó sus frases y a mitad, las lágrimas. Imparables, fuera de control. Primero no se dio cuenta, pero después la voz se le empezó a quebrar, tenía las mejillas mojadas y mocos en la nariz. Esa fue la primera vez. Aún no sabía que tan mal iban las cosas.
Las estrellas fluorescentes en el techo de su habitación de niña permanecían allí como si el tiempo no hubiera pasado y la capa de ozono siguiera tan limpia y reluciente como 15 años atrás. Entre la Osa Menor y la Osa Mayor, estaba la constelación que ella y su hermana habían dibujado y posteriormente bautizado como Cele una combinación de sus nombres: Cecilia y Leticia. Como todo en casa de sus padres la habitación estaba impoluta y perfectamente ordenada, se adivinaban espacios vacíos en las estanterías, seguramente recuerdos que se habían ido en una de las múltiples visitas que las niñas habían realizado al hogar paterno. Ella misma recordaba haberse llevado una concha de mar que había guardado desde pequeña. Era una concha de mar con una extraña forma, impropia de los moluscos o los corales, pero bella en su deformación. Cecilia la había atesorado desde niña y en una visita, antes de marcharse a L.A. se la había llevado, como si la concha fuera a mejorar en algo su existencia, o al menos hacer compañía a su deformación interior. Más tarde la había olvidado o perdido en uno de sus múltiples traslados. Supuso que había cumplido su papel.
Después de disfrutar un rato del tacto de las sábanas y la quietud de la habitación se levantó. No se calzó, en casa de sus padres el suelo estaba tan limpio que podía ahorrárselo, aunque supiera que en el preciso instante que entrara a la cocina para comer algo su madre le dejaría ir un: “Cecilia, que mala costumbre de no calzarte, vas a coger frío”.
Su madre estaba tomándose un café frente al televisor de la cocina, hacía años que se lo habían prescrito, pero ella seguía sus propias reglas.
Cecilia abrió la nevera con la intención de prepararse un desayuno y al hacerlo descubrió que tendría que poner mucho de su parte para poder sobrevivir con sus padres de nuevo. Todo lo que había en los estantes de la nevera estaba lleno de calorías o carbohidratos, grasas saturadas y millones de ingredientes artificiales que contribuían al aumento de peso que ella no podía permitirse. Menos, ahora que debía empezar de nuevo en esa ciudad, y ya no era una niña. En realidad tenía 35 años, pero bajo su punto de vista, había muchas oportunidades esperándola. Era en esta ciudad donde había dejado a sus antiguos amigos, a los que no había llamado ni una sola vez desde que se fue y a los que despreciaba con la indiferencia en el correo electrónico. También la cadena de televisión que le dio fama y dinero en sus primeros años como actriz estaba aquí. Decir “primeros” era una mentira, porque habían sido únicos aunque Cecilia tratara de clasificar a los años que siguieron como años de estudios de actuación y participación en pequeños papeles como entrenamiento en su carrera, la verdad era que después de esos años de joven ídolo de adolescentes, Cecilia no había logrado nada. Nada más allá de acostarse con productores y esnifar toda la cocaína del mundo. Cualquiera pensaría que es lo que corresponde a una joven actriz que aspira a continuar su carrera, y así habría sido, si en medio de todo esto no hubiera surgido la enfermedad. La enfermedad fue un parte aguas en su carrera y en su vida, después de ella no hubo más que ruina y un declive imparable que todavía no había llegado a su fin.
En su habitación nueva, que en realidad era la que la había visto crecer, Cecilia empezó a deshacer las maletas. Colgó sus vestidos escotados en el armario de color rosa con acabados florares blancos donde antes había estado su uniforme escolar. Sujetadores de todos lo colores, con y sin tiras, todos con espuma que le moldeaban los pechos y los hacían parecer redondos y perfectos. Bragas, medias, los zapatos ordenados junto al armario. Luego salieron las pastillas, los 3 paquetes de pastillas que debían acompañarla a todas partes. Después de mucho tiempo se había concienciado que debía tomarlas. Sin ellas su frágil estado mental no podía regularse y eso le había ocasionado embarazosos disgustos y evidencias públicas. Afortunadamente la gente que los había presenciado ahora quedaba atrás.
Tenía la oportunidad de empezar de nuevo y esas pastillas eran sus mejores amigas y aunque las odiara, porque creía que podían hacerle aumentar de peso, sabía que sin ellas no sería capaz de nada.
Cecilia se puso a llorar, sin dejar de deshacer las maletas se fue al baño a buscar papel higiénico y continuó su tarea. Era algo que le sucedía con frecuencia, estaba en el acto más estúpido cuando de repente las lágrimas la invadían y se ponía a llorar sin poder evitarlo. No encontraba conexión alguna entre las lágrimas que surgían espontáneas como si fueran las dueñas de su persona y lo que sucedía en el mismo momento. Había empezado a sucederle antes de que le prescribieran la enfermedad.
Un día se presentó a un casting para una comedia barata. Recién duchada, se había maquillado intentando tapar las ojeras y su aspecto desmejorado. Había salido de fiesta y aún tenía aliento a alcohol. Mientras esperaba en la sala contigua, ingería uno tras otro chicles de menta. Estaba nerviosa. Ese nerviosismo día tras día, noche tras noche no la dejaba en paz. No era capaz de descansar y mucho menos de concentrarse. Tenía en las manos las breves líneas que deberían ser pronunciadas tras la puerta en su casting. Movía los pies e ingería chicles de menta. El resto de aspirantes parecían tranquilas y seguras de sí mismas. Cecilia leía las frases y las repetía en voz baja. Pero a la mitad, aunque las pronunciara adecuadamente siempre creía equivocarse y miraba el papel. Era incapaz de concentrarse. Entró como siempre aparentando frescura y simpatía, dedicó una sonrisa juvenil a cada uno de los presentes y se colocó delante de las cámaras como si durmiera con ellas cada día. Recuperó un poco la seguridad y por un momento se dijo que podía hacerlo. Empezó sus frases y a mitad, las lágrimas. Imparables, fuera de control. Primero no se dio cuenta, pero después la voz se le empezó a quebrar, tenía las mejillas mojadas y mocos en la nariz. Esa fue la primera vez. Aún no sabía que tan mal iban las cosas.
martes, 27 de enero de 2009
dulce de leche
Hoy me sentía triste cuado miraba el bote gigante de dulce de leche. Las excavaciones de las cucharas habían dejado arañazos a lo largo del interior del bote y si no hubiera sido porque dentro era muy oscuro hubiera visto las entrañas de azúcar. Entonces recordé del día en que le pregunté a Manuel como sentía la presión del tiempo. Me había dicho que él se sentía en el interior de un tanque sin oberturas que iba llenándose de agua y que en algún momento llegaría a ahogarle. Me acuerdo que pensé que tristeza. Estábamos sentados en el balcón del hotel, era muy noche, apenas se veía el mar, yo bebía mezcal y me fumaba un cigarrillo, él solo estaba. Siempre debí saberle a vicio. Estoy casi segura de que él no conocerá esta sobriedad que a ratos me pone tan triste. Creo que tenía razón al pensar que el cigarro era una manera de evitar la vida, si una se la fumaba, siempre podía evitar que la vida se la fumara a una.
viernes, 23 de enero de 2009
Esta noche cocina el inconsciente
Ya de noche, en la cocina, coinciden mi padre y mi madre. Ella, aunque está cansada, aunque no quiere, aunque no tiene la obligación y nadie la presiona, le pregunta a mi padre si quiere un frankfurt para cenar. Mi padre le responde que sí. De mala gana se pone a calentar la salchicha, mi padre, ciego él pero no de la vista, le pide a mi madre que se lo ponga en el pan. De peor gana mi madre saca una barra de pan del cajón y cuando va a abrirla por la mitad, mi padre le pide que se lo haga al estilo Alemán, es decir, que le haga un agujero central a la barra de pan e inserte la salchicha en medio. Entonces, harta, mi madre se gira, agarra la salchicha con las manos y literalmente la hunde en el pan como si con ese trozo de carne pudiera excavar en el pan hasta llegar al centro de la tierra. Mi padre, atónito, se queda mirándola y acto seguido explota en un ataque de risa. Minutos después, tras decir unos cuantos tacos e imprecaciones, mi madre, vencida por la risa de mi padre, también acaba destornillándose de la escena.
miércoles, 21 de enero de 2009
Esas disertaciones estériles que tanto me gustan
Ya no me asusta la nueva redondez de mi cara. Quien le hubiera dicho a la Liliana adolescente que eso iba a suceder algún día. Nunca me hubiera creído, en ese momento ante semejante comentario hubiera girado la cara, desviado la mirada del espejo y detenido por un solo instante sus ejercicios de mandíbula reductores de papada para dedicarme una mirada incrédula y desdeñosa como el adolescente que cree que ya descubrió todos los secretos de la vida. No somos nada, cada día creemos que por fin hemos llegado al momento de lucidez exacto que nos servirá de timón para el resto de nuestras acciones, pero cada día tiene un ayer y un mañana, y por eso siempre resulta que estamos en el mismo punto. Con los años algo avanzamos y solo el tiempo sigue siendo el maestro que todo nos lo enseña. Me pregunto porque no serán nuestros dioses personificaciones de esa inexorable máquina que todo lo hace y deshace. Tal vez las representaciones de la madre naturaleza con sus estaciones se acercan vagamente a él. Me pregunto también, si realmente existieran los vampiros, si no serían ellos los verdaderos sabios de la humanidad. Porque está claro que nosotros por lo pronto de sabios no tenemos nada.
martes, 13 de enero de 2009
¿Dónde pongo la bomba?
Si no estoy tirando bombas no estoy haciendo nada. Esa es la sensación que tengo cuando me asaltan las dudas sobre el fin del mundo y descubro la veta de una cadena de engaños seculares de los que no era consciente hasta ese momento. Debería estar bombardeando a todos esos señores infames y a las televisiones y bah!... nunca se iba a acabar esta cadena. Entonces solo tengo ganas de tomar una mochila con lo imprescindible e irme a andar mundo, vivir el presente, retratar el ahora, el conflicto, el llanto y la injusticia. Y en esta última frase estoy exponiendo mis deseos más profundos. También se necesitará gente de la normal cuando todo esto suceda – Me dice Rafa. Y entonces me siento como en una película de ciencia ficción tipo Encuentros en la tercera fase. Soy de las normales ¿Pero qué voy a hacer con este deseo de no serlo? Es esta una enfermedad también de nuestra generación y yo aún no encuentro una medicina, una jeringa directa al ego que elimine esas ansias terribles y vergonzosas y que me convierten en una hipster en potencia, una más de las representantes del trash cultural y el consumo inconsciente de nuestra época. Para colmo tengo un blog. Soy lo peor.
jueves, 8 de enero de 2009
De puntitas
“¡Liliana, por el amor de Dios, pon los talones en el suelo!” Me decía a mi misma hoy en el gimnasio. Si hubiera estado mi madre y pudiera leer los pensamientos, nos habríamos mirado a los ojos y después nos hubiéramos descojonado de risa. ¿Cuántos años me había dicho ella y había tenido yo que oír, Liliana pon los pies rectos!? Por lo menos 7 años consecutivos. Y digo esa cifra porque me es imposible cuantificar cualquier hecho de la infancia, pero durante muchos años tuve que escuchar a mis padres diciéndome que no torciera el pie, que no lo metiera pa’ dentro, que me fijara en como caminaba, y un sinfín de expresiones más al respecto. No es que el día de hoy yo estuviera corrigiendo un defecto grave, simplemente es que si me paso la clase haciendo los ejercicios de puntitas, me canso más y me veo peor en el espejo. Pero el regaño íntimo que me hice me trasladó a mi infancia y a mis pies torcidos. Por culpa de una rebeldía física: mi pies se empeñan en poner las puntas hacia dentro, me pasé mi infancia con la cabeza gacha controlando mis pies o con la cabeza alta levantándome del suelo. De niña durante al menos 1 año tuve que dormir con un aparato en los pies; dos zapatos estilo Remy pegados a una barra de metal de unos 70 cms. Una vez ponías los pies en ese aparato ya no podías unir las piernas ni torcer los pies, estabas obligada a dormir boca arriba y con los pies abiertos o bien de lado y con un pie en el aire que se acabaría quedando sin sangre tarde o temprano. Esa parte de mi torcedura sí era un auténtico suplicio. Recuerdo haberme despertado desesperada en mitad de la noche gimiendo por un cambio de posición en la cama. Había partes que también dolían, por ejemplo, si corría, mi pie derecho se torcía tanto que el izquierdo acababa tropezándose y los dos terminaban cayéndose y en consecuencia, yo también. Así me hice muchas heridas en esos años. Durante un tiempo mis padres me obligaron a cambiarme los zapatos de pie; o sea, el pie derecho en el zapato izquierdo, y el pie izquierdo en el zapato derecho. Así mis pies seguirían una pauta más abierta… aunque bien hubieran podido convertirse en los primeros pies transvertidos de la historia. La cuestión es que en algún momento se arregló, después de mucho insistir conseguimos que mis pies entendieran que la dirección correcta era otra, y que aunque estuvieran enamorados el uno del otro, no debían mirarse en pro de un futuro mejor. Y ahora al menos solo camino de puntitas en el gimnasio, un mal menor.
sábado, 3 de enero de 2009
Necesito un consejo para explotar
Me gustaría ser una taza de cerámica y que un martillo me hiciera saltar en pedazos. O una botella de cristal que explota en el congelador. No un yogurt que revienta en el microondas, pero sí un bloque de concreto que detona y desaparece. Un montón de papeles que se lleva el viento de una bocanada. Un cubo de agua que cae al suelo. Estornudar. ¿Me explico?
viernes, 2 de enero de 2009
Oda al auto-boicot
No sé si seré la única, pero hay algo que amarga mi existencia desde que de muy pequeña lo sentí por primera vez: el auto-boicot. De niña, cuando sucedía algo que me contrariaba o me disgustaba a menudo sentía la necesidad de hacer un berrinche que fuera molesto para mis progenitores, pero sobretodo que fuera molesto para mi misma. Entonces hacía algo que me perjudicara. A saber; si teníamos que ir a comer a un lugar que me encantaba, yo me negaba y prefería quedarme sola en casa de mi abuela. Una vez hecho esto me pasaba la tarde imaginando que bien estarían comiendo mis padres aquello que tanto me gustaba a mi. A medida que fui creciendo empecé a identificar y separar ese sentimiento del resto. De adolescente me volvía a suceder, y entonces me castigaba, ya no solo no yendo donde quería, sino dejando que alguien más comprara lo que yo deseaba o perdiendo oportunidades únicas. Quería que el castigo fuera más fuerte, que fuera doloroso, y ese dolor lo encontraba rápidamente rechazando algo que sería inalcanzable por siempre más. Así dejé pasar varias ocasiones y oportunidades que no se repetirán. Algunas cosas que no hice hubieran hecho felices a gente que he perdido. Durante un tiempo ese sentimiento se escondió. Creo que fue después de la adolescencia, entre la multitud de sentimientos y descubrimientos nuevos, el auto-boicot dejó de estar tan presente. Al volver lo hizo con fuerza renovada e inesperada para mi. Es como si todo ese tiempo hubiera estado hibernando y reponiéndose para volver con la fuerza necesaria para atraparme de nuevo. El auto-boicot se manifiesta ahora en cosas mucho más importantes en mi vida, sobretodo en mis relaciones. Por ejemplo, pienso algo, decido que voy a ser amable, cojo el teléfono llamo, y entonces no sé porque, lo juro, hay algo que hace que mi cabeza cambie de opinión por si sola y de instrucciones que yo no apruebo: si quiero ir a ver esa persona, no iré a verla, si quiero acompañarla a la montaña el día de mañana, no sé si podré. Y así me castigo. Casi siempre sucede esto cuando hay un motivo, por lo general insuficiente, que me hace sentir mal, un pequeño rechazo puede generar en mi, no una furia hacia la otra persona, sino una furia autodestructiva. Como estos últimos días ha hecho méritos suficientes para dedicarles una oda amarga, hoy he decidido ponerlo por escrito, a ver si así se calma un ratito.
martes, 30 de diciembre de 2008
Milagrito
Después de 4 paradas cardíacas, 19 operaciones en la cabeza, 7 paradas respiratorias y 7 meses en terapia intensiva, la llamaban Milagrito. Yo sólo tuve oportunidad de verla unos minutos, me tropecé con ella en la entrada de su casa. Yo entraba de huésped, ella barría de hotelera. O más bien, de hija de hotelera, porque ahí la que llevaba el negocio y la voz cantante era Yakelín, la matriarca de la familia. La enfermera de Caibaren que se había casado joven y como segunda hija había tenido a Milagrito. A la niña cuando era todavía muy pequeña, le tocó ser testigo accidental de un pleito entre un pescador y un local. Nunca pregunté porque se inició el pleito, pero el caso es que la niña estaba ahí, distraída y haciendo cosas de niñas cuando el proyectil del arpón se incrustó en su cabeza. Y luego sucedió todo eso: 4 paradas cardíacas, 19 operaciones, 7 paradas respiratorias y 7 meses en terapia intensiva. Le cambiaron el nombre, de Mairena pasó a Milagrito. Y sin saberlo le habían cambiado la vida. Tal vez ella jamás se dio cuenta o ni siquiera alcanzó a recordar a Mairena. A lo mejor ahora solo la ve en contadas ocasiones, como cuando posa para que le tomen fotos y entonces sin quererlo y sin saber como, invoca a Mairena que se aparece en su semblante serio. Pero por lo demás Milagrito no se acuerda de Mairena. Milagrito tenía 16 años, y a esa edad ya sabía que para ella en aquel pueblito no habría nadie. Su cara había quedado desfigurada por la multitud de operaciones y aunque se pusiera el pelo delante y casi siempre pudiera disimular las cicatrices, el volumen irregular la delataba. Milagrito sabía que sus mejores momentos eran los 5 primeros minutos de cualquier encuentro. Ese era el tiempo en que el interlocutor solía dudar de sus capacidades. Salía en ese momento una Milagrito tímida y sonriente, amable, acreedora de algún sencillo secreto. ¿Cómo podría conquistar ella a un hombre en esos 5 primeros minutos? Cuando yo la vi estaba barriendo silenciosa la entrada de la casa de renta en la que nos alojábamos. Llevaba una camiseta rosa chillón apretada que le amoldaba los pliegues de carne, el pelo suelto, unos pantalones negros y varias alhajas en las manos. Casi no nos dijo nada, nosotros tampoco, pero su madre nos detuvo unos pasos más tarde. Ella es mi hija. Nos volteamos corteses a verla. La saludamos, ella nos devolvió un cabezazo amable. ¿Qué les parece? Abuela tan joven… Y sí, precisamente estaba mirando la barriga de la chica cuando lo dijo. Para ese momento nosotros todavía no sabíamos nada de su historia, así que dejamos pasar el embarazo como un hecho cotidiano en la historia de los pueblos. Al día siguiente Yakelín nos contaría todo lo que yo he escrito y las dimensiones del embarazo serían diferentes. Entre la multitud de parches que las operaciones habían dejado en Milagrito había dos que convertían su embarazo en un riesgo: la epilepsia y la meningitis. ¿Cómo entonces había osado Milagrito embarazarse? La prisa que infunda el miedo. A su corta edad había pensado que ningún hombre iba a quererla jamás y había visto esto como una catástrofe ilimitada, entonces esperó ansiosa al primero que quisiera aceptarla y se ofreció a él por entero. No sé si Milagrito contaba con el embarazo o si él contaba con el embarazo, pero la cuestión era que ahí estaba. Yakelín creía que todo había sucedido porque el tipo, mayor que Milagrito y en sus plenas capacidades, quería aprovecharse del negocio familiar – la casa de renta – y embarazando a Milagrito se había unido de manera irreversible a esa familia. Independientemente de la resolución de la historia, después de la experiencia que le espera, Milagrito en sus escasas posibilidades tal vez descubra algo fundamental de la vida: no es necesario atarse para amar ni sufrir para ser amada.
lunes, 29 de diciembre de 2008
pausa
Cuando estoy triste pienso: ¿Estarás conmigo solo porque estás tan sólo como yo? He tenido la sensación de aburrirte, de hacerte insatisfecho, de dejarte ansioso por aquello que estabas buscando y sin embargo, en el momento de pausa me miras y me dices te quiero. Ya sé que en realidad lo hacías más antes. Ahora yo también he aprendido a hacerlo. ¡He aprendido tantas malas costumbres! Se me dan bien. Y es que yo en realidad creo que los gatos tienen 5 patas y que 3 más 3 son 7. Pero mientras resuelvo mis enigmas podemos darnos una pausa.
sábado, 27 de diciembre de 2008
soy adicta a los 3 primeros meses
A veces pienso que soy adicta a los primeros 3 meses. Después de esa barrera temporal todo se desvanece. Lo que parecía ser un futuro prometedor se suele convertir en un presente ilusorio y poco atractivo, las virtudes que tanto me hacían vibrar se vuelven escandalosos detalles idiosincrásicos que me erizan los nervios. Y siempre es así. Pocas veces mi amor supera esa barrera. Debo ser una especie de amante a corto plazo. Últimamente la madurez me ha traído un poco más de persistencia y tolerancia, así que puedo alargar mis relaciones unos 2 meses más con la elegancia de quien está de vacaciones y no puede regresar a su trabajo porque ha perdido el vuelo. Suena horrible, lo sé. Pero no solo para ellos, para mi también. Tal vez más. Ellos no se cansan de tropezar siempre con la misma piedra. En cambio yo parezco ejemplificar en mi misma el dicho “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.” Porque no creáis que en cada nueva relación no pienso que realmente ese amor es verdadero, y casi siempre lo es, pero también pienso que es duradero, y aunque lo crea como la más fanática beata, resulta no serlo. Así que imaginaros que frustrante ha de ser estar en mi situación. Es como si estuviera continuamente viendo espejismos de oasis en un desierto. Corro hacia ellos, estoy a punto de tocarlos y pum! se desvanecen. Paso un pequeño (para que vamos a engañarnos) período de duelo y como el hombre vive de esperanza, al poco tiempo ahí estoy de nuevo: enamorada del amor.
sábado, 20 de diciembre de 2008
deseos
Yo recuerdo haber sido la niña que le gritaba Cabrón a su abuelo en el vídeo familiar. Tengo recuerdos de haber sido la niña que después de caerse 5 escalones llegaba al suelo y rechazaba la ayuda diciendo ya está, ya está. Recuerdo también abrirme la rodilla con el alquitrán en grano al huir de la pescadería con el canasto de mi madre en un acto heroico ¡Y ahora me siento tan lejos de todos esos recuerdos! Busco esa niña día tras día. A veces pienso que tal vez con espartanismo y ascetismo lo pueda conseguir, entonces dejo de fumar 15 días, no bebo y salgo poco. Atisbo algo de lucidez en esa sobriedad, pero siempre llega un momento en que acabo abandonándome de nuevo. No soporto estar en un único estado de consciencia. Me aburre. Pienso luego, que nunca podré tocar a esa niña de nuevo. Que nunca alcanzaré mis metas porque soy una perezosa, una alma sin voluntad. Y me odio con vehemencia. ¿Debe una luchar por algo que no le es natural? ¿No deberían ser nuestras metas iguales a nuestros deseos? Tenía mucha razón, quien hace un tiempo, me dijo que lo verdaderamente difícil es saber lo que deseamos realmente. Porque haceros la pregunta: ¿Qué es lo que deseáis? Sinceramente, es complicado responder a esta pregunta sin pasar por la barrera de “lo que escogisteis desear” y prometisteis conseguir, y que de no hacerlo, será alta traición al propio ego. Así que muchas veces más nos vale responder una mentira y seguir fingiendo que realmente deseamos lo que escogimos, hacer creer que somos firmes en nuestros propósitos para que nos tomen en serio y que estamos dotados de cierta clarividencia mental que nos conducirá irremisiblemente a la meta. Imaginaros ahora la meta. ¿De qué valdrá si no es realmente lo que deseamos? Me pregunto si nos conformaremos en haber logrado lo que aparentamos y si eso nos dejará tranquilos por el resto de nuestra existencia.
viernes, 21 de noviembre de 2008
el lobo estepario

Eres como un Lobo Estepario. Solo te juntas para procrear. – Casi no podemos mirarnos a los ojos, pero estoy segura que él me está clavando la mirada tanto como yo a él. De vez en cuando, las luces de Navidad de la vecina me permiten ver con más claridad, entonces trato de buscar algo en su rostro, algo que me haga comprender que es lo que él busca exactamente. ¿Ah sí? Sí, no te creo cuando dices que si tuvieras hijos nunca los dejarías al otro. Estoy seguro de que tú los abandonarías con más facilidad. Ciertamente no se anda con rodeos. Siempre le digo que es un kamikaze, y él lo reconoce. Trato de pensar en lo que me dice, de no buscar que es lo que quiere decir cuando me dice eso, que es lo que pretende él, qué efecto dramático busca en mí o aún peor, cómo se aprovecharía él de esa hipotética situación si jamás se convirtiera en realidad. Pienso, me concentro. Puede ser. Hay dos escenarios opuestos: y en los dos soy esclava. Inmediatamente se me resbalan dos lágrimas, no por lo que él me ha dicho, sino por lo que yo acabo de decir. En una profunda parte de mí sé que tengo toda la razón y me aterra. En mi mundo futuro la única forma de salir de la esclavitud es no tener hijos. No haberlos tenido nunca. Sé Este último pensamiento una Lili futura lo formulará en algún momento, y me odio por los pecados que aún no he cometido. Por eso lloro más y entonces él puede ver el sendero mojado que brilla con los colores de las luces de Navidad de la vecina. Le dejo el tiempo justo para que pueda verlo con claridad y luego le doy la espalda. Me abraza por detrás, ¿Estás llorando? - Sí. Perdón, no quería ofenderte ¿Me perdonas? – No me has ofendido. Y aunque sé que sí, que sí querías provocar en mi este llanto, que te lo concedo como un parte más de nuestra realidad trágica que tanto nos gusta, no me has ofendido. No eres tú, soy yo. Y aunque tal vez en realidad si quisieras ofenderme – yo no creo conocerte de siempre, pero te intuyo – no me ofendes. Me haces admirar el profundo pozo de petróleo que brilla en ti y que esconde esa basta inteligencia que no sé todavía hacia donde va.
domingo, 16 de noviembre de 2008
siesta de sábado
Estoy tumbada en su cama. Miro el techo escarapelado, la pared quemada por el lugar por donde aparece el cable y cuelga la bombilla desnuda. Los trozos de yeso penden tranquilamente sobre nuestras cabezas. “Algún día se nos caerán encima mientras dormimos” pienso. Y me acuerdo de que seguimos en la cama, dormimos. Me he despertado a mitad de siesta sin ser consciente. Me doy cuenta de que esta pequeña vigilia no durará mucho. El letargo de hoy nos tiene atrapados. Sigo observando. Dos toallas que cuelgan de la ventana, una de cada lado. A veces las usa de cortinas, cuando no quiere que entre el sol o que algún vecino nos vea. Ahora da igual, están colgando y puedo ver sus contornos deshilachados por el uso. Todo aquí está tremendamente usado.
La música sigue sonando. No sé que es. Música clásica. No molesta. Cerca de su nuca, al otro lado, la luz roja del contestador automático parpadea. Así está desde ayer. “No han dejado mensaje, colgaron” – pero la luz roja sigue parpadeando como si allí hubiera algún mensaje guardado, esperando. Desconfío y esa lucecita roja me lo recuerda. Infinidad de libros y películas nos rodean. Apenas hay espacio para meter los pies entre ellos y la cama. A pesar del uso y el desorden la cama es cómoda, muy cómoda. Tan cómoda que me permite dormir más de 12 horas sin sentirme culpable. Él sigue tumbado. Durmiendo. Dice que yo no podría observarlo mientras duerme. “¿Tú crees?” le contesto con tono desafiante. “Sí, tengo el sueño demasiado ligero. “ Pero se equivoca, como cuando me dice que no soy tan fuerte como me gustaría. Soy tan fuerte, que a veces me gustaría ser débil.
La música sigue sonando. No sé que es. Música clásica. No molesta. Cerca de su nuca, al otro lado, la luz roja del contestador automático parpadea. Así está desde ayer. “No han dejado mensaje, colgaron” – pero la luz roja sigue parpadeando como si allí hubiera algún mensaje guardado, esperando. Desconfío y esa lucecita roja me lo recuerda. Infinidad de libros y películas nos rodean. Apenas hay espacio para meter los pies entre ellos y la cama. A pesar del uso y el desorden la cama es cómoda, muy cómoda. Tan cómoda que me permite dormir más de 12 horas sin sentirme culpable. Él sigue tumbado. Durmiendo. Dice que yo no podría observarlo mientras duerme. “¿Tú crees?” le contesto con tono desafiante. “Sí, tengo el sueño demasiado ligero. “ Pero se equivoca, como cuando me dice que no soy tan fuerte como me gustaría. Soy tan fuerte, que a veces me gustaría ser débil.
sábado, 25 de octubre de 2008
llueven mangos
Una pide mangos y le llueven mangos – me dice Alice por mail. Tal vez tenga toda la razón, pedimos cosas a manos llenas pensando que el destino es incorruptible y que nunca obtendremos lo que pedimos. Esa suposición de imposibilidad nos hace libres del miedo, no creemos que nos den lo que anhelamos, pero tampoco las consecuencias que esos deseos podrían traer. Y resulta que un día te levantas por la mañana y los mangos que habías encargado tres años atrás están bellísima y perfectamente empacados en la puerta de tu casa con una nota de entrega: Para Liliana. Los mangos.
Zas. Los mangos, caray. ¿Y ahora que hago yo con los mangos? Es un chiste del destino. ¿Qué pasará con los anhelos de la semana pasada? - me pregunto.
Resulta un hecho muy curioso de todo esto: descubrimos que hay sentimientos verdaderos dentro de nosotros. Ajá. ¿O no hemos pensado todos, después de cierto tiempo, que nuestros sentimientos hacia alguien habían sido una mera ilusión, un espejismo? Pues resulta que dentro de todos esos sentimientos que pasamos a la maleta de viaje, hay algunos que fueron ciertos, tan ciertos que cuesta creer que los podamos dominar. Parecen entes autónomos con derecho a existir. Y aunque pongamos muchas oposiciones, miedos, experiencia y lógica sobre ellos, estos florecen sin reparos, alimentados por esos mangos que creímos que nunca iban a aparecer. Tres años después esos sentimientos vuelven a aparecer como lo hicieron la primera vez, y entonces no me queda más que admitirlos y aceptarlos, comerse los mangos a manos llenas, como quería. ¿Qué resultará de todo esto? No lo puedo responder. No puedo saber. Tal vez esté en este instante pidiendo cosas que lleguen en unos años para cambiar mi vida de nuevo.
Zas. Los mangos, caray. ¿Y ahora que hago yo con los mangos? Es un chiste del destino. ¿Qué pasará con los anhelos de la semana pasada? - me pregunto.
Resulta un hecho muy curioso de todo esto: descubrimos que hay sentimientos verdaderos dentro de nosotros. Ajá. ¿O no hemos pensado todos, después de cierto tiempo, que nuestros sentimientos hacia alguien habían sido una mera ilusión, un espejismo? Pues resulta que dentro de todos esos sentimientos que pasamos a la maleta de viaje, hay algunos que fueron ciertos, tan ciertos que cuesta creer que los podamos dominar. Parecen entes autónomos con derecho a existir. Y aunque pongamos muchas oposiciones, miedos, experiencia y lógica sobre ellos, estos florecen sin reparos, alimentados por esos mangos que creímos que nunca iban a aparecer. Tres años después esos sentimientos vuelven a aparecer como lo hicieron la primera vez, y entonces no me queda más que admitirlos y aceptarlos, comerse los mangos a manos llenas, como quería. ¿Qué resultará de todo esto? No lo puedo responder. No puedo saber. Tal vez esté en este instante pidiendo cosas que lleguen en unos años para cambiar mi vida de nuevo.
lunes, 20 de octubre de 2008
la fuerza centrífuga
El sábado por la mañana me desperté como muchas otras veces serpenteando. Tratando de buscar con mis nalgas un hueco en la cintura del otro. Una vez empiezo, y siempre que tengo ganas no puedo evitar empezar, no sé parar. Y así me encuentro en un espiral del que una no puede salir tan fácilmente. Estaba yo el sábado por la mañana, tumbada en la cama, con los ojos cerrados pero ya casi despierta, pensando en que debería parar lo que estoy empezando. Pero no puedo hacerlo, me cuesta resistirme, aunque me doy cuenta que la persona al otro lado no reacciona, lo cual, en estas circunstancias equivale a una rotunda negativa a mi propuesta de que seamos dos lagartijas. Es como si dejarme extinguir no fuera suficiente para detenerme. Podría sentirme mal por ello - pienso. Podría sentirme despreciada por hacer lo que estoy haciendo, prácticamente a solas. Pero ninguno de esos sentimientos me viene al corazón. Simplemente deseo, y eso, lo inunda todo. El deseo es egoísta. Me concentro en el placer que produce estar en contacto con una piel desnuda amable. Pero él se aparta. Definitivamente, no quiere. No quiere que encuentre el hueco donde acurrucarme a mi y a mis nalgas. No trato de pensar porque, ya sé porque, y no tiene nada que ver conmigo. Me gustaría poder pasar por encima de esos porques y pisotearlos hasta hacerlos añicos invisibles. Pero parece que no voy a poder. Cada héroe lleva su condena. La fuerza visible no es más que la victoria de los demonios internos de cada uno. Y él tiene derecho a tenerlos tanto como yo o cualquier otra persona. Así que para detenerme me verbalizo: por favor, levántate o no voy a poder dejar de serpentear. Y en el gesto de hacerlo, se cae al suelo. La persecución lo había llevado hacia el extremo de la cama y finalmente, había caído. Impagablemente ridículo – pienso. No él, sino la persecución a la que lo he sometido. Me tiraste de la cama – dice. De tu cama… - le contesto. Y ahora que le veo bien la cara puedo darme cuenta de que está sufriendo, y me siento mal. Me molesta convertirme en una presencia incómoda. Recojo mis cosas rápidamente mientras él se ducha – a mi no me ofrece ducharme – detalle, que aunque no hubiera aceptado, no se me escapa -. Sale tan rápidamente de la ducha que yo apenas me estoy poniendo los zapatos. El hombrecillo lucha contra el tiempo o contra el tiempo que aún le queda conmigo. En la puerta de su casa me despedí diciendo que iba a desayunar algo. No esperaba que me acompañara, ni debió haberlo hecho. La culpa mueve las manecillas del reloj del Conejo de Alicia. Entramos en el restaurante vacío y frío, nos dieron un expresso que no era expresso, y unos huevos a la cazuela que no eran a la cazuela, en sintonía con nuestra mañana que tampoco era mañana. Nos sentamos a comer incómodos, ahora yo también, uno al lado del otro, esperando que la comida nos llenara la boca para no tener que hablar. Y lo hizo durante un rato, aunque no lo suficiente para regalarnos un final feliz. Gracias por los cigarros que has dejado en mi casa - . Menudo comentario. ¿Ese es el resumen de la noche? ¿Gracias por los cigarros? - le contesté. No, bueno, también me lo he pasado muy bien. Me reí. No hace falta que lo digas así, pero tampoco que lo digas de la otra manera. Es que no tengo tanta paciencia. No sonó muy amable. Al cabo de unos minutos cogió la mitad de su bocadillo para llevar y se levantó con la excusa de que tenía mucho trabajo. Me dio un beso bastante largo, seguramente pensando que sería el último que me daría. Pero a las 9 de la noche de ese mismo día, rindiendo un homenaje al destino, ya me había llamado.
lunes, 29 de septiembre de 2008
salado pero dulce
Quería comer salado pero terminé comiéndome dos plátanos y un bowl de cereales. Cuando llegué a casa estaba tan nerviosa que no paraba de dar vueltas por el salón y la cocina. En algún momento mi cerebro debió centrifugarse y me confundí. Dos plátanos y un bowl de cereales, a pesar de que quería comer salado. Si pudiera suspiraría con profundidad y lloraría sobre el hombro de mi madre: ya estoy harta! – le diría. ¿De qué estás harta tú, que haces lo que quieres? – me contestaría. De no tener todo lo que quiero. ¿Todo? Bueno, la felicidad. Y dejaría que me acariciara el pelo mientras lloro a moco tendido. Pero el hombro de mi madre está cruzando el Atlántico y yo hace tiempo que no consigo llorar. Escribir esto debe ser una especie de sucedáneo. A veces pienso que la felicidad consiste en sacarle provecho a cada momento, no me refiero al Carpe diem sino a algo más duradero que el placer momentáneo. Que el provecho que saquemos a esos momentos sea para nuestra pequeña eternidad. El problema es que yo a veces me atraganto con la realidad, sobretodo cuando está sola.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
5 mandamientos
Si volviera 10 años atrás cambiaría muchas cosas, no por rectificar, sino por probar. Es decir, cometería el mismo error que en una existencia primeriza: el de ensayar con la primera y única oportunidad.
No fumaría, eso por supuesto. Trataría de olvidar el dulce recuerdo del humo y fingiría no saber que el olor de un hogar es menos acogedor si no se fuma. Me ahorraría así, las paranoias de cánceres malditos y el prematuro tinte amarillo de mis dientes.
No mentiría jamás. La construcción de mi pequeño ser se haría conforme a la asertividad y por exclusión de todo lo demás. Trataría de convertir mis sueños en realidad, no de transformar mi realidad a esos sueños, por muy horrible que fuera.
Pero no dejaría de imaginar. De navegar por mundos neuronales diferentes, de considerarme una extraterrestre o de sentarme en cualquier calle a dejar caer mi pensamiento sobre las personas que pasan por delante.
Amaría todavía más. Usaría lo aprendido para eliminar cualquier control racional sobre el amor, dejaría todo lo mío en cada relación. Ahora ya sé, que el amor es un recurso renovable y que la resurrección solo se da cuando hemos aprendido de la muerte.
No fumaría, eso por supuesto. Trataría de olvidar el dulce recuerdo del humo y fingiría no saber que el olor de un hogar es menos acogedor si no se fuma. Me ahorraría así, las paranoias de cánceres malditos y el prematuro tinte amarillo de mis dientes.
No mentiría jamás. La construcción de mi pequeño ser se haría conforme a la asertividad y por exclusión de todo lo demás. Trataría de convertir mis sueños en realidad, no de transformar mi realidad a esos sueños, por muy horrible que fuera.
Pero no dejaría de imaginar. De navegar por mundos neuronales diferentes, de considerarme una extraterrestre o de sentarme en cualquier calle a dejar caer mi pensamiento sobre las personas que pasan por delante.
Amaría todavía más. Usaría lo aprendido para eliminar cualquier control racional sobre el amor, dejaría todo lo mío en cada relación. Ahora ya sé, que el amor es un recurso renovable y que la resurrección solo se da cuando hemos aprendido de la muerte.
martes, 26 de agosto de 2008
bolitas vibradoras
Después de todo lo que habían hecho esas simpáticas chicas por nosotros, resulta que la cosa iba a terminar así. ¿Quién lo iba a decir?
Una entra en un sex-shop esperando que las dependientas no se le acerquen ya sea por miedo a poner en riesgo su propia seguridad o por dar espacio a la intimidad de los compradores. Pero en ese sex-shop, el más atractivo y moderno de la ciudad, las dependientas, dos regordetas de unos 27 años y con una playera a juego del mismo sex-shop, se nos acercaron la mar de simpáticas para poner a nuestra disposición sus conocimientos acerca de los productos que vendían y, además ofrecían demostraciones de lo que quisiéramos. Esta última oferta me inquietó un poco ¿A qué se refería con demostraciones? No le quise preguntar por no parecer grosera o pervertida, una de dos.
Fuimos contemplando cada una de las paredes del local. Yo no pude más que observar los demás compradores: una pareja de rubios jovencitos, bueno de mi edad, que discutían sobre los dildos de uno de los escaparates, me sorprendió la seriedad y sobriedad de su discusión. Parecía que estuvieran haciendo la compra de la semana: ¿calabacines o calabaza, mi amor? Tenían un aire afrancesado, semi-intelectual. No parecían turistas, pero sin duda tampoco eran mexicanos. Iban bastante abrigados para el tiempo que hacía, y eso les hacía parecer aún más extraños dentro de ese local. Como si estuvieran ahí de mentira, solo para darle un aire más cosmopolita al sex-shop. Ellos nunca se fijaron en nosotros.
Más de reojo y con menos confianza, observé a un señor un poco más mayor que deambulaba sólo por la tienda. Se paseó un rato por las películas y las revistas porno, sin prestar atención a los millones de penes y artilugios llamativos y sobresalientes, y luego se metió cual reptil en el “cine” de la sala contigua de donde salían suspiros y gemido en estéreo, eso sí, a todo volumen.
Me pregunto si habría alguien más en esa sala oscura de donde salían los alaridos, y ¿Ponían el volumen tan fuerte para tapar los otros gemidos, los de la gente que veía la película?
Después de la salida del señor nos quedamos solos con las amables dependientes que charlaban detrás del grueso mostrador.
Me desagradó el darme cuenta que entre los aparatos y aparatitos, los artilugios y gadgets, casi todo eran penes: penes para atrás, para adelante, para los dos lados simultáneos, grandes, más grandes, extra-grandes, gigantes y unos chiquititos que creo que eran para cubrir los dedos. ¿Era eso una expresión más de los masculinizado que está el mundo? O simplemente era la verdad: las mujeres tenemos un agujero y por muy feministas o lesbianas que seamos, en los agujeros largos y estrechos solo entran palos. Pero entonces ¿Por qué no estaba el lugar lleno de coños? Si las mujeres necesitamos penes, los hombres inevitablemente necesitan vaginas, es la ley de la naturaleza (para casi todos). Podrían haber vaginas grandes, chiquitas, ergonómicas, de diferentes texturas, más grandes con cintura, más pequeñas portátiles. Pero no había en la tienda ni una sola vagina. A mi parecer esto demuestra el alcance del mercado de la prostitución femenina: ¿Para qué usar una vagina de plástico cuando puedes pagar muy barato por una de verdad? A veces pienso que si las mujeres tuviéramos la misma facilidad para el sexo todas las guerras de género se acabarían.
Aunque mi pareja propuso que nos lleváramos un pene largo y grande, no lo hicimos. La verdad no me apetecía nada semejante bate de béisbol, al menos no por el momento. Tampoco compramos lencería, era demasiado cliché para que nos excitara realmente. ¿Alguien quisiera ver a su novia vestida de mecánica sexy? o peor aún ¿vestida con la bandera gringa? Después de descartar varias opciones nos decidimos por las bolas vibradoras. Es una bola grande que vibra activada por un mando a distancia inalámbrico. Me atraía sobremanera la idea de llevar la bolita dentro y que él pudiera activarla cuando quisiera sin importar donde estuviéramos.
Las amables dependientas nos enseñaron el mecanismo de la bola (básicamente funciona bajo el precepto más simple: on/off) y luego nos recomendaron un lubricante anti-bacterial para un mejor uso.
La verdad, como me agradaban aquellas dos regordetas. Tan predispuestas, tan amables y tomándose su trabajo tan en serio. En la mayoría de tiendas de la ciudad te encuentras a dependientes desagradables que no tienen ganas de vender y que intentan echarte a patadas de su establecimiento, en cambio ellas, en el sex-shop brindando un servicio excelente que trataba de hacerte sentir cómodo y eliminar así la vergüenza inherente de cualquier católico entrando a un establecimiento semejante.
Pero claro, no tenían factura… cuando una de las regordetas le dijo a mi pareja que su factura tendría que esperar unos 15 días, él se quedó callado y después de mirar intensamente a la pobre regordeta, con acento sospechoso y acusador le dijo: ¿Por qué? A lo que ella, sin mucha seguridad, todo hay que decirlo, le respondió que tenían unos problemas en el sistema. El sistema, ese ente misterioso propio del Matrix. Se enfureció. Le apuntó amablemente el teléfono en el ticket de compra para que llamara antes de ir a buscar su factura, pero, desgraciadamente ella no sabía que su amabilidad esta vez no iba a ser suficiente, necesitaba ahora un poco de picardía para manejar la situación. Lo que pasa es que ustedes no quieren pagar impuestos. ¿Ustedes? La regordeta se hubiera librado de tal discusión si simplemente le hubiera dicho: “sí, el propietario es un asco” o “yo es que solo vendo…” , incluso si hubiera dicho alguna de estas dos cosas, yo hubiera salido en su defensa. Pero como trató de ponerse el escudo de su compañía, la cosa se complicó bastante enzarzándose en una discusión donde él siempre la miraba directo a los ojos acusadoramente y sin decir nada dejaba que ella se enredara en una serie de respuestas cada vez más incoherentes y que siempre terminaban dando con aquella ambigua palabra: el sistema.
Dispuesta a convertir ese patético espectáculo en una lección también para mi, no intervine. En realidad tenía toda la razón de enfadarse con los vendedores que no pagan impuestos, al fin y al cabo él si los paga y tiene que repartirlos con el resto de la población, incluidos, los que no pagan. Por eso aunque me sobrecoge cualquier acto de violencia, dejé que manifestara su enojo y me dediqué a ver con el corazón encogido como aquella regordeta iba haciéndose chiquita detrás del mostrador.
Mientras observaba esto la bola que tenía en la mano, y que había sacado para observar mejor, vibró. Me sorprendí. Yo tenía el mando a distancia en la bolsa donde acababa de dejar el envoltorio de la misma bola ¿Cómo había vibrado aquello? Iba a decírselo a él, pero entonces volvió a vibrar, pegué un brinquito con el susto. Levanté la mirada de la bola y recorrí mi alrededor con la vista. Al principio me pasó inadvertida, pero en un segundo recorrido la vi. Claramente, la otra dependienta regordeta me miraba desde un punto más alejado y un poco escondido por uno de los expositores de la tienda: tenía un mando a distancia igual que el nuestro en la mano y me sonreía abiertamente. Me quedé atónita y ella volvió a accionar el mando haciendo vibrar la bola que volvió a asustarme. No sabía qué hacer. No sabía si tomarme aquello como un juego divertido, una broma muy cínica, sobretodo teniendo en cuenta la discusión entre mi pareja y su compañera regordeta. No sabía si de alguna manera era aquello una insinuación o si ella era una psicópata y después de eso tenía previsto atacarme con uno de esos enormes penes que seguro habrían servido para knockear a alguien de un solo golpe. Instintivamente, me lo tomé como una mezcla de las primeras dos cosas: una broma algo extraña y una insinuación amable de su parte. Le sonreí. Volvió a accionar la bola, esta vez ya no me asusté y ella la apretó durante largo rato para que yo pudiera observarla y toquetearla un ratito.
Finalmente oí un no tienen ustedes madre, por supuesto que no voy a volver a por la factura. Era hora de irse. Me giré para seguirlo y me despedí de la otra dependienta como si nada hubiera sucedido entre ella y yo, yo era la buena de la pareja, y no es que lo pretendiera, pero es que él se empeñaba en hacerme quedar así cada vez que discute con alguien del sector servicios.
Me detuve unos segundos para despedirme de la otra dependienta. Su mirada parecía un poco más libidinosa que antes, y a decir verdad no me molestó, la osadía de esa chica la hacía muy atractiva a pesar de sus quilitos de más. A modo de despedida ella alzó la mano en la que tenía el mando a distancia y la movió mientras con la boca simulaba un “adiós” mudo.
Salimos de la tienda y ya en la calle, me puse a reír de puro nerviosismo y cuando él me miró le dije: ay que ver que grosero eres.
Una entra en un sex-shop esperando que las dependientas no se le acerquen ya sea por miedo a poner en riesgo su propia seguridad o por dar espacio a la intimidad de los compradores. Pero en ese sex-shop, el más atractivo y moderno de la ciudad, las dependientas, dos regordetas de unos 27 años y con una playera a juego del mismo sex-shop, se nos acercaron la mar de simpáticas para poner a nuestra disposición sus conocimientos acerca de los productos que vendían y, además ofrecían demostraciones de lo que quisiéramos. Esta última oferta me inquietó un poco ¿A qué se refería con demostraciones? No le quise preguntar por no parecer grosera o pervertida, una de dos.
Fuimos contemplando cada una de las paredes del local. Yo no pude más que observar los demás compradores: una pareja de rubios jovencitos, bueno de mi edad, que discutían sobre los dildos de uno de los escaparates, me sorprendió la seriedad y sobriedad de su discusión. Parecía que estuvieran haciendo la compra de la semana: ¿calabacines o calabaza, mi amor? Tenían un aire afrancesado, semi-intelectual. No parecían turistas, pero sin duda tampoco eran mexicanos. Iban bastante abrigados para el tiempo que hacía, y eso les hacía parecer aún más extraños dentro de ese local. Como si estuvieran ahí de mentira, solo para darle un aire más cosmopolita al sex-shop. Ellos nunca se fijaron en nosotros.
Más de reojo y con menos confianza, observé a un señor un poco más mayor que deambulaba sólo por la tienda. Se paseó un rato por las películas y las revistas porno, sin prestar atención a los millones de penes y artilugios llamativos y sobresalientes, y luego se metió cual reptil en el “cine” de la sala contigua de donde salían suspiros y gemido en estéreo, eso sí, a todo volumen.
Me pregunto si habría alguien más en esa sala oscura de donde salían los alaridos, y ¿Ponían el volumen tan fuerte para tapar los otros gemidos, los de la gente que veía la película?
Después de la salida del señor nos quedamos solos con las amables dependientes que charlaban detrás del grueso mostrador.
Me desagradó el darme cuenta que entre los aparatos y aparatitos, los artilugios y gadgets, casi todo eran penes: penes para atrás, para adelante, para los dos lados simultáneos, grandes, más grandes, extra-grandes, gigantes y unos chiquititos que creo que eran para cubrir los dedos. ¿Era eso una expresión más de los masculinizado que está el mundo? O simplemente era la verdad: las mujeres tenemos un agujero y por muy feministas o lesbianas que seamos, en los agujeros largos y estrechos solo entran palos. Pero entonces ¿Por qué no estaba el lugar lleno de coños? Si las mujeres necesitamos penes, los hombres inevitablemente necesitan vaginas, es la ley de la naturaleza (para casi todos). Podrían haber vaginas grandes, chiquitas, ergonómicas, de diferentes texturas, más grandes con cintura, más pequeñas portátiles. Pero no había en la tienda ni una sola vagina. A mi parecer esto demuestra el alcance del mercado de la prostitución femenina: ¿Para qué usar una vagina de plástico cuando puedes pagar muy barato por una de verdad? A veces pienso que si las mujeres tuviéramos la misma facilidad para el sexo todas las guerras de género se acabarían.
Aunque mi pareja propuso que nos lleváramos un pene largo y grande, no lo hicimos. La verdad no me apetecía nada semejante bate de béisbol, al menos no por el momento. Tampoco compramos lencería, era demasiado cliché para que nos excitara realmente. ¿Alguien quisiera ver a su novia vestida de mecánica sexy? o peor aún ¿vestida con la bandera gringa? Después de descartar varias opciones nos decidimos por las bolas vibradoras. Es una bola grande que vibra activada por un mando a distancia inalámbrico. Me atraía sobremanera la idea de llevar la bolita dentro y que él pudiera activarla cuando quisiera sin importar donde estuviéramos.
Las amables dependientas nos enseñaron el mecanismo de la bola (básicamente funciona bajo el precepto más simple: on/off) y luego nos recomendaron un lubricante anti-bacterial para un mejor uso.
La verdad, como me agradaban aquellas dos regordetas. Tan predispuestas, tan amables y tomándose su trabajo tan en serio. En la mayoría de tiendas de la ciudad te encuentras a dependientes desagradables que no tienen ganas de vender y que intentan echarte a patadas de su establecimiento, en cambio ellas, en el sex-shop brindando un servicio excelente que trataba de hacerte sentir cómodo y eliminar así la vergüenza inherente de cualquier católico entrando a un establecimiento semejante.
Pero claro, no tenían factura… cuando una de las regordetas le dijo a mi pareja que su factura tendría que esperar unos 15 días, él se quedó callado y después de mirar intensamente a la pobre regordeta, con acento sospechoso y acusador le dijo: ¿Por qué? A lo que ella, sin mucha seguridad, todo hay que decirlo, le respondió que tenían unos problemas en el sistema. El sistema, ese ente misterioso propio del Matrix. Se enfureció. Le apuntó amablemente el teléfono en el ticket de compra para que llamara antes de ir a buscar su factura, pero, desgraciadamente ella no sabía que su amabilidad esta vez no iba a ser suficiente, necesitaba ahora un poco de picardía para manejar la situación. Lo que pasa es que ustedes no quieren pagar impuestos. ¿Ustedes? La regordeta se hubiera librado de tal discusión si simplemente le hubiera dicho: “sí, el propietario es un asco” o “yo es que solo vendo…” , incluso si hubiera dicho alguna de estas dos cosas, yo hubiera salido en su defensa. Pero como trató de ponerse el escudo de su compañía, la cosa se complicó bastante enzarzándose en una discusión donde él siempre la miraba directo a los ojos acusadoramente y sin decir nada dejaba que ella se enredara en una serie de respuestas cada vez más incoherentes y que siempre terminaban dando con aquella ambigua palabra: el sistema.
Dispuesta a convertir ese patético espectáculo en una lección también para mi, no intervine. En realidad tenía toda la razón de enfadarse con los vendedores que no pagan impuestos, al fin y al cabo él si los paga y tiene que repartirlos con el resto de la población, incluidos, los que no pagan. Por eso aunque me sobrecoge cualquier acto de violencia, dejé que manifestara su enojo y me dediqué a ver con el corazón encogido como aquella regordeta iba haciéndose chiquita detrás del mostrador.
Mientras observaba esto la bola que tenía en la mano, y que había sacado para observar mejor, vibró. Me sorprendí. Yo tenía el mando a distancia en la bolsa donde acababa de dejar el envoltorio de la misma bola ¿Cómo había vibrado aquello? Iba a decírselo a él, pero entonces volvió a vibrar, pegué un brinquito con el susto. Levanté la mirada de la bola y recorrí mi alrededor con la vista. Al principio me pasó inadvertida, pero en un segundo recorrido la vi. Claramente, la otra dependienta regordeta me miraba desde un punto más alejado y un poco escondido por uno de los expositores de la tienda: tenía un mando a distancia igual que el nuestro en la mano y me sonreía abiertamente. Me quedé atónita y ella volvió a accionar el mando haciendo vibrar la bola que volvió a asustarme. No sabía qué hacer. No sabía si tomarme aquello como un juego divertido, una broma muy cínica, sobretodo teniendo en cuenta la discusión entre mi pareja y su compañera regordeta. No sabía si de alguna manera era aquello una insinuación o si ella era una psicópata y después de eso tenía previsto atacarme con uno de esos enormes penes que seguro habrían servido para knockear a alguien de un solo golpe. Instintivamente, me lo tomé como una mezcla de las primeras dos cosas: una broma algo extraña y una insinuación amable de su parte. Le sonreí. Volvió a accionar la bola, esta vez ya no me asusté y ella la apretó durante largo rato para que yo pudiera observarla y toquetearla un ratito.
Finalmente oí un no tienen ustedes madre, por supuesto que no voy a volver a por la factura. Era hora de irse. Me giré para seguirlo y me despedí de la otra dependienta como si nada hubiera sucedido entre ella y yo, yo era la buena de la pareja, y no es que lo pretendiera, pero es que él se empeñaba en hacerme quedar así cada vez que discute con alguien del sector servicios.
Me detuve unos segundos para despedirme de la otra dependienta. Su mirada parecía un poco más libidinosa que antes, y a decir verdad no me molestó, la osadía de esa chica la hacía muy atractiva a pesar de sus quilitos de más. A modo de despedida ella alzó la mano en la que tenía el mando a distancia y la movió mientras con la boca simulaba un “adiós” mudo.
Salimos de la tienda y ya en la calle, me puse a reír de puro nerviosismo y cuando él me miró le dije: ay que ver que grosero eres.
lunes, 11 de agosto de 2008
!Qué confuso es esto del amor!
Estoy confundida. Me confundo en esto del amor. A ratos me siento como en una ópera pop interminable y a ratos como en una canción de Chavela Vargas, desgarrada. Y es que todo tenía pinta de ser muy fácil, pero al menos para mí, no lo es. Pienso en el motivo real de nuestra existencia: la procreación, y me digo a mi misma, que no puede ser que la evolución de la razón humana haya entorpecido tanto este motor primigenio. Hemos venido a este mundo a unirnos con otros y procrear, sencillamente, lo llevamos tan dentro de nosotros que incluso en las peores circunstancias el ser humano sigue procreando hasta rebasar los límites de la salud mundial. Pero claro, el amor es otra cosa. Eso dicen, pero también hay parejas de primates y de aves que se unen para toda la vida, y que al morir el “cónyuge”, mueren ellos también. A estos normalmente no se les considera cuando hablamos de amor. Otra teoría dice que el amor es un invento relativamente moderno, que hasta la Edad Media, no se hablaba de éste como tal. Pero entonces yo me pregunto: ¿Quién lo fue a inventar? Suena raro que de pronto alguien diera con la “teoría amatoria” o que simplemente por sublimar la belleza humana en las canciones se haya creado el amor y que ahora este amor se haya convertido en el motor del mundo, como una especie de disfraz para el otro motor, el original y primigenio que es la procreación. Sea cierto o no, yo también soy un invento moderno y soy fruto de muchas generaciones que ya contaban entre ellas con este intruso. ¿No podía haber inventado también un manual el que se lo fue a inventar? Supongo que no se imaginaba cuanto nos iba a complicar la vida su invento. Hemos pasado por el amor de los trovadores, por el de los renacentistas y los románticos, para nosotros este amor ya no es cualquier cosa, sino algo tan importante que dirige y convulsiona nuestras vidas. Ahora nos enamoramos y rompemos, somos co-dependientes y obsesivos, encontramos cada 3 años el amor de nuestra vida. Y pero aún; buscamos irremediablemente nuestra media naranja (ese si que fue un mal invento). Así que hay varias almas perdidas por este mundo que vagan en mitad de tanto amor, como yo. Cada vez que empezamos una relación no podemos evitar preguntarnos cosas a futuro, valorar al otro, examinar detenidamente sus cualidades y compararlas con las de quienes nos rodean. No podemos dejar de preguntarnos si estamos enamorados, si es todo una ilusión pasajera o si nos estamos comprometiendo demasiado pronto. Y nos confundimos. Nos confundimos tanto todo el tiempo, que lo arruinamos todo una y otra vez. Pero no acaba ahí la cosa, lo peor de todo es que incluso cuando estamos seguros por completo que sí, que estamos enamorados y ansiamos esa persona amada, no sabemos cómo comportarnos. Dudamos, tememos, no nos damos o nos damos sin límites, y acabamos confundiendo a la otra persona. Podríamos decir, que estamos incapacitados para esto del amor. Que no para amar y esa es la gran tragedia.
lunes, 4 de agosto de 2008
nada como la primera vez
Al separarme de su boca lo primero que dije fue: casi me ahogo. Era mi primer beso y ese comentario era tan verdadero como inocente. Él me había encajado en su boca a mitad de conversación, y a pesar que yo había seguido con entusiasmo, no había sabido como hacerlo y creí que era como estar debajo del agua, mientras estás ahí no puedes respirar y dependes del aire acumulado en tus pulmones. Por eso casi me ahogo de verdad y a él no lo conocía. Fue esa tarde en la piscina del pueblo cuando lo vi por primera vez. Venía con una pandilla de chicos mayores que nosotras mirábamos en secreto, atraídas por su edad, por su actitud de hombres de mundo que debían saberlo todo. Yo llevaba mi controvertido bañador estilo años 50. Con rayas azules y blancas en la parte de arriba y azul en la parte de abajo terminando en pantalón. Ciertamente tenía 14 años y la elección del bañador no fue muy acogida entre mis compañeras, pero como yo misma nunca lo fui no esperaba otra cosa. Así que ese bañador merecía ser más mío que nada más. Estirada sobre la toalla boca abajo, esperaba secarme con los pálidos rayos de sol de la tarde que ya estaba por despedirse. Por supuesto que lo vi. Era extraordinariamente guapo. Rubio de media melena, alto, delgado y desgarbado. Todas lo comentaron. Yo preferí no hacerlo, me hubiera sentido ridícula ¿Para qué exponer mis emociones si jamás podría aspirar a plasmarlas?
Aquella noche estábamos decididas a ir a la fiesta del pueblo. A decir verdad no había nada más que hacer en ese pueblo y estar decididas a eso solo significaba cumplir un paso más en la escalera que te lleva a ser un miembro de la reducida comunidad donde vivíamos. Para nosotras era un acto de madurez, de libertad. Pero en realidad no sabíamos que nada tenía que ver con eso, sino todo lo contrario, significaba sumergirse de lleno en el camino que ya estaba dispuesto para muchas de nosotras. Así que con esa ansias adolescentes nos pusimos nuestros mejores tejanos y salimos a buscar la noche, esa que según explicaban todos los cuentos, traía consigo los misterios del carácter de la humanidad. Y podía ser cierto, para mí, lo fue. Pasamos horas sentadas en los bancos cerca del escenario donde el grupo cantaba canciones clásicas acompañadas de algún éxito del verano. En realidad no recuerdo qué hacíamos o de qué hablábamos, pero las horas se iban con una rapidez que nunca he vuelto a experimentar. A la salida del baño, ahí estaba él. Acompañado de los demás chicos mayores formaban un cordón alrededor de la barra del bar. Iba a pasar tratando de no cruzarme con ellos o de no ser vista, pero él ya me había visto, ya me estaba mirando y se acercaba a mi con una decisión que me hacía temblar las piernas y el pensamiento. Para disimular o por el nerviosismo caminé unos metros más hacia mi destino, el banco de chicas de catorce años en una esquina de la plaza de 50m cuadrados, pero era evidente que si yo caminaba y él caminaba íbamos a encontrarnos inevitablemente en algún punto del corto camino que nos separaba. No recuerdo exactamente cuáles fueron sus primeras palabras, recuerdo que entre ellas me ofreció un trago de la cerveza que él llevaba en la mano. “No me gusta la cerveza” respondí. Tampoco recuerdo cómo ni cuando me preguntó por un lugar un poco más aislado. En una plaza tan pequeña como aquella, no había ninguna intimidad y cualquier gesto o alabanza era inmediatamente captado por el resto de los concurrentes, algo parecido a estar viviendo en una comuna hippie pero católica. Supongo que se asustó de esa exhibición o tal vez simplemente quería ir tan rápido como parecía. Lo que me sigue llamando la atención fue mi propia osadía; “sí, aquí atrás si saltamos esa pequeña valla hay un lugar escondido”. ¿Qué tal? Eso respondí, a mis tiernos catorce sin saber más del sexo o del amor que lo que enseñan en los libros o en las películas me dí con tremenda facilidad. Así que fuimos al pequeño patio trasero de la guardería que albergaba La Casa del Pueblo, el edificio que preside aún hoy día uno de los flancos de la pequeña plaza. Imagino ahora, que no entonces, lo que pensarían mis compañeras. Solo hasta después pude darme cuenta que tan mal valoradas son las acciones en solitario por parte de una chica de catorce años que se va al patrio trasero de una guardería, cerrada y a oscuras y acompañada del guapo del lugar.
En ese pequeño e íntimo rincón, Pep, que así se llamaba, tomaba fácilmente las riendas de la situación. O eso creía yo, porque me hacía preguntas que nunca antes un chico me había hecho y a las que respondí cuando eran comprometedoras con mentiras, la más destacada y estúpida de todas las respuestas se dio en esta conversación: “¿has tenido novios? Sí claro – respondo yo creyendo que la cosa no iba a traer cola. ¿cuántos? - ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Me estaba preparando para una noche de sexo salvaje e iniciático, una especie de ritual orgiástico? ¿Por qué me hacía esa pregunta? ¿Quería saber si tenía experiencia? ¿En qué? ¿Para qué? Varios, como unos 5. Sí lo sé, fue una tremenda estupidez responder eso, pero creí que podía pensar que los novios a mi edad eran algo fútil y poco trascendental a nivel mental, emocional y físico. Así que en realidad responder dos o cinco no tenía relevancia. Se rió de mí, lo cual me enfureció, me hizo sentir ridícula, estaba dispuesta a irme, encaminaba nuestra conversación hacia un fin previsible, cuando de repente ocurrió, chas! El beso. Y casi me ahogo, de verdad. Fue una de las cosas más emocionantes que viví en mi vida por ser el primero, como supongo que a todos nos ocurre, ni el gusto a cerveza en su boca o la sorpresa o el ímpetu consiguen arruinar un momento así, y ya no vuelve jamás. La adrenalina recorriendo las venas a alta velocidad hasta hacer estallar los capilares, la respiración desacompasada por unas contracciones cardíacas anormales. Fue un momento tan intenso que se parece a las mejores drogas; al recordarlas una puede experimentar de nuevo por unos segundos la sensación que producen.
No fue el único, fue el primero. Aprendí a no ahogarme, a abrir bien la boca sabiendo que iba a recibirlo, luego aprendí a jugar con las lenguas, a hacer turnos de maniobras, a jugar con los labios, a usar los dientes. Fue una noche larga. Llegué tarde a mi casa y mientras bajaba por la única calle del pueblo, no me importaba pensar que mi padre estaría despierto, como siempre amenazaba, si llegábamos tarde, no me importaban los comentarios envidiosos de mis amigas que resulta que esa noche se habían convertido en unas puritanas católicas mientras yo me besaba en la parte trasera de una guardería cerrada y oscura.
Aquella noche estábamos decididas a ir a la fiesta del pueblo. A decir verdad no había nada más que hacer en ese pueblo y estar decididas a eso solo significaba cumplir un paso más en la escalera que te lleva a ser un miembro de la reducida comunidad donde vivíamos. Para nosotras era un acto de madurez, de libertad. Pero en realidad no sabíamos que nada tenía que ver con eso, sino todo lo contrario, significaba sumergirse de lleno en el camino que ya estaba dispuesto para muchas de nosotras. Así que con esa ansias adolescentes nos pusimos nuestros mejores tejanos y salimos a buscar la noche, esa que según explicaban todos los cuentos, traía consigo los misterios del carácter de la humanidad. Y podía ser cierto, para mí, lo fue. Pasamos horas sentadas en los bancos cerca del escenario donde el grupo cantaba canciones clásicas acompañadas de algún éxito del verano. En realidad no recuerdo qué hacíamos o de qué hablábamos, pero las horas se iban con una rapidez que nunca he vuelto a experimentar. A la salida del baño, ahí estaba él. Acompañado de los demás chicos mayores formaban un cordón alrededor de la barra del bar. Iba a pasar tratando de no cruzarme con ellos o de no ser vista, pero él ya me había visto, ya me estaba mirando y se acercaba a mi con una decisión que me hacía temblar las piernas y el pensamiento. Para disimular o por el nerviosismo caminé unos metros más hacia mi destino, el banco de chicas de catorce años en una esquina de la plaza de 50m cuadrados, pero era evidente que si yo caminaba y él caminaba íbamos a encontrarnos inevitablemente en algún punto del corto camino que nos separaba. No recuerdo exactamente cuáles fueron sus primeras palabras, recuerdo que entre ellas me ofreció un trago de la cerveza que él llevaba en la mano. “No me gusta la cerveza” respondí. Tampoco recuerdo cómo ni cuando me preguntó por un lugar un poco más aislado. En una plaza tan pequeña como aquella, no había ninguna intimidad y cualquier gesto o alabanza era inmediatamente captado por el resto de los concurrentes, algo parecido a estar viviendo en una comuna hippie pero católica. Supongo que se asustó de esa exhibición o tal vez simplemente quería ir tan rápido como parecía. Lo que me sigue llamando la atención fue mi propia osadía; “sí, aquí atrás si saltamos esa pequeña valla hay un lugar escondido”. ¿Qué tal? Eso respondí, a mis tiernos catorce sin saber más del sexo o del amor que lo que enseñan en los libros o en las películas me dí con tremenda facilidad. Así que fuimos al pequeño patio trasero de la guardería que albergaba La Casa del Pueblo, el edificio que preside aún hoy día uno de los flancos de la pequeña plaza. Imagino ahora, que no entonces, lo que pensarían mis compañeras. Solo hasta después pude darme cuenta que tan mal valoradas son las acciones en solitario por parte de una chica de catorce años que se va al patrio trasero de una guardería, cerrada y a oscuras y acompañada del guapo del lugar.
En ese pequeño e íntimo rincón, Pep, que así se llamaba, tomaba fácilmente las riendas de la situación. O eso creía yo, porque me hacía preguntas que nunca antes un chico me había hecho y a las que respondí cuando eran comprometedoras con mentiras, la más destacada y estúpida de todas las respuestas se dio en esta conversación: “¿has tenido novios? Sí claro – respondo yo creyendo que la cosa no iba a traer cola. ¿cuántos? - ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Me estaba preparando para una noche de sexo salvaje e iniciático, una especie de ritual orgiástico? ¿Por qué me hacía esa pregunta? ¿Quería saber si tenía experiencia? ¿En qué? ¿Para qué? Varios, como unos 5. Sí lo sé, fue una tremenda estupidez responder eso, pero creí que podía pensar que los novios a mi edad eran algo fútil y poco trascendental a nivel mental, emocional y físico. Así que en realidad responder dos o cinco no tenía relevancia. Se rió de mí, lo cual me enfureció, me hizo sentir ridícula, estaba dispuesta a irme, encaminaba nuestra conversación hacia un fin previsible, cuando de repente ocurrió, chas! El beso. Y casi me ahogo, de verdad. Fue una de las cosas más emocionantes que viví en mi vida por ser el primero, como supongo que a todos nos ocurre, ni el gusto a cerveza en su boca o la sorpresa o el ímpetu consiguen arruinar un momento así, y ya no vuelve jamás. La adrenalina recorriendo las venas a alta velocidad hasta hacer estallar los capilares, la respiración desacompasada por unas contracciones cardíacas anormales. Fue un momento tan intenso que se parece a las mejores drogas; al recordarlas una puede experimentar de nuevo por unos segundos la sensación que producen.
No fue el único, fue el primero. Aprendí a no ahogarme, a abrir bien la boca sabiendo que iba a recibirlo, luego aprendí a jugar con las lenguas, a hacer turnos de maniobras, a jugar con los labios, a usar los dientes. Fue una noche larga. Llegué tarde a mi casa y mientras bajaba por la única calle del pueblo, no me importaba pensar que mi padre estaría despierto, como siempre amenazaba, si llegábamos tarde, no me importaban los comentarios envidiosos de mis amigas que resulta que esa noche se habían convertido en unas puritanas católicas mientras yo me besaba en la parte trasera de una guardería cerrada y oscura.
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